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Yunus sacudió la cabeza, malhumorado.

– ¡No es una buena idea! -dijo-. ¡En qué está pensando! ¡Hacer una donación piadosa y confiársela a un judío!

– Supongo que se siente en deuda contigo -dijo al-Balia, encogiéndose de hombros-. Quiere mostrarte su agradecimiento.

– ¡Sacará de sus casillas a todos los musulmanes! -dijo Yunus.

– ¿Tú qué le recomendarías?

– Que nombre director a un musulmán.

– ¿Conoces a algún médico musulmán que puedas proponer para el cargo?

– ¿Con cuántos médicos quiere dotar al hospital? -preguntó Yunus después de mencionar dos nombres.

– Con tres o cuatro, por lo que yo sé -dijo al-Balia.

– ¿Por qué no un musulmán, un judío y un cristiano? -propuso Ibn Eh.

Al-Balia no le hizo caso. Seguía mirando a Yunus, que caminaba de un lado a otro con creciente nerviosismo.

– Si el visir te lo pide, ¿estarías dispuesto a trabajar en ese hospital a las órdenes de un médico musulmán? -preguntó al-Balia-. El puesto está bien pagado… ¡Un gran honor!

Yunus se volvió hacia el rabino.

– ¿No basta con que me haya incluido en la lista de médicos de la corte? ¿No tengo ninguna posibilidad de escapar de ese honor?

– También sería un honor para nuestra comunidad -dijo al-Balia, inflexible-. Ibn Ammar es el hombre de mañana. Es demasiado listo como para desbancar al hadjib, pero pronto lo sucederá en el cargo. Ibn Zaydun es viejo, y su salud no es la mejor. No puedes rechazar un gesto noble del futuro hadjib sin tener una razón de peso.

– ¿Por qué yo, Isaak? Soy un anciano que trata a pacientes ancianos que dependen de mi. ¿Por qué no otro médico judío?

– Ibn Ammar quiere honrarte a ti, Yunus. Si fuera a otro, habría donado una mezquita o una casa de baños.

– ¿Por qué no Zacarías? -dijo Ibn Eh con obligado celo.

– ¡Sí! ¿Por qué no Zacarías? -aprobó Yunus, esperanzado-. Es buen médico, llegará a ser mejor que yo, reúne todas las condiciones…

– Si, Yunus. Si fuera tu hijo -lo interrumpió al-Balia, impaciente.

– Para mi es como un hijo, es mi asistente desde hace casi diez años, entra y sale de mi casa como si fuera mi propio hijo.

– ¡Pero no es tu hijo! -dijo al-Balia, poniendo énfasis en cada palabra.

Se quedaron un momento en silencio. Luego, Yunus dijo en voz baja:

– Pronto será mi yerno. -Al detectar la mirada sonriente de al-Balia, añadió con la cabeza gacha-: Os ruego que guardéis silencio sobre esto. De momento es sólo un deseo que llevo dentro.

En un primer momento, Yunus sintió vergüenza por haber revelado el secreto antes de tiempo, pero pronto recobró la calma. No había nadie en la comunidad que esperara algo distinto a que Karima se casara con Zacarías: la hija adoptiva con el joven al que Yunus había convertido en médico, que era su ayudante en el consultorio y que un día sería su sucesor. Yunus esperaba esa unión desde hacía años, sin haber pensado mucho en ella. Cuando Zacarías regresó de Bagdad, Yunus observó con callada complacencia que el joven no había hecho nada por intentar conseguir otra mujer. Y como ese año Karima había cumplido catorce, Yunus había decidido, sin pensarlo demasiado, dar su bendición a ambos. Estaba convencido de que eran el uno para el otro, y la vieja Dada compartía su opinión. Además, sabía que Zacarías estaba esperando con impaciencia que él le dijera algo, aunque en un primer momento no había estado completamente seguro de si Karima respondería al afecto de Zacarías.

Sin embargo, cuatro semanas atrás los dos jóvenes se habían encontrado en el consultorio, y desde entonces Yunus había tomado la firme decisión de casarlos.

