– ¡Es una pérdida de tiempo! ¡Un trabajo inútil! -dijo-. El jefe de los toledanos ha sido lo bastante listo como para retirarse. También lo será para reforzar tanto la retaguardia que no se le pueda coger de improviso.
El castellán tenía razón. Los perseguidores regresaron tres días después. Habían perdido ocho caballos, dos hombres habían muerto y unos cuantos habían resultado heridos. La retaguardia del ejército toledano estaba formada por mercenarios de León, huesos duros de roer, y tan furiosos por no haber podido obtener botín alguno en esa campaña como sus propios perseguidores.
Inmediatamente después, Ibn Martin condujo el ejército de regreso y mandó que en Córdoba se los vitoreara como vencedores. Se quedaron tres días más en al-Madinat az-Zahira, la ciudad en ruinas. Luego se preparo la partida.
Era el quinto día de la semana. Se realizaría un desfile a las puertas de la ciudad, y se decía que Abdalmalik, el príncipe de Córdoba, pagaría cuatro piezas de oro a cada hombre de la tropa, el doble a los jinetes y el cuádruple a los de armadura.
Formaron en la carretera ribereña, frente a la muralla de la ciudad. Primero atabales y trompetas, luego la tropa de negros e Ibn Martin con los hombres de su séquito. Detrás, las unidades andaluzas, todas armadas como para entrar en combate. Lope, con los hombres de Guarda y las otras tropas mercenarias, estaba al borde de la plaza empedrada que se extendía entre el bastión del puente y la puerta de la ciudad. Desde allí podía distinguir a Abdalmalik. El príncipe estaba montado en un caballo blanco, rodeado por su guardia personal. Un negro vestido de rojo brillante sostenía una sombrilla frente a él. Estaba en lugar muy visible para todos, en la rampa que conducía a la puerta de la ciudad. Su tropa se hallaba formada en tres filas frente a él, a pie, armada con largas lanzas y apostada ante la puerta como un cerrojo.
Abdalmalik también mandó que tocaran sus atabales y su banda militar y dio un discurso en su idioma, que Lope y los otros no entendieron.
Cuando terminó el discurso, todos alargaron el pescuezo para ver si por delante ya habían empezado a pagar las soldadas, pero no se veía nada. Abdalmalik estaba sentado muy derecho en su cabalgadura, la cadena de guardias apostada frente a él se mantenía firme como una muralla. Se hizo silencio. Toda la tropa miraba fijamente al príncipe, que aún no parecía dispuesto a dar la orden que todos estaban esperando.
De pronto, el trompeta de Ibn Martin hizo sonar una señal que pareció la orden de ponerse en marcha. Se produjo un súbito nerviosismo. Todos permanecieron inmóviles, y no empezaron a sonar los atabales. En lugar de éstos, una segunda señal de trompeta respondió desde el otro extremo de la carretera, donde se encontraba la retaguardia, formada por las tropas bereberes. Luego, de repente, brotó de entre las primeras filas una potente voz, que apagó el creciente barullo, y un clamor general recorrió las filas de andaluces. Lope no tenía ni idea de lo que estaba pasando; ninguno de los españoles entendía nada. Hasta que de pronto el arif rugió:
– ¡No hay soldadas! ¡El muy cerdo no quiere pagarnos las soldadas!
En ese mismo instante empezó a moverse la cadena de guardias apostada frente a la puerta, y toda una división se separó y se dirigió hacia Ibn Martin, con las puntas de las lanzas hacia atrás y los escudos a la espalda. Los atabales empezaron a retumbar como truenos, y estalló un salvaje griterío.
Lope vio que, en la vanguardia, la tropa de negros empezaba a arremeter contra los cordobeses; vio desaparecer tras la puerta el caballo blanco de Abdalmalik, seguido por la desbandada de las tropas que le seguían siendo leales, mientras los guardias, desesperados, intentaban cerrar la puerta guarnecida en hierro a pesar de la marea de hombres que pretendían refugiarse tras ella. Vio a Ibn Martín, que se encontraba tranquilamente junto al bastión del puente, con sus oficiales y su guardia personal, como si todo ese tumulto no fuera cosa suya. Y se dio cuenta de que todo aquello estaba calculado de antemano: la promesa de soldadas había sido sólo un rumor hábilmente difundido; el desfile, un pretexto para arremeter más fácilmente contra Abdalmalik. Todo había sido preparado de antemano.
El río de caballos en el que fue arrastrado Lope se detuvo un instante en la congestión de la puerta, pero pronto cruzó el umbral y entró en la ciudad, y su caballo siguió a un grupo de otros jinetes que se había dirigido hacia la derecha nada más dejar atrás la puerta. Siguieron a todo galope a lo largo de las altas murallas, se precipitaron por calles y callejas desiertas, entre las paredes blancas de las casas, las puertas todas cerradas, el estrépito de los cascos de sus caballos sobre el empedrado, los furiosos ladridos de los perros. De tanto en tanto una piedra reventaba sobre los adoquines, junto a ellos, y un bramido les llegaba desde lo alto, donde la gente, oculta en los tejados, los observaba asomando apenas la cabeza tras los pretiles de los muros. El mozo de Lope no estaba con él, ni ningún otro hombre de su tropa, a excepción de dos o tres de Braganza que se mantenían detrás, muy cerca de él.
La ciudad parecía no acabar nunca. En algún momento se toparon con una muralla, que siguieron en dirección norte, para luego girar hacia el Oeste e internarse en el laberinto de callejas. Momentos después se cruzaron con hombres armados con hachas y largos cuchillos, que seguían la misma dirección que ellos. Otros venían en la dirección contraria, arrastrando un botín compuesto por colchones, enseres domésticos, atados de ropa. Allí delante estaban saqueando algo. De pronto oyeron un ruido indeterminado y llegaron a una gran plaza repleta de gente, jinetes y soldados de a pie de todas las unidades del ejército, moros de la ciudad, armados y desarmados, una multitud vociferante que arremetía contra un edificio palaciego levantado en el extremo norte de la plaza. Una de las puertas del edificio estaba abierta. Por ella entraban jinetes encogidos bajo sus escudos. En el tejado había arqueros y en el suelo de la plaza yacían unos cuantos muertos. Un hombre con una flecha clavada en el brazo corrió aullando hacia ellos.
Sólo más tarde se enteraron de que el edificio que había saqueado la gente de la ciudad era el palacio de Abdalmalik, y de que el príncipe se había atrincherado en una de las torres cantoneras del edificio frontal. Lope ya estaba de nuevo con su gente. Habían acampado en uno de los muchos patios del antiguo palacio de los califas, que ocupaba todo el rincón suroccidental de la ciudad: un solar gigantesco y sin murallas, una intrincada e inabarcable colección de fortificaciones, un laberinto de casas, establos, almacenes, torres parduscas por el paso del tiempo y blancos palacios de mármol en todos los grados de deterioro. Lope y los hombres de Guarda estaban desalentados. Prácticamente ninguno de ellos había hecho botín, nadie sabía qué había pasado, nadie sabía por qué no se les había dejado saquear libremente la ciudad, ni por qué les habían dado la orden de emprender la retirada.
A última hora de la tarde se supo que Abdalmalik se había rendido al comandante y ya estaba camino de Sevilla, como prisionero.
Dos horas después del ocaso, el arif se presentó al centinela de la entrada del patio y preguntó por el castellán y por Lope.
– Mi señor tiene una misión para vosotros -dijo el arif.
– ¿Cuál señor? -preguntó el castellán.
– La orden viene de arriba -dijo el arif.
El castellán lo examinó con abierta desconfianza.
– ¿Por qué nosotros?
El arif esbozó una sonrisa conciliadora.
– En Guadimellato demostraste que eres un hombre sensato. Confían en ti. -El arif hizo una pausa, como si esperara otra pregunta. Luego señaló la gran muralla que se levantaba detrás de ellos y dijo-: Detrás de esa muralla está la principal mezquita de Córdoba. Un lugar sagrado. Un lugar de paz. Por desgracia, un hombre ha buscado refugio en ella, un hombre al que a mi señor le gustaría tener cerca. Tengo la misión de convencerlo de que lo mejor para él es salir de la mezquita.