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Finalmente, uno de los hombres que estaba delante de Lope se adelantó y recogió la pulsera. Era un peón de Sabugal, un viejo pastor que había escalado posiciones, y al que Lope conocía desde hacía mucho tiempo. El peón se quedó en cuclillas junto a la mujer, que seguía como muerta, y se puso a registrarle los brazos, el cuello y las orejas en busca de más joyas.

Lope salió rápidamente hacia al peón.

– ¡Déjala! -dijo bruscamente-. ¡Deja a esa mujer en paz!

El peón levantó la mirada hacia Lope, inseguro, y luego miró al castellán en busca de ayuda. En ese mismo instante Lope comprendió que había cometido un error. Vio la sonrisa provocadora que se dibujó en el rostro del peón, creyó sentir las miradas hostiles de los demás sobre su espalda. Los hombres habían visto botín. Todos estaban de parte del castellán, todos sin excepción. Lope lo sabía.

– ¡Esfúmate! -oyó decir al castellán-. ¡Lárgate de aquí! -Su voz sonaba llana e inexpresiva.

Lope se obligó a mantener la calma. Vio cómo los hombres robaban a la gente del anciano con ávido detenimiento, cómo palpaban a las mujeres con manos ansiosas. Vio cómo la codicia de los hombres crecía más y más conforme aumentaba el tamaño del botín apilado en el mantón.

Lope se quedó observando al castellán. Ya una vez se había enfrentado con él de manera similar. Había sido en Sabugal, un domingo, tres semanas después de su regreso.

El castellán tenía invitados, y la anfitriona había mandado sacar la vajilla buena, las copas de plata y las jarras de cristal de su dote. Al arreglar la mesa, a uno de los pajes se le había caído una pieza de cristal. El camarero había arremetido contra él, y el muchacho había huido gritando a la habitación que compartían Lope y el hijo del conde. El muchacho se había arrojado a los pies del joven conde y, abrazándole las piernas, le había suplicado con voz temblorosa:

– ¡Misericordia, señor! ¡Me matará, señor! ¡Si no me ayudáis me matará!

El camarero era primo del castellán. Un hombre irascible y basto. Había llamado al castellán para pedirle ayuda y éste lo había autorizado a coger al muchacho.

Lope se había interpuesto. El paje estaba bajo la protección del joven conde; nadie podía tocarlo.

Acto seguido, el castellán había dado a su primo la orden expresa de coger al muchacho. El camarero lo había agarrado de los cabellos y había intentado llevárselo a rastras, pero no había podido llegar muy lejos, pues el joven conde se había abalanzado sobre él, clavándole su cuchillo en el vientre. El hombre había muerto cuatro días después.

Desde entonces el castellán perseguía a Lope con un odio frío e irreconciliable, y Lope sabía que algún día se enfrentarían sin testigos.

Lope había pensado muchas veces si acaso debía marcharse secretamente de Sabugal, abandonar el servicio del conde. Lo pensó también esa noche, en la mezquita. Lo pensó cuando los despidieron de Sevilla con resonar de atabales y sones de trompeta, e Ibn Ammar le hizo la tentadora oferta de incorporarse a su guardia personal. Lo pensaba cada vez que le venía a la memoria la hija del hakim, y la mirada con que ella lo había despedido. Lo estuvo pensando durante todo el viaje de regreso a Guarda. La primera noche después de la partida, treinta hombres habían abandonado secretamente la tropa para ir a servir al príncipe de Sevilla.

Lope se quedó. Había jurado lealtad al conde de Guarda, y el capitán le había enseñado que un hombre debe ser fiel a su palabra.

Pensaba que no tenía otra elección.

35

SEVILLA
MARTES 11 DE TISHRI, 4831
11 DE DU'L-HIDJDJA, 462 // 20 DE SEPTIEMBRE, 1070

Era el día posterior al Yom Kipur, el último de los diez días de penitencia tras el inicio del nuevo año. Yunus había pasado la noche posterior a las veinticuatro horas de ayuno con Ibn Eh y dos o tres amigos más. Habían comido bien y habían sostenido una amena charla. Por la mañana había ido al consultorio, como de costumbre. Él mismo había abierto los postigos de la ventana, había extendido el toldo de la entrada, había acomodado los cojines donde se sentaban los pacientes y se había instalado cómodamente con un libro en la sala de reconocimientos. Después de los días de penitencia nunca había mucho trabajo.

Hacía seis semanas que había vuelto a atender su consultorio. Como al-Mutamid, el príncipe, había viajado a Córdoba, la sayyida al-Kubra y sus hijos habían dejado el palacio de verano y habían vuelto a la ciudad. Desde entonces también Yunus estaba en Sevilla, donde podía recibir a sus pacientes y hacer visitas a domicilio. Sólo dos veces lo habían llamado del al-Qasr para dos breves consultas; por lo demás, lo habían dejado tranquilo.

No echaba de menos la corte. Estaba a gusto en su consultorio, y se sentía casi como cuando era un médico joven, en sus primeros años de ejercicio: pocos pacientes, mucho tiempo libre que podía aprovechar para leer, y nada de jóvenes ambiciosos que reclamaran su atención y lo obligaran a estar constantemente concentrado. Zacarías había empezado a trabajar en el hospital hacía dos semanas.

Era un bonito día de sol, sin el calor del verano. Había empezado el otoño, las golondrinas habían regresado del norte y pasaban con penetrantes chillidos frente a la puerta abierta. Yunus había enviado a un chico del vecindario al bazar, a que le trajera comida. El chico tendría que haber regresado como mínimo hacía un cuarto de hora; hasta entonces siempre había cumplido.

Yunus salió a la puerta y echó una ojeada a la calle. No se veía a nadie, pero el ambiente estaba cargado de un extraño barullo que parecía proceder de la parte del bazar. Yunus volvió a la sala de reconocimiento y siguió esperando. Poco después pasaron corriendo por la calle dos hombres seguidos de una mujer que iba dando gritos. Cuando Yunus llegó a la puerta ya se habían perdido de vista. Los vecinos también salieron a la calle y se quedaron a las puertas de sus tiendas. Al-Fasi, el zapatero, levantó la cabeza intentando escuchar algo y dirigió sus ojos miopes a Yunus.

– ¿Qué pasa? -preguntó el zapatero, preocupado.

El barullo era ahora más intenso. Le recordaba a Yunus el griterío de la multitud en la sharia, cuando la caballería bereber presentaba sus ejercicios hípicos.

– Parece una multitud -dijo Yunus, sorprendido.

El chico al que Yunus había enviado al bazar apareció en la entrada de la calle con una fiambrera vacía y se metió en la casa de su padre antes de que Yunus pudiera preguntarle nada.

– ¡Que Dios nos acompañe! -dijo al-Fasi-. ¡Que Dios nos acompañe!

Entre el creciente alboroto se distinguían ahora algunas voces, fuertes gritos y un rugido rítmico. Y de pronto Yunus supo qué estaba pasando. Recordaba ese rugido, lo había oído antes, en Tolosa, cuando la jauría de cristianos había caído sobre él. Jamás lo olvidaría. Y ahora estaba allí otra vez, el mismo rugido, en medio de Sevilla, en su ciudad. Escuchó con desconcertado terror cómo se acercaba.

– ¡Todos dentro! ¡Entrad a vuestras casas! ¡Atrancad las puertas! -gritó a los otros, e inmediatamente se puso a cerrar los postigos de la ventana.

En ese mismo momento apareció en el extremo de la calle una horda salvaje armada con palos. Yunus cerró la puerta, echó el cerrojo y, movido por el pánico, sacó precipitadamente la mesa de operaciones de la habitación contigua y la volcó contra la ventana. El rugido estaba ahora exactamente frente a su consultorio. Se oían fuertes golpes, madera contra madera. De pronto algo cayó con un crujido, al que siguió un desgarrón, y un estacazo sonó en los postigos de la ventana. Yunus, temblando, apuntaló la ventana con la mesa de operaciones. Quiera Dios que no tengan una escalera, pensó, y salió corriendo hacia la puerta, que amenazaba con ceder bajo la embestida. Oh, Dios mío, rezó atropelladamente, respeta mi casa, respeta a mi familia, haz que Ammi Hassán esté en casa, Señor.