Ibn Ammar había enseñado al príncipe todas las maravillas de Córdoba. La visita a los jardines del al-Qasr, esa mañana, no haría más que poner ante sus ojos otro de los incalculables tesoros de la ciudad: la abundancia de agua fresca y limpia.
Como a todo sevillano, a al-Mutamid le encantaban sobremanera las fuentes, arroyos y surtidores. En Sevilla, el agua potable tenía que ser colectada del Guadalquivir, al norte de la ciudad, donde ya no llegaba el flujo del mar. Desde allí era transportada en barcas y repartida por aguadores. En Córdoba había tal abundancia de agua fresca, aun en los veranos más calurosos, que desbordaba arroyos y pozos. Los jardines del palacio habían sido famosos por sus surtidores. Ibn Ammar había hecho todo lo posible por desatascar al menos parcialmente los canales y cascadas, y limpiar los estanques de mármol. Hasta había mandado reparar una de las tres enormes norias que hacían funcionar los surtidores.
El príncipe e Ibn Ammar habían pasado varias horas recorriendo a pie el al-Qasr y los parques, acompañados únicamente por el maestro de obra, un arquitecto de jardines valenciano y una cantante persa llamada Djawhara, que desde hacía algunos meses contaba con el favor especial del príncipe, y a quien éste quería impresionar. Al-Mutamid estaba fascinado, y lleno de proyectos. Ya veía demolidos los edificios en ruinas, veía el antiguo palacio de los califas renovado en un estilo heroico, junto a un imponente palacio nuevo. El príncipe se puso a discutir detalles con los dos arquitectos, pidió información sobre costos y plazos de construcción, determinó qué edificios de tiempos de los reyes visigodos y de los antiguos emires omeyas debían conservarse e incluirse en los proyectos de reconstrucción, dibujó con su propia mano osados perfiles sobre la arena. La edad secular de muchos de los edificios del al-Qasr, la historia del lugar, los grandes nombres del pasado, cuyos pasos él seguía, hicieron caer a al-Mutamid en una especie de embriaguez, y su entusiasmo llegó al clímax cuando comprobó que en los jardines del palacio podía hacer realidad uno de sus grandes deseos.
Cuando todavía era príncipe heredero, al-Mutamid había asistido a una fiesta memorable, dada por al-Ma'mún de Toledo con motivo de la circuncisión de su nieto de ocho años, Ya'ya. En el nuevo palacio del príncipe de Toledo, al-Mutamid había tenido ocasión de ver un quiosco de insospechada belleza: una construcción de filigrana rematada por una cúpula de mármol blanco, de cuya cima brotaba un potente surtidor que envolvía todo el conjunto en una brillante cortina de agua. La circunferencia de la cúpula encajaba con tal precisión en la bóveda formada al caer el agua del surtidor que, cuando no soplaba el viento, no salpicaba ni una gota en las paredes exteriores del quiosco. Cuando uno entraba en el quiosco, podía acomodarse plácidamente bajo el frescor del agua, sin que ni una sola gota perturbara su comodidad. Por la noche, cuando la cúpula estaba iluminada, el quiosco ofrecía un aspecto mágico. La cortina de agua se transformaba entonces en una campana de cristal líquido.
Al asumir el gobierno, una de las primeras medidas de al-Mutamid había sido ordenar al arquitecto de la corte que buscara un lugar apropiado para levantar un quiosco semejante. Pero en ningún lugar de Sevilla podía encontrarse la fuerza hidráulica necesaria para hacer funcionar un surtidor de ese estilo. Aquí, en los jardines del palacio de Córdoba, por el contrario, no sería difícil hacer realidad su sueño.
A mediodía se sentaron en una de las terrazas del río, donde se había dispuesto la comida. Ibn Ammar estaba seguro de que había ganado. El príncipe parecía firmemente decido a trasladarse a Córdoba. No hablaba de otra cosa. Cuando un mensajero trajo a Ibn Ammar la noticia de los disturbios de Sevilla, éste se la transmitió de mala gana al príncipe. Al-Mutamid la desechó con un expresivo gesto.