Yunus había tenido que mandar en busca de Karima para que lo ayudara en un caso extremadamente complicado. Un fabricante de clavos de Taryana, musulmán ortodoxo, le traía pruebas de sangre de su mujer desde hacía semanas, exigiendo un diagnóstico sin la presencia de la paciente, pues no quería dejar que su mujer fuera examinada por médico alguno, ni siquiera por una asistenta. A partir de la orina y de la descripción hecha por el musulmán, Yunus había llegado a la conclusión de que la mujer padecía hidropesía. No obstante, la paciente creía que estaba encinta, y esto había hecho dudar a Yunus, pues había dado a luz seis hijos y, sin duda, conocía muy bien los síntomas de un embarazo. Al empeorar el estado de la mujer, su esposo había accedido por fin a llevarla al consultorio, pero con la condición de que la examinara una muchacha.

Karima la había examinado en la sala de operaciones, y había excluido rápidamente la posibilidad de un embarazo. Luego había descubierto que el diagnóstico de hidropesía tampoco concordaba con los síntomas, y que la mujer padecía una enfermedad del útero, muy fácil de confundir con un embarazo.

Durante el examen, Yunus había cedido la palabra casi por completo a Zacarías, y se había dedicado a escuchar a ambos jóvenes, que intercambiaban preguntas y respuestas precisas a través de las cortinas cerradas de la puerta, mostrando una gran compenetración. Sobre todo lo había sorprendido Karima. A los doce años había empezado a interesarse por el trabajo de Yunus, y pronto ese interés había aumentado tanto que Yunus había tenido que darle pequeñas lecciones y familiarizarla con algunos sencillos preceptos médicos. Desde entonces, Karima lo había acompañado muchas veces al consultorio, pero ese día Yunus había descubierto que la muchacha sabía más de lo que él le había enseñado. Debía de haber leído secretamente algunos libros de su biblioteca.

Yunus se había sentido tan orgulloso como sólo puede sentirse el padre de una muchacha hermosa e inteligente.

– Si Zacarías se convierte en tu yerno, nada impide que lo propongas en tu lugar -dijo al-Balia con una mirada de aprobación-. El deseo que tiene el visir de honrarte quedará satisfecho. La comunidad también tendrá su parte. Y el visir puede estarnos agradecido por haberle evitado dar un paso en la dirección equivocada.

Parecía sumamente satisfecho. De pronto Yunus tenía la sensación de que, sin que ellos se dieran cuenta de nada, el nasí había intentado desde un principio conducirlos hacia esa solución.

La audiencia con Ibn Ammar confirmó las sospechas de Yunus. Al-Balia manejaba todos los hilos y, sin que el visir lo notara y con fina diplomacia, llevó también a Ibn Ammar a aceptar todas sus propuestas.

Al comienzo, Yunus se sintió dolido, pero luego se impuso su alegría. Se alegraba por Zacarías. En el camino de regreso, se propuso comunicar sus planes a Karima esa misma noche y pedirle su aprobación. Intentó ordenar las palabras con que se lo diría. Pero cuando llegó a casa y Karima salió corriendo hacia él por el patio, lo abrazó y lo acompañó al madjlis, donde le tenía preparada una pequeña merienda, Yunus volvió a posponer el asunto.

Esa noche escribió en su diario:

Dios sabe que soy un padre egoísta. Ella tiene catorce años y está muy desarrollada para su edad; hace mucho que debería haber empezado los preparativos para la boda. Pero en cuanto está conmigo empieza a dolerme el corazón y contemplo con temor el día en que tenga que marcharse de mi casa. Estaré muy solo sin ella. Quería decírselo en la fiesta del Pésaj, quería decírselo hoy. Que Dios me perdone si espero un par de semanas más. Sólo un breve retraso. Sólo hasta Shavuot.

Etan ibn Eh me acompañó casi hasta casa. Durante la recepción sostuvo una larga conversación privada con Ibn Ammar. Se va de viaje a Coimbra. «También por negocios», según dijo. Eso significa que viaja por encargo de Ibn Ammar. Que Dios lo proteja.

Creo que pospondremos la boda hasta su regreso.

34

SEVILLA
VIERNES 20 DE MAYO, 1070
6 DE SIWAN, 4830 // 6 DE SHABÁN, 462

La avanzada, que se había mantenido a la vista durante toda el viaje, se detuvo de pronto, como si el camino estuviera obstruido por un obstáculo inesperado. Los hombres del grueso de la tropa se sobresaltaron, y como ningún jinete de la avanzada regresaba para comunicar lo que sucedía, como solía hacerse, los que iban en la vanguardia del grueso de la tropa echaron a galopar cada vez más deprisa, arrastrando a los que venían detrás, hasta que finalmente llegaron a toda rienda en un solo y largo grupo al lugar donde la avanzada se había detenido.