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Cuando al-Mutamid, el joven príncipe, repitió su oferta, Ibn Ammar le pidió el cargo de gobernador de Silves. Era el cargo más importante que podía pedir al príncipe sin ofenderlo y, además, era un detalle diplomático: el palacio del gobernador de Silves era el lugar en el que habían pasado juntos sus mejores años de juventud.

La renuncia a un cargo más importante hizo que Ibn Ammar fuera bien visto tanto por el hadjib como por otros dignatarios de la corte. Al-Mutamid se sintió conmovido, y cuando Ibn Ammar partió hacia Silves, el príncipe lo acompañó con un gran séquito hasta Niebla. Antes de separarse, al-Mutamid le entregó un poema guardado en una costosa cápsula de plata labrada. Se despidieron entre lágrimas.

Ibn Ammar sabía que la separación no sería muy larga.

Lope conoció la vida en las montañas, la nieve y las tormentas de hielo que azotaban las cumbres, y las largas y heladas noches de invierno. Vivió la primavera, con sus avenidas de agua que se precipitaban violentamente por profundas gargantas y empinados precipicios, y con su fresco verdor, que se posaba como un suave velo sobre los prados grises, cubiertos de nieve. Conoció los animales a los que tendía el lazo el viejo Pero: osos, lobos, linces, zorros, martas, armiños. Y aprendió los múltiples métodos con los que podían cazarse: trampas con verjas, lazos, redes, cepos, jaulas. Conoció a los hombres que vivían en las montañas y los bosques: pastores y cazadores, ermitaños extravagantes, montañeses semisalvajes, fugitivos, parias y locos que vivían en cuevas, como animales.

Lope se quedó tres años con el viejo Pero. Cada primavera llevaban sus pieles al valle para venderlas a los comerciantes. A finales del verano regresaban a las montañas y recorrían sus cotos, marcando cuevas, construcciones, rastros, árboles a cuya sombra se podía dormir y lugares de reposo. Hasta que en diciembre empezaba la caza.

El cuarto invierno, durante una noche extremadamente fría en la que volvieron a su cabaña tan agotados que no encontraron fuerzas para encender el fuego, murió el viejo Pero. Se quedó dormido y no volvió a despertar. A la mañana siguiente, Lope lo encontró tan frío y aterido como a los animales que caían en sus trampas. Lope se quedó dos meses más en el bosque, solo. Cuando se derritió la nieve, enterró al viejo y se encaminó hacia el valle con las pieles, como había aprendido. En otoño entró al servicio de un administrador del conde Pierre von Foix, como cazador de lobos. El conde había establecido grandes recompensas por matar a los animales que bajaban a los valles en las largas y frías noches de invierno. Lope cazó tantos lobos que la gente le puso el sobrenombre de «el Lobo». Dos años después, el conde en persona se fijó en él. Hizo que Lope le demostrara cómo manejaba el arco moro y lo llevó a su corte, primero como cazador, luego como arquero y, finalmente, como lancero de su mesnie. Lope participó en varias campañas y tomó parte en tres combates. Mató al señor de un castillo del vizconde de Carcasona en un combate entre ambos, tomó prisioneros a tres hombres del caballero y consiguió cinco caballos como botín. Inmediatamente después, el conde lo invistió con la espada, nombrándolo caballero de su corte.

A principios del año 1070 murió el conde de Foix como consecuencia de un pequeño arañazo encima del ojo, que le había causado su halcón cetrero. La cabeza se le hinchó y tuvo una muerte extremadamente dolorosa. Apenas estuvo bajo tierra, su hijo se mudó al castillo de Foix. Éste mantenía un largo conflicto con su padre desde hacia años, y al trasladarse al castillo llevó su propio séquito y despidió a la mayoría de los hombres del viejo conde. Lope fue uno de los que tuvo que marcharse. Cuando anunció que se dirigiría a España, se le unieron otros seis hombres, que lo siguieron a través de las montañas, primero hasta Aragón, luego hasta Castilla. Cuatro de ellos entraron al servicio del conde de Carrión, y los otros dos se quedaron en Sahagún, donde el prior del convento de los Santos Facundo y Primitivo estaba buscando gente para una nueva colonia del sur.

