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El príncipe se tragó una carcajada, y de momento todos supieron contenerse. