Выбрать главу

Sólo Lope e Ibn Eh conservaron la calma, dejando que sus caballos siguieran avanzando a paso lento. Sabían qué era lo que había detenido a la avanzada. Conocían aquel punto del camino en el que se ofrecía por primera vez a los viajeros procedentes del norte el paisaje del valle del Guadalquivir y la gran ciudad de casas blancas y resplandecientes. Cuando se unieron al grupo, la mayoría de los hombres habían desmontado para contemplar la ciudad desde el borde del camino, protegiéndose los ojos del sol con las manos.

– ¿Sevilla? -preguntaron los hombres con respetuosa admiración-. ¿Eso es Sevilla?

– ¡Sí, eso es Sevilla!

Faltaba poco para la medianoche. Habían partido de Guarda hacía once días. Sólo once días habían tardado en cubrir el largo trecho cabalgando a marcha forzada y casi sin pausa, ocho, nueve horas al día. Habían atravesado el reino del príncipe de Badajoz como un negro espectro, trescientos jinetes con caballos de reemplazo y asnos cargados con las armas. Habían cabalgado a tal velocidad que los jinetes moros que debían haber advertido de su presencia a los campesinos casi no habían podido seguirlos. No habían sido importunados en ningún punto del recorrido, aunque en Mérida, el emir había puesto en alerta a su guardia cuando cruzaron el enorme puente de piedra del Guadiana.

Se habían reunido en las afueras de Alcántara. Tropas de Braganza, Portocale, Coimbra, Guarda. Ibn Eh había ofrecido buenas cantidades de dinero a los condes, y éstos se habían apresurado en reunir a los hombres de los que podían prescindir. La oferta de Sevilla había llegado en el mejor momento, pues los condes necesitaban mucho dinero para la inminente lucha contra don García, el rey.

El conde había nombrado comandante de la tropa de Guarda al castellán de Sabugal. Lope habría tenido que quedarse en el castillo con el hijo del conde, pero éste decidió lo contrario al enterarse de que el joven conocía al emisario del príncipe de Sevilla e incluso a uno de sus visires. El conde había mantenido una larga charla con Lope, en la que le había encargado que transmitiera un mensaje al visir, y le había entregado dos de sus mejores caballos para que los llevara como regalo para el príncipe.

– Diles que estamos dispuestos a cerrar cualquier pacto contra ese bastardo de Galicia. Diles que siempre hemos respetado nuestros tratados con los reyes moros. Diles que a ellos también les conviene que detengamos a ese bastardo del otro lado del Miño. ¡Díselo!

Cuando llegaron al fondo del valle fueron recibidos por una división de caballería mora y llevados a un amplio cortijo, en el que les habían preparado alojamiento. Nada más desmontar, el jefe de los moros mandó que repartieran dinero entre ellos, dos dinares de oro para cada hombre y bolsas repletas para los comandantes. Una buena forma de recibirlos.

La tarde siguiente Lope e Ibn Eh fueron a visitar a Yunus, el hakim. Cabalgaron apenas una hora hacia el oeste, bordeando las faldas de las montañas, y giraron luego por un estrecho valle transversal. Media milla más allá, el valle se abrió y se encontraron ante una hilera de fincas blancas ocultas entre verdes jardines. Más allá, hacia el final del valle, podía verse una muralla defendida con torres, que cortaba el camino.

– ¿El palacio? -preguntó Lope. Ibn Eh le había contado que el hakim había sido nombrado médico de cabecera de uno de los hijos del príncipe, y que le habían entregado en propiedad una finca cercana a una residencia de verano que el hijo del príncipe frecuentaba con su madre.

– Sí -dijo Ibn Eh-. Y parece que la princesa está aquí.

Ante la puerta había dos centinelas. El capitán de la tropa mora había afirmado que la madre del pequeño príncipe se encontraba en su residencia de verano desde hacía dos semanas, de donde Ibn Eh dedujo que, siendo así, tendrían que buscar al hakim en su casa de campo. El hijo del príncipe contaba sólo siete años. La tarea del médico de cabecera consistía en encontrarse siempre lo bastante cerca como para poder ir a verlo en cualquier momento.

Preguntaron a una criada, y ésta les mostró el camino. La casa del hakim era la última de la hilera, la más cercana a la residencia principesca. Al acercarse oyeron voces, y cuando llamaron a la puerta, les abrió el enorme criado negro al que Lope ya había visto una vez en Sevilla, muchos años atrás.

El criado saludó alegremente, sorprendido al reconocer a Ibn Eh. Luego miró a Lope sin disimular su desconfianza y se quedó de pie bajo el umbral de la puerta, cerrando el paso.

– Tranquilo, Ammi Hassán -dijo Ibn Eh-. Es un amigo. El hakim lo conoce y se alegrará de verlo.

El criado miró hacia atrás por encima de sus hombros, indeciso, y finalmente los dejó entrar. Cuando sus caballos cruzaron el umbral, el criado dijo a Ibn Eh algo que Lope no llegó a entender. El comerciante se detuvo y, titubeando, dijo:

– En ese caso ve a la casa y avisa de nuestra llegada. Nosotros mismos nos ocuparemos de los caballos.

Lope seguía junto a la puerta. Desde allí no se veía la casa; rosales y jazmines estorbaban la vista. El establo cubierto levantado detrás de la puerta estaba vacío. Lope cerró la puerta al entrar, mientras Ibn Eh amarraba ya su caballo y el criado se alejaba retrocediendo lentamente, como si no se decidiera del todo a dejar que los invitados de su señor se ocuparan ellos mismos de sus caballos.

El criado aún no había llegado a los rosales, cuando de pronto se oyó una voz clara y, un instante después, una muchacha salió de entre los arbustos. Una muchacha envuelta en un vestido blanco como el jazmín, descalza, con la cabeza descubierta y una radiante sonrisa de alegría, que desapareció repentinamente cuando vio los caballos extraños y volvió a brillar cuando reconoció a Ibn Eh. Corrió hacia él como si quisiera abrazarlo. Su cabello subía y bajaba a cada paso, su cabello largo y rizado, negro como el ala de un cuervo sobre su vestido blanco.

– ¡Ammi Etan! ¡Ammi Etan! -gritó cogiendo a Ibn Eh de las manos y saludándolo con el precipitado júbilo del reencuentro. Su voz era como una canción.

Lope estaba detrás de su caballo. En un primer momento, ella no lo había visto. Sólo advirtió su presencia cuando Ibn Eh miró hacia él. La muchacha enmudeció y se llevó las manos a la cara en un gesto de recatado sobresalto. Cuando Lope vio sus ojos dirigidos hacia él, la reconoció: era la muchachita de Sevilla, la hija del hakim, que casi lo había sacado de sus casillas con sus curiosas preguntas infantiles. La pequeña había crecido a palmos; era más alta que Ibn Eh. Lope agachó la cabeza para no parecer descortés, pero no dejó de mirarla, y vio que ella tampoco le quitaba la mirada de encima mientras se sacaba de la manga un pañuelo que se llevó a la cabeza en un vano intento de ocultar su rebelde melena negra.

Entonces, como caída del cielo, una negra gorda llegó dando gritos a la hija del hakim, la ocultó rezongando bajo su amplio manto y se la llevó consigo a la casa. Antes de desaparecer entre los rosales, la negra tuvo tiempo de echar a Lope una fulminante mirada de reproche. Lope la había reconocido, e incluso recordado. Dada, así era como la había llamado la pequeña aquella vez. La vieja Dada.

El criado salió de su pasmo, se acercó a Lope y le quitó las riendas de las manos, e Ibn Eh le explicó con un cierto embarazo:

– El hakim todavía está en el castillo. Su hija lo estaba esperando a él; hace mucho que debería haber regresado. -Y, tirando a Lope del brazo, añadió de muy buen humor-: Dios mío, me acaba de decir que es Shavuot, Pascua. Yo ni siquiera lo recordaba.