Lope siguió adelante. Al principio no había tenido un objetivo determinado, pero al llegar a León tomó casi como si fuera algo obvio la carretera hacia Salamanca, desde donde se encaminó hacia el sureste, rumbo a Guarda. De pronto sentía la necesidad de volver a ver a los suyos, su aldea, sus padres, sus hermanos. Quería saber si aún vivían y qué había sido de ellos. Quería volver a casa.

LIBRO SEGUNDO

QASIDAH

Canción Clásica
(1070-1071)

32

GUARDA
VIERNES 1 DE ABRIL, 1070
17 DE NISSÁN, 4830 // 16 DE DJUMADA, 462

Habían cabalgado seis horas seguidas, desde la salida del sol, y estaban buscando un lugar protegido del viento para hacer el descanso del mediodía cuando vieron al jinete. El sendero era tan estrecho que tenían que caminar en fila india. Lope iba a la cabeza, seguido por los tres judíos que se le habían unido en Salamanca y, cerrando la fila, el infanzón de Braganza con su mozo y los dos hidalgos que los acompañaban.

El jinete avanzaba directamente hacia ellos, bajando por una ladera llana. Al parecer iba solo. Era la primera persona que veían desde la mañana, desde que salieron de la taberna que había junto al vado del río Águeda. Lope recorrió los alrededores con la mirada. Toda la ladera se ofrecía a los ojos, y no se veía a nadie aparte de ese jinete. Aun así, Lope saco el arco de la aljaba y tensó la cuerda.

El hombre estaba desarmado. Era joven, poco más de veinte años; no era mucho mayor que el propio Lope. Llevaba una faja mora alrededor de la cabeza y montaba sobre una silla mora. Cuando llegó a veinte pasos de ellos, detuvo su caballo, desmontó, se acercó a Lope, se arrodilló, besó el estribo de su cabalgadura y dijo:

– Señor, soy un fugitivo, concededme la gracia de vuestra protección.

Hablaba castellano con acento andaluz. Era alto y bien formado, de rostro amplio y proporcionado y fuertes dientes. Iba vestido como un mozo de cuadra, pero no parecía un criado.

– ¿De dónde vienes? -le preguntó Lope.

El forastero hizo una reverencia.

– Vengo de Badajoz, señor. Era criado de un visir del príncipe de Badajoz. Pero me acusaron de haberme acercado demasiado a una de las mujeres de la casa de mi señor. Llevo cuatro días huyendo, señor, casi sin descanso.

No parecía acarrear sobre sus espaldas cuatro días de viaje a marcha forzada. Y su caballo tampoco; además, éste era un animal de inusual nobleza.

– Todo lo que poseo os pertenece, señor. Tomadme como criado, señor. Me llamo Salim.

Seguía arrodillado, cogido del estribo. Lope se inclinó hacia él y lo hizo levantarse tirándole del brazo.

– No necesito un criado. Además, tampoco estoy en condiciones de mantener uno -dijo Lope-. Busca otro señor -añadió, señalando al infanzón.

– Dejad que me quede con vos, señor -suplicó el forastero, abrazándose a la pierna de Lope-. Ya veréis qué útil puedo llegar a ser.

El infanzón se abrió paso hasta ellos y examinó el caballo. Luego llamó a su mozo con un gesto decidido y dijo:

– Caballo y silla me pertenecen.

Nadie hizo ninguna objeción.

– Si estáis buscando un lugar donde acampar, señor -dijo el forastero, con gran diligencia-, al otro lado de la colina, a dos millas de aquí, hay un pozo con agua muy buena.

Lope desconfiaba. Ordenó al forastero que los guiara y mantuvo los ojos bien abiertos. No creía la historia que les había contado. Pero no se veía nada sospechoso, ni pájaros que echaran a volar de repente ni pasos apropiados para una emboscada ni movimiento entre los árboles. Tampoco había nada sospechoso en el lugar de acampada al que los llevó aquel hombre. El fondo de un valle abierto, completamente expuesto a la vista, un pozo encauzado, algunas piedras aisladas.