El conde Nuño Méndez de Portocale había convocado a todos los condes del Duero a un encuentro en el castillo de Guimaraes. La convocatoria apuntaba a formar abiertamente una coalición contra don García, el rey de Galicia. En un primer momento, el conde de Guarda había dudado si tomar parte o no en el asunto, pero finalmente una noticia traída por el infanzón de Braganza lo había movido a arriesgarse y dar ese paso.
El conde de Braganza había muerto en otoño del año anterior, dejando mujer y un hijo de ocho años. La condesa había asumido la regencia, con el fin de preservar para su hijo la herencia paterna y entregársela cuando cumpliera la mayoría de edad. Pero don García se había acogido a los derechos de señor feudal con titulo regio. Había enviado a la condesa un mensaje en el que la conminaba a elegir entre aceptar que su hijo tuviera un tutor designado por el propio don García o casarse con un hombre propuesto asimismo por el rey. O bien, si quería seguir gobernando en nombre de su hijo, pagar anualmente a don García treinta libras de oro. La condesa había despedido al emisario, pero sola no podía hacer nada contra el rey.
El capellán del conde se la había descrito a Lope durante el viaje:
– Una mujer orgullosa. Cabalga como un hombre y maldice desde la silla como un peón; lo he visto con mis propios ojos.
Lope la conoció el domingo por la noche en el castillo de Guimaraes, cuando los condes e infanzones se reunieron a deliberar en el gran salón. Era una mujer llamativamente alta, de tez pálida y distinguida, cuyo negro luto de viuda no podía ocultar ni su belleza ni el rojo encendido de su cabello. Su voz era suave, y tan femenina que parecía desmentir las palabras del capellán; pero esa aparente dulzura sólo duró mientras la condesa se lamentaba de la suerte de su pequeño hijo, pues cuando empezó a hablar de don García, su lengua se volvió áspera como una lima.
– Vosotros, señores, quizá creáis que podéis refugiaros en vuestros antiquísimos derechos; quizá creáis que basta con mostrar los tratados que los padres de vuestros padres cerraron con el califa de Córdoba. ¡Pero, por las llagas de Cristo, que os voy a decir yo lo que podéis esperar de ese hijo de la gran puta! Hará trizas los tratados ante vuestros propios ojos, os meterá los pedazos en la boca y os ordenará que os los traguéis. Y después os pondrá frente a la nariz sus propios documentos. Ese perro pulgoso obliga a sus escribanos a falsificar descaradamente todo tipo de documentos, que luego lacra con sellos falsos. Falsifica la firma de los antiguos reyes. Afirma con desvergonzada frescura que Braganza pertenece a su reino. Pronto os presentará también a vosotros sus documentos falsos. No dejará en paz a ninguno de vosotros, ni tampoco a don Sisnando, que se cree seguro en Mondego y no ha considerado necesario reunirse con nosotros. ¡Unámonos, señores! -exclamó, y su grito atravesó todo el salón-. ¡Respondamos a ese hijo de puta con la espada! No cada uno por su cuenta, sino todos juntos, para que no nos pase como a Ramiro de Tuy. -Su mirada recorrió las hileras de hombres; era como si quisiera mirar a los ojos a todos.
Los señores guardaron silencio, confusos.
El conde de Tuy había sido atacado por don García el verano anterior, sin que nadie acudiera en su ayuda. Era el primer conde independiente del sur de Galicia que era sometido por el rey.
Tuy había sido sede episcopal hasta el año del Señor 1016. Aquel año, los normandos habían subido por el Miño en sus veloces naves sin ser descubiertos, habían saqueado y prendido fuego a la ciudad y habían esclavizado a la mayoría de sus habitantes. También habían destruido la iglesia y raptado al obispo. Nadie había vuelto a tener noticias de él.
Sólo los condes de Tuy habían conseguido salir sin grandes perdidas de ese ataque normando. En los años siguientes se habían ido adueñando poco a poco de vastos territorios del antiguo obispado, estableciendo un gran dominio en torno a la desembocadura del Miño. Tres años atrás, don García había empezado a reclamar esos territorios, con el pretexto de que quería reinstaurar el obispado de Tuy. Como el conde de Tuy se negó, el rey marchó de improviso hacia la ciudad con un pequeño ejército, atacó por sorpresa al conde y lo hizo prisionero. Ahora el rey estaba reconstruyendo la catedral para poner un nuevo obispo en la ciudad.
