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– ¡Ya es hora, Karima!

La muchacha se levantó, obediente, se despidió de Ibn Eh, se inclinó en silencio ante Lope, sin regalarle una sola mirada, y abrazó a su padre de un modo tan cariñoso y familiar que Lope se sintió curiosamente conmovido. Lope vio el orgullo paternal en los ojos de Yunus y siguió con la mirada a la muchacha mientras ésta atravesaba el patio, alta y erguida, dando largos pasos junto a la obesa Dada, que trotaba suspirando de satisfacción a su lado.

Antes de doblar por el emparrado, la muchacha se volvió una vez más, y Lope atrapó de nuevo una mirada suya. Era una mirada dirigida únicamente a él, y que duró un brevísimo pero significativo instante más de lo que permitía el decoro.

Lope la siguió hasta que la oscuridad la ocultó a su mirada. Karima, pensó, se llama Karima. Y se grabó el nombre en la memoria, para no olvidarlo jamás.

Córdoba

El acantonamiento en que se habían instalado las tropas del príncipe se encontraba media milla al este de la ciudad, a la orilla de un recodo del río. Una amplia superficie rodeada por una muralla semiderruida, tan grande como la propia ciudad. Un laberinto de casas, la mayoría ya sólo ruinas de tejados hundidos y fachadas desmoronadas. Grandes palacios con bellos patios interiores en los que aún podía adivinarse el lujo de antaño, algunos edificios habitables, algunos reconstruidos urgentemente, revestidos con delgadas ramas. Nuevas murallas levantadas sobre los escombros de antiguas murallas, agujeros en los tejados recubiertos con caña, ventanas vacías tapadas con esteras. El arif que los había acompañado desde Sevilla y hacía las veces de oficial de enlace, les había contado que esa gigantesca ciudad en ruinas fue levantada una vez por al-Mansur, el gran al-Mansur. Su antiguo palacio se encontraba en la parte oriental de la explanada, separado del laberinto de casas por un gran muro. Imponentes salones columnarios semiderruidos, retahílas de habitaciones sin techo, terrazas ganadas por la vegetación, piscinas de mármol en las que aún chisporroteaba agua cristalina. Allí estaban acantonadas las tropas andaluzas del príncipe y los destacamentos de negros. Las unidades bereberes acampaban en tiendas en el parque, ahora silvestre, que se extendía entre el palacio y el río.

No eran los únicos que poblaban la antigua ciudad palaciega. En todas partes, allí donde aún quedaban tejados capaces de proteger de la lluvia, se guarnecían pobres, jornaleros, pequeños artesanos. Niños harapientos en las callejas, ovejas y cabras en los jardines ya casi sin hierba, gallineros entre ruinosas columnas de mármol, pequeños mercados, tabernas y mesones baratos. En algún lugar, tras un estrecho patio, también un salón con una cruz en la entrada y una campana de débil repique sobre la cumbrera. Los habitantes estaban obligados a proveerlos de alimentos y alojamientos adecuados. Al principio había habido mucho barullo y dos o tres rencillas violentas, pero entre tanto la gente se había resignado a sus huéspedes forzosos y hacía negocios con ellos. Habían venido putas, músicos animaban las tabernas, y el vino corría a raudales.

Lope vivía con otros comandantes de la tropa mercenaria española en uno de los palacetes menos derruidos y parcialmente reconstruido, junto a la muralla del palacio. Los señores le habían dado a entender con suficiente claridad durante el viaje que no lo consideraban uno de ellos. Era un hombre sin nombre. Pero desde la recepción en Carmona, cuando Ibn Ammar, el gran visir moro, como ellos lo llamaban, había distinguido a Lope sobre los otros y le había hecho ricos obsequios, todos los señores se habían vuelto más asequibles.

Todos, excepto el castellán de Sabugal.

