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El conde se sintió disgustado por aquello. No dijo nada, pero cualquiera lo podía adivinar. Y luego, cuando los sacerdotes de su propio séquito hicieron sus preparativos para la batalla, se tomó su tiempo. En una solemne ceremonia, le echaron al cuello una corona de reliquias, entretejieron una reliquia en las crines de su corcel de batalla, lo bendijeron a él y a su caballo, a su armadura y a sus armas, repitieron la misma ceremonia con su hijo, y entre incesantes plegarias, bendijeron también a todos sus hombres y sus armas, invocando para cada uno la protección de Dios. Sólo después dio el conde la orden de ponerse las armaduras.

Lo ocurrido fue contado luego por los hombres que lo habían presenciado de maneras muy diversas. Cada uno pretendía haber visto algo distinto. Pero sólo Lope lo había visto todo desde el principio. Sólo él, el conde y el infeliz escudero, que había sido el culpable de todo, sabían realmente qué había ocurrido.

Lope estaba junto al conde y a su hijo, observando al mozo que estaba poniendo a este último el jubón de cuero forrado y abrochándole el protector del cuello. Lope era responsable del joven conde, y el capitán le había enseñado a no confiar en nadie cuando se trataba de ponerse la armadura. Entonces, de repente, oyó que el conde profería una maldición algo reprimida, y vio cómo se arrancaba con furiosa precipitación la cota de mallas que, como advirtió Lope en ese mismo instante, llevaba puesta al revés, con el interior hacia fuera. Su escudero debía de habérsela colocado mal. Era un mal presagio, Lope lo sabía, como lo sabían también el conde y su escudero. Lope vio que el conde se había puesto pálido y que, cuando logró por fin desembarazarse de la cota, hizo disimuladamente la señal de la cruz y miró furtivamente a su alrededor para ver si alguien se había dado cuenta de algo. Lope apartó la mirada rápidamente, pero sin perder de vista al escudero. El pobre temblaba de miedo. Era un hombre experimentado, que servía al conde desde hacía más de veinte años, y no un novato de quien pudiera comprenderse que perdiera los nervios ante su primera batalla. Precisamente eso empeoraba aún más las cosas. Lope observó cómo el hombre ceñía el yelmo al conde y se lo abrochaba con manos trémulas, y cómo, por último, cogía el cinturón con la espada para ponérselo a su señor con el habitual detenimiento. Lope siguió con nerviosa expectación cada movimiento del escudero, como si intuyera lo que inevitablemente tenía que suceder, y un instante después vio que el hombre pisaba una piedra resbaladiza, levantaba los brazos para mantener el equilibrio y caía al suelo a los pies del conde. La espada cayó a su lado, en el barro. Este segundo presagio ya no podía pasar desapercibido. Los hombres se quedaron estupefactos, mirando al escudero, que se levantaba aterrorizado e intentaba limpiar la espada con la manga de su cota de cuero.

El conde le arrebató la espada de un tirón, la levantó y golpeó con tal violencia contra el brazo del escudero que el acero atravesó la vaina y la cota de cuero del hombre, y todavía le quedó fuerza para romperle los huesos del brazo. El escudero se quedó tieso como una estaca, mirándose con ojos incrédulos el brazo, que se bamboleaba inerte. Nadie se atrevía a mover un dedo, hasta que, finalmente, uno de los capellanes se puso a rezar con voz chillona. Algunos de los hombres movieron los labios, como si quisieran acompañar la plegaria, pero el conde se volvió hacia el capellán con el rostro desencajado de rabia, lo hizo callar con una maldición, subió a su caballo rápida y decididamente, levantó la espada ensangrentada sobre su cabeza y gritó con potente voz a los hombres:

– ¡Acabáis de ver cuán afilada está esta espada! Ese mismo filo caerá sobre nuestros enemigos. ¡Encargaos de que prueben vuestros aceros! ¡Que prueben vuestro coraje! ¡Dios está con nosotros!

Por orden del conde de Portocale, sólo se quedaron en el campamento los enfermos y unos cuantos arqueros, por si acaso atacaba la caballería enemiga. No podían prescindir ni de un solo hombre. Toda su tropa estaba formada por mil doscientos hombres armados, mientras que el ejército de don García contaba con más de un millar y medio. Pero los condes tenían una ventaja. El rey sólo disponía de trescientos jinetes, mientras que ellos tenían un cincuenta por ciento más, y además provistos de mejores caballos.

Seguía lloviendo. Cuando empezaron a avanzar hacia el río, la humedad era tal que ni siquiera era posible tocar los tambores. Se detuvieron a dos tiros de flecha de la orilla. Terreno llano. Una vereda flanqueada por espesos bosques conducía hasta el río, que en ese punto era amplio y poco profundo, y fácil de vadear. Pequeños campos delimitados por cercas de piedra en los que la siembra de otoño ya se levantaba un palmo; viñedos bien acotados; dehesas cercadas con setos, en medio de las cuales se levantaba algún árbol sin hojas y alguna choza de piedra. La otra orilla, difusa tras la niebla. Pero la avanzada, que había cruzado el río antes de despuntar el alba, informó que el ejército de don García también estaba listo, y que había tomado posiciones a media milla al otro lado del río.

Los condes deliberaron y decidieron esperar el ataque del rey. Habían previsto atacar ellos primero, aprovechando la superioridad de su caballería y enviando por delante a los arqueros a caballo que había enviado en su apoyo el príncipe de Badajoz, para así inducir al enemigo a aventurar una acometida y atacar entonces con los jinetes de armadura pesada. Habían planeado decidir la batalla en el primer encuentro, en un enfrentamiento directo con los caballeros de García, sin dar oportunidad al rey de poner en acción el grueso de sus tropas de a pie. Pero ahora faltaba lo más importante: los jinetes moros. La humedad les impedía utilizar sus arcos encolados. Era la primera sorpresa negativa de esa mañana de batalla, y no sería la última. No se tardó en advertir que tampoco podrían aprovechar la superioridad de sus jinetes, pues el terreno estaba tan blando que los caballos se hundían hasta los corvejones. No era posible galopar ni siquiera trechos cortos.

Algunos aconsejaron la retirada, el conde de Guarda primero que todos. El conde propuso retirarse hasta Braga y atrincherarse en la ciudad en espera de que mejorara el tiempo. Pero los otros no lo escucharon.

Tomaron posiciones en la parte más estrecha de la vereda: el grueso de las tropas de a pie en el centro; en los flancos, cien pasos más allá, los arqueros de arcos largos, cerca del bosque, que los protegería de los jinetes enemigos; en medio, la tropa montada de los condes, detrás de sus portaestandartes; el conde de Valdárez y sus jinetes como avanzada, al otro lado del río, observando al enemigo.

Don Nuño Méndez cabalgó frente a las líneas, sin yelmo, con el protector del cuello desajustado, y desde su cabalgadura vociferó una arenga:

– ¡Mostrad vuestro valor, soldados! ¡Mostrad vuestro coraje! Pensad que no lucháis únicamente por la victoria y el botín, sino por vuestra libertad. Olvidad los escudos, emplead sólo la espada. Dios decidirá quien está en lo justo, y esa decisión será en favor nuestro, ¡pues la justicia está de nuestra parte!

El viento le arrebataba las palabras de la boca. Sólo llegaban a entenderlo los hombres de las primeras filas; a pesar de ello, todos lo vitoreaban. Había mandado repartir vino en abundancia.