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El sol volvió a asomar por un breve instante. Un sol deslumbrante pero frío, cuyos rayos no calentaban. Llegaron al camino, donde los caballos por fin volvieron a encontrar tierra firme bajo sus pezuñas. Los jinetes de su derecha, de quienes no sabían si estaban huyendo o si estaban atacando, se retiraron rápidamente. A su izquierda aparecieron arqueros de Badajoz montados a caballo, que también intentaban alcanzar el camino para huir hacia el campamento.

Lope hizo una señal al hijo del conde y se echó hacia atrás. Los infanzones de Guarda con él. Una media milla antes de llegar al campamento tomaron un camino secundario y lo rodearon manteniéndose fuera del alcance de la vista. Luego siguieron una media hora por el camino principal, hasta llegar a las ruinas de una antigua iglesia. Era el punto de encuentro acordado con el conde en caso de una derrota.

El conde de Guarda llegó una hora después de que cayera la noche. Llegó con veinte hombres, algunos gravemente marcados por el combate, todos abatidos y extenuados.

Escucharon en silencio el informe del conde:

– El maldito hijo de puta ya estaba vencido. Teníamos atenazados a sus jinetes, a toda su caballería. Dios no lo quiso. Nuño Méndez emprendió un buen ataque, nunca he visto un ataque tan valeroso, que el Señor comparta con él su grandeza. No lo venció ningún enemigo. Le acertaron a su caballo, y los otros estaban demasiado cerca de él. Su propia gente le pasó por encima. Dios sabe que merecía una muerte mejor.

Desmontó y abrazó a su hijo, apretándolo contra su pecho.

– ¡Ve con Dios, hijo mío! -dijo en voz baja-. Que nuestro Señor Jesucristo pose su mano sobre ti. -Luego hizo una señal a Lope y a los dos infanzones de la escolta y se apartó un par de pasos con ellos-. Vosotros sois responsables de la vida de mi hijo. Llevadlo a Sevilla. Tiene que estar lejos de aquí cuando García exija que envíe un rehén a su corte. Hemos perdido una batalla, pero aún no la libertad. El rey se dirigirá primero a Braga, así que tenemos algo de tiempo. -Los miró a los ojos, uno por uno, y continuó con voz más penetrante-: En Guarda mi camarero os dará una carta para el príncipe de Sevilla. Esperad en Guarda a los jinetes de Badajoz, los enviaré de regreso hoy mismo o mañana, para que se unan a vosotros. Pero no vayáis con ellos a Badajoz si os lo piden. El señor de Badajoz podría sentirse tentado de emplear a mi hijo como prenda para tener un buen comienzo con García, cuando se entere de su victoria. Id por Alcántara. Pedid escolta al emir de Mérida, que está obligado conmigo. No os detengáis en ningún sitio hasta llegar a Sevilla. Y quedaos allí hasta que os envíe un mensaje.

El conde se volvió hacia Lope.

– Y tú, hazme llegar noticias a través de ese judío que conoces.

Lope le prometió que así lo haría.

– ¿Es seguro el camino a Guarda? -preguntó uno de los infanzones.

– Ya nada será seguro cuando se conozca la noticia de nuestra derrota -contestó amargamente el conde-. Dos castellanes del conde de Portocale ya se han pasado al bando de García, y Dios también me ha castigado a mí con un traidor.

El conde se quedó inmóvil un instante, mirando con ojos vacíos algún punto más allá de sus hombres. Luego posó las manos sobre los hombros de Lope y se despidió del mismo modo de los dos infanzones.

– Llevad a mi hijo sano y salvo a Sevilla -dijo con voz sofocada-.¡Os lo agradeceré siempre!

37

SEVILLA
LUNES 18 DE RABÍ II, 463
23 DE ENERO, 1071 // 18 DE SHEWAT, 4831

En Alcalá habían cogido a un ladrón, un hombre llamado al-Bazi al-Ashhab, que asolaba la región desde hacía años, un maestro en el arte de forzar cerraduras y en el de buscar ocasiones para robar. El qadi lo había hecho crucificar en la carretera que llevaba a Sevilla, junto a un pozo, para que lo viera la mayor cantidad de gente posible. El hombre colgaba, pues, de la cruz, lejos ya de este mundo, pero aferrándose aún a la vida. A sus pies, su mujer y su hija, acurrucadas en el suelo, se lamentaban:

– ¿Quién cuidará ahora de nosotras, al-Bazi? ¿Qué haremos cuando ya no estés?

