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La alegría del príncipe por el reencuentro era tan grande que, rompiendo el protocolo, abrazó a Ibn Ammar como a un hermano ante los ojos de todos. Habían acordado que cuando se trataran en público observarían los preceptos del ceremonial cortesano, incluido el tratamiento formal que correspondía al príncipe. El propio Ibn Ammar había insistido en ello y, tras una larga charla, había conseguido convencer a al-Mutamid de que su amistad debía posponerse a la dignidad de la posición del monarca. A Ibn Ammar no le costaba trabajo emplear perfectamente el larguísimo título del príncipe, pero ese día a al-Mutamid le resultaba ostensiblemente difícil mantener la fría reserva que se esperaba de él. Corroído por la impaciencia, abrevió la ceremonia de recepción, despidió a los invitados antes aún de que cayera la noche y se retiró con Ibn Ammar a una habitación de una de las torres del palacio de al-Muharram.

Ibn Ammar estaba conmovido por el afecto y generosidad de al-Mutamid, que no parecían conocer limites, pero también estaba intranquilo. Ya desde los despreocupados días de juventud, su amistad había padecido por el desequilibrio existente entre sus respectivos orígenes: el poeta pobre procedente de una familia insignificante y el joven dorado de casa principesca. Al-Mutamid nunca había querido reconocer esa diferencia, y siempre había hecho todo lo posible por tratar a Ibn Ammar como a uno de su misma posición. Pero nunca se había cerrado el abismo que existía entre ellos. Éste se mostraba tanto en las exageradas manifestaciones de amistad del príncipe como en la obligada reserva que se imponía Ibn Ammar para no someter esa amistad a un peso demasiado grande.

Jamás había olvidado aquella noche en Silves, en la que había aprovechado el desmesurado afecto de al-Mutamid para que éste le concediera un favor prohibido. Una bailarina le había insinuado su simpatía, e Ibn Ammar se había enamorado de ella a pesar de que el príncipe se había reservado la muchacha para si mismo. Al-Mutamid tenía a la sazón diecisiete años, y sus juramentos de amistad nunca habían sonado más sinceros que en aquella época; pero cuando Ibn Ammar le pidió a la muchacha, al-Mutamid tuvo un ataque de celos, se emborrachó de cólera y, en su embriaguez, llamó a los guardias y al verdugo. Sólo cuando el verdugo ya había colocado en el suelo el cuero para recibir la sangre, al-Mutamid volvió en sí y, sollozando de arrepentimiento, pidió perdón a Ibn Ammar y lo cubrió de regalos en un intento de relegar el incidente al olvido. Pero varias semanas después Ibn Ammar seguía despertando a medianoche bañado en sudor, sobresaltado por violentas pesadillas en las que el príncipe levantaba con sus propias manos la espada del verdugo. La amistad entre zorro y león nunca es del todo segura para el zorro, y esto había vuelto a mostrarse el día en que Ibn Ammar llegó de Silves. La recepción había sido tan desproporcionadamente pomposa, que sobrepasaba los limites del afecto natural para caer en una propensión exagerada.

Entre los invitados había faltado Ibn Zaydun. En los informes secretos sobre la corte que Ibn Ammar había recibido en Silves no se había hablado nunca de desavenencias entre el príncipe y el hadjib. Sólo poco antes de la recepción en el al-Qasr, Ibn Ammar se enteró de que Ibn Zaydun estaba en Córdoba desde hacía unos días. ¿Acaso el hadjib había emprendido ese viaje para no tener que asistir a la recepción? ¿O el príncipe lo había enviado a Córdoba para desembarazarse de él? ¿O había planes para firmar una alianza?

Al-Mutamid no tardó en sacar a Ibn Ammar de su ignorancia.

– ¿Sospechas por qué te he mandado venir? -preguntó apenas se quedaron solos, sentados el uno frente al otro. El mismo respondió-: Abdalmalik ibn Djahwar de Córdoba nos ha pedido ayuda.

– ¿Contra su hermano? -preguntó Ibn Ammar.

– No, contra al-Ma'mún de Toledo -respondió al-Mutamid con ansiosa lentitud, como si quisiera saborear la sorpresa que depararía a su amigo la noticia.