Habían llegado a Córdoba hacía cinco días, dirigiéndose a sus acantonamientos cabalgando en una sola larga columna a través del puente y a lo largo de la amplia carretera ribereña paralela a la muralla de la ciudad. Desde entonces estaban a la espera de que el enemigo llegase de Toledo. Cada mañana se reunían en el recinto del palacio con los comandantes de las unidades sevillanas, Ibn Nadjah e Ibn Martín, con sus oficiales y con Abdalmalik, el príncipe de Córdoba, para intercambiar los informes de los exploradores que espiaban el avance del ejército enemigo. Ibn Martín llevaba la voz cantante. Era un hombre hercúleo, de unos cuarenta años, hijo de un mercenario castellano, que había servido al príncipe de Sevilla ya desde tiempos de su abuelo y que se había convertido a la fe islámica. Era tan sólo un qa'id, y su rango era inferior al de Abdalmalik, pero tenía el mando supremo sobre trescientos hombres de Sevilla, mientras que el joven príncipe de Córdoba sólo disponía de una tropa de doscientos jinetes.

Esa mañana, Ibn Martin decidió que el ejército debía salir de su acantonamiento. Los exploradores habían informado de que los enemigos se encontraban a sólo dos días del Guadimellato, el último gran río que se interponía en la carretera hacia Córdoba.

El Guadimellato estaba a menos de cinco horas de camino de Córdoba. Era un río difícil de vadear, orlado por densos bosques. El puente que lo cruzaba se encontraba justo por encima de la desembocadura del río en el Guadalquivir. El valle era estrecho. En ese punto las montañas que flanqueaban al Guadalquivir por el norte llevaban casi hasta el río, formando un paso estrecho, fácil de defender. Junto a la rampa de entrada del puente se levantaba una sólida torre, cuya guarnición había sido debidamente reforzada. Un campamento cristiano situado al pie de las montañas servia de cuartel al grueso del ejército. La posición estaba bien defendida. El enemigo tenía que atravesar el río, y no tenía posibilidad alguna de dar un rodeo para esquivar las barreras.

Ya la primera noche después de tomar posiciones las tropas sevillanas, unos cuantos jinetes de la avanzada toledana se dejaron ver en la orilla opuesta. Veinte hombres montados en caballos rápidos, que se acercaron al puente hasta estar casi a tiro de flecha, cabalgaron río abajo por la orilla del Guadimellato y volvieron a desaparecer.

Dos días después apareció el comandante de los toledanos con una tropa de jinetes, para examinar personalmente el terreno. Recorrió el mismo camino que habían hecho antes los jinetes de la avanzada. Finalmente, cabalgó un buen trecho cuesta arriba para obtener una visión panorámica.

Los exploradores habían calculado que el ejército de Toledo contaba con tan sólo medio millar de jinetes y otros tantos soldados de a pie. Por lo visto, la resistencia sería mínima. Lo que ahora estaban viendo los toledanos debía quitarles toda esperanza.

Ibn Martín había mandado exhibir todo su potencial militar. Mil quinientos hombres codo con codo, una división junto a la otra, formados en la estrecha franja ribereña que se extendía entre el río y las faldas de las montañas.

La campaña terminó antes de haber comenzado. No hubo ninguna batalla, ni siquiera las escaramuzas habituales entre tropas espías y avanzadas. Ibn Martin cerró el puente y no dejó pasar ni a un solo hombre. Cuando los vigías apostados en lo alto de las montañas informaron de que los toledanos habían emprendido la retirada y los oficiales de la plana mayor sevillana insistieron en salir tras ellos inmediatamente con todas sus fuerzas, Ibn Martin lo impidió, manteniendo a toda su tropa en sus posiciones detrás del río. Su decisión se mantuvo a pesar de que los toledanos arrasaron varios pueblos en su retirada.

Empezaron a circular rumores sobre que Ibn Martin había llegado a un acuerdo con el enemigo, y el hermano del conde Nuño Méndez, que comandaba la tropa de Portocale y Guimaraes, avivó abiertamente la sospecha de que el comandante sevillano sólo quería privar a los españoles de su parte en el botín, y finalmente salió en pos de los toledanos por su propia cuenta. La tropa de Braganza se le unió en la persecución, lo mismo que un par de tropas más. Los hombres de Guarda también querían salir tras los toledanos, pero el castellán se opuso.