Entretanto, pasó un campesino con una mula, cargada con dos cestos en los que llevaba un montón de ropa y cosas por el estilo. El ladrón le habló:

– ¡Maestro! -gritó hacia abajo-. Mira lo que me han hecho. Mira la penosa situación en que me encuentro. ¿No me harías un favor?

– ¿Cuál? -preguntó con desconfianza el campesino.

– ¿Ves ese pozo? -dijo el ladrón, señalando con la cabeza en dirección al pozo-. Poco antes de que me cogiera la Shurta arrojé allí una bolsa con cien dinares. Sácala y nos repartiremos el dinero. La mitad para ti, la mitad para mi pequeña hija y su madre, a las que no puedo dejar en este mundo sin un dirham.

El campesino estuvo de acuerdo. Dio la mula a la mujer para que se la sostuviera y bajó al pozo con una soga. Como dice el refrán, el pájaro ve el cebo a una milla, y no ve la red que tiene al lado.

Cuando el campesino hubo llegado al fondo del pozo, la mujer cortó la soga, sacó lo más valioso de los cestos de la mula, tanto como podía cargar, y puso pies en polvorosa con su hija.

El campesino gritó pidiendo ayuda desde el fondo del pozo, pero era mediodía, y el día más caluroso del año. Pasaron horas hasta que, por fin, pasó uno que lo ayudó a salir de su lamentable situación.

El campesino contó su historia entre sollozos y la gente se rió de él. La historia se difundió. Al atardecer ya había llegado a Sevilla. A la mañana siguiente llegó a oídos de al-Mutamid. El príncipe se rió a más no poder y ordenó que trajeran al ladrón a su presencia.

– ¿No tienes miedo de la cólera de Dios, puesto que piensas en robar incluso estando al borde de la muerte? -le preguntó.

– ¡Ay, excelentísimo señor! -respondió al-Bazi al-Ashhab-. Me he pasado toda la vida robando, ¿por qué iba a traicionarme a mí mismo en el momento de la muerte?

– Si te dejo en libertad y te asigno una paga fija -dijo al-Mutamid-, ¿estarías dispuesto a dejar tu profesión?

– ¿Cómo podría rechazar una oferta que me salva la vida? -dijo al-Bazi al-Ashhab.

El príncipe lo indultó de inmediato y dio instrucciones al Sahib asd-Shurta para que lo empleara como policía. Así la gente de Sevilla no sólo tuvo ocasión de reírse con un ladrón taimado, sino que además pudo alegrarse de tener un príncipe astuto y generoso.

La historia ocurrió poco antes de la conquista de Córdoba. Desde entonces, se había contado en la corte una buena docena de veces. Se la contaban a cada nuevo convidado, y el príncipe nunca parecía hartarse de oírla. La historia lo presentaba como a él le gustaba verse: el monarca bondadoso, admirado y querido por sus súbditos; el príncipe de cuentos de hadas, que conversa con la mayor franqueza con pequeños ladronzuelos y endereza su rumbo con regia indulgencia.

Al principio Ibn Zaydun, el hadjib, e Ibn Ammar habían intentado recomendarle que guardara una mayor reserva, que se mantuviera más digno e inasequible, pero el talante natural del príncipe no se prestaba a ello. Tenía treinta y un años de edad, y desde hacía casi dos era el amo absoluto del reino más poderoso de Andalucía, pero seguía siendo el mismo príncipe alegre y despreocupado de su juventud. Ya su aspecto exterior poco tenía que ver con una dignidad inaccesible. Era bajo y regordete, mofletudo y chato, un niño grande y dueño de una gran energía física. Hablaba mucho, reía demasiado fuerte y bebía desmesuradamente. Se jactaba de su virilidad y de los cuatro hijos que había tenido hasta entonces. Le encantaba enderezar herraduras con las manos desnudas y hundir clavos con los puños hasta atravesar tablones del grueso de un pulgar. Le encantaba -como antaño a Harún ar-Rashid, el califa- recorrer la ciudad disfrazado y perderse en aventuras amorosas que, sin que él lo supiera, eran cuidadosamente preparadas de antemano por Ibn Ammar. Y, sobre todo, le encantaba ser amado; no como príncipe, sino por su propia persona.