Era una sorpresa para la que Ibn Ammar no estaba preparado, una noticia que abría perspectivas insospechadas.

– ¿Al-Ma'mún piensa atacar Córdoba? -preguntó.

– Eso afirma Abdalmalik.

– ¿Y sus informes son de confianza?

– Nosotros estamos convencidos de que lo son.

Ibn Ammar no estaba seguro de si ese «nosotros» incluía también al hadjib.

– ¿Hay noticias fidedignas del propio Toledo? -preguntó.

– Aún no -dijo al-Mutamid-. Pero hay mensajeros en camino. -A modo de pregunta, añadió-: Pero ¿importa algo que recibamos una confirmación de Toledo?

– No -dijo Ibn Ammar tras reflexionar brevemente-. En el fondo, no.

Ibn Ammar conocía bastante bien las circunstancias de Córdoba como para poder formarse un primer juicio. Abulwalid ibn Djahwar, el antiguo y grande qadi, que había asumido el gobierno de Córdoba tras los desórdenes intestinos, había dimitido de su cargo hacía seis años debido a una enfermedad crónica, dejando los asuntos oficiales en manos de sus dos hijos. Abderrahmán, el mayor, se había convertido así en la cabeza de la administración civil, mientras que Abdalmalik había asumido la conducción del ejército. Pero esta división del poder gubernativo no había durado mucho, pues poco tiempo después Abdalmalik había destituido a su hermano. Sin embargo, no lo había expulsado por completo de la ciudad, pues su padre seguía con vida y, además, Abderrahmán contaba con el apoyo de una importante fracción de la nobleza de la ciudad, que veía con gran desconfianza las ansias de poder de Abdalmalik. Hacía poco, el nuevo amo de la ciudad había dejado ver su pretensión de subir al trono, al hacerse incluir en la oración del viernes bajo el título de «Soberano por la Gracia de Dios», lo cual jamás se le había pasado por la mente al viejo qadi. Casi se produce un levantamiento en la ciudad.

– ¿Abdalmalik necesita tu ayuda sólo contra Toledo, o también contra los enemigos que tiene en la ciudad? -preguntó Ibn Ammar.

– Oficialmente, se trata tan sólo de un pacto de ayuda mutua en caso de ataque -dijo al-Mutamid sonriendo.

Ibn Ammar le devolvió la sonrisa.

– Al-Ma'mún no se atrevería a atacar Córdoba si no contara con aliados dentro de la misma ciudad -dijo Ibn Ammar-. ¿Quién? ¿Abderrahmán, el hermano?

– ¿Tú qué crees? -preguntó a su vez al-Mutamid.

Ibn Ammar se levantó y caminó hacia una de las estrechas puertas flanqueadas por delgadas columnas que conducían a la galería de la torre.

– En Córdoba hay muchas grandes familias que podrían elevar las mismas pretensiones al trono que los Banu Djahwar -dijo en tono pensativo-. Probablemente preferirían a un príncipe que tiene su sede muy lejos de allí, en Toledo, que a uno de ellos mismos, que tendría que privarlos de poder para encumbrarse. -Se volvió hacia al-Mutamid-. ¿En quién puede apoyarse Abdalmalik? ¿Todas las grandes familias están contra él?

– La mayoría -contestó al-Mutamid-. Pero tiene a su lado al bazar y a la gente de la calle.

– La gente de la calle siempre está a favor del que más promete, y los comerciantes del bazar siempre están del lado del gobernante si éste es lo bastante fuerte para mantener el orden y la tranquilidad, y si los negocios les van bien -dijo Ibn Ammar-. La cuestión es si Abdalmalik es lo bastante fuerte.

– Ibn Zaydun lo averiguará. Para eso lo he enviado a Córdoba -dijo al-Mutamid con una pizca de consciente dignidad.

– ¿Qué opina el hadjib del pacto de ayuda? -preguntó Ibn Ammar, mirando hacia la noche.

– ¿Por qué te interesa su opinión? -replicó el príncipe tras una incomoda pausa.

– Es cordobés, hijo de una de las grandes familias de Córdoba. No hay nadie que conozca mejor que él esa ciudad -dijo Ibn Ammar, todavía de espaldas al príncipe.