– Tenemos que evitar que nombre obispo de Tuy a uno de sus favoritos sin nuestra aprobación -gritó don Nuño Méndez, que había tomado la palabra después de la condesa. El señor de Portocale y Guimaraes era el conde más poderoso del Duero, y quería que los demás lo reconocieran como su portavoz-. Ya ha sentado a uno de sus lameculos en la silla de Compostela. Y ha entregado a un segundo el obispado de Orense. Si lo hace también en Tuy, tendremos su aliento en la nuca. Y Tuy no es lo único que quiere. Me han informado de que también pretende restablecer la sede de Braga.
Un murmullo surcó las hileras de hombres. Todos los presentes sabían lo que eso significaba. Braga había sido uno de los grandes arzobispados de España. Los moros habían expulsado al metropolitano hacía ya siglos, y desde entonces la sede estaba abandonada. No había un solo conde entre el Miño y el Duero que no hubiera estado asentado alguna vez en tierras del antiguo arzobispado de Braga. Todos sabían también que el poder del rey sería inamovible si conseguía ser el primer señor que reinstaurase bajo dominio cristiano uno de los antiguos obispados sojuzgados por los moros.
El salón se sumió en el silencio. La lluvia chapoteaba sobre el tejado. Todos miraban fijamente a don Nuño.
El conde de Portocale hizo una señal a su mayordomo y, unos momentos después, dos mozos de cámara trajeron al salón una mesa tallada sobre la que descansaba un relicario de plata.
– ¡Hermanos! ¡Amigos! -empezó a decir don Nuño elevando la voz-. Juremos solemnemente que nos ayudaremos unos a otros para combatir al enemigo que nos amenaza. Que todos acudiremos en ayuda de cualquiera de los presentes cuando ése lo necesite. Que cada uno de nosotros marchará con toda su tropa cuando comience la lucha. Que ninguno se quedará al margen cuando marchemos al campo de batalla -y juró él antes que ninguno, posando la mano izquierda en el relicario y levantando la derecha. Inmediatamente después juró la condesa de Braganza, con su hijo, y tras ella los otros condes e infanzones que poseían vasallos. Uno tras otro, todos, sin excepción, fueron prestando juramento.
Al terminar la ceremonia, repentinamente dejó de llover. Uno de los dos sacerdotes que habían acompañado con sus plegarias el solemne acto, se lo hizo notar a don Nuño.
– ¡Una señal de Dios! -gritó el conde.
Se levantaron gritos de aclamación, los hombres empezaron a golpear con las palmas los tableros de las mesas y, como si también dentro del salón se hubiera retirado un sombrío nubarrón, el ánimo general se tomó de pronto barullero y relajado. Entraron músicos y los hombres pidieron que les trajeran vino dulce. Luego el conde los mandó callar nuevamente, y en el salón entró, acompañado por un criado alto como un árbol, un hombrecillo diminuto vestido con un traje de plumas multicolores. El hombrecillo, de piernas cortas y arqueadas y cabeza desproporcionadamente grande, no medía más de dos varas de alto. El criado lo cargó y lo puso sobre una mesa, donde todos podían verlo, y el conde, apagando las carcajadas que brotaron de todos los rincones del salón, gritó:
– ¡Amigos míos! Quiero presentaros a un huésped que viene de Orense, precisamente de la corte de ese ilustre rey. Vedlo: el bufón de la corte de don García, el bufón de un bufón. ¡Escuchad las cosas que cuenta de su señor!
El bufón, tras una reverencia de cómica dignidad, hizo ondear su gorro de plumas y dijo:
– Prestad atención, señores. Oíd lo que tengo que contaros de la corte de don García, el Simplón. Dos años estuve a su servicio, hasta que ordenó a sus criados que me colgaran de la viga de la puerta. Ya tenía la soga al cuello, pero pude librarme de ella gracias a la ayuda de Dios.