– Se castigará a los culpables -dijo con arrogancia-. Pronto daré a conocer mi decisión sobre Córdoba, ¡y nos ocuparemos de que sea respetada!
A última hora de la tarde, Ibn Ammar, acompañado por Isaak ibn al-Balia, fue a visitar al hadjib, quien se había instalado en la antigua residencia urbana de Abdalmalik. Ibn Zaydun estaba enfermo. Desde hacía seis meses luchaba contra una misteriosa dolencia que le producía punzantes dolores de cabeza y constantes desvanecimientos. Por eso había tenido que declinar la invitación a visitar el al-Qasr esa mañana. Los recibió sentado en una litera, recostado sobre cojines, con el rostro demacrado y una expresión tensa, producida por el incesante dolor. Pareció tomarse más en serio de lo que Ibn Ammar había esperado la noticia de lo ocurrido en Sevilla.
– No contaba con una resistencia tan intensa -dijo, pensativo-. No desde tan pronto.
– La cuestión es si los disturbios fueron provocados conscientemente o si expresan un descontento general -dijo Ibn Ammar.
– Creo que son ambas cosas a la vez -dijo Ibn Zaydun-. Naturalmente, uno puede encender el fuego, pero no en tan poco tiempo. No sin brasas. En algún lugar del bazar debía de estar ardiendo bajo la superficie.
– Hasta hoy, ni yo mismo sabía con certeza qué decidiría el príncipe -dijo Ibn Ammar-. Me pregunto por qué estaba tan segura la gente del bazar.
– Los rumores son más poderosos que la información -dijo Ibn Zaydun con una sonrisa cansada-. Es natural que tengan miedo, y los pequeños más que los grandes. Los cargadores de los suks y los obreros del puerto tienen claro que serán los primeros en perder el trabajo si disminuye el comercio.
– Pero ¿quién aviva los rumores? -preguntó con impaciencia Ibn Ammar.
Ibn Zaydun se tomó su tiempo antes de responder. Cerró los ojos, como si tuviera que proteger sus pensamientos del dolor que lo atormentaba.
– De un buen comerciante se puede esperar que huela un negocio. ¿Por qué ese mismo sentido que le permite hacer buenos negocios no iba a servirle también para predecir devenires políticos? ¿No tiene por fuerza que ser especialmente sensible a esos devenires que perjudican sus negocios?
– Eso no responde a mi pregunta -dijo Ibn Ammar.
– No creo que nadie avive intencionadamente unos disturbios -dijo Ibn Zaydun, sin dejarse apremiar-. Los grandes comerciantes intercambian sus temores en tiendas y despachos. Sus escribanos y ayudantes cogen al vuelo alguna frase y la transmiten a otros, y cuando los rumores llegan hasta la gente de la calle ya han crecido tanto que infunden pánico. -Movió la cabeza, como buscando un apoyo que lo ayudara a soportar el dolor-. Es natural que tengan miedo. Y nosotros sabemos, además, que su miedo no es infundado. Si la corte se traslada a Córdoba, Sevilla se convertirá en una provincia, y eso la gente del bazar también lo sabe.
– El príncipe ha contado desde un principio con que el bazar opondría resistencia, pero no permitirá que eso influya en su decisión -dijo Ibn Ammar con optimismo, y citó la respuesta de al-Mutamid a las noticias de Sevilla.
Ibn Zaydun echó fuera a los dos pajes apostados junto a su cama.
– No deberíamos menospreciar al bazar -dijo con firmeza-. En Sevilla hay grandes banqueros que están en condiciones de financiar la construcción de un castillo. Hay grandes matarifes y ganaderos que pueden disponer de cincuenta u ochenta hombres armados. -Se inclinó hacia delante y clavó el índice en un cojín-. Los Banu Hadjdjadj, los Banu Khaldun, los Banu Sayyid, todas las grandes familias de Sevilla que alguna vez tuvieron poder e influencia son hoy insignificantes. Todo lo que han perdido ha pasado a manos del bazar. Hoy en día, el gran capital se mueve en el bazar. -Volvió a recostarse y cerró los ojos, agotado.
Ibn Ammar intercambió una breve mirada con al-Balia. Luego preguntó con tono de ligero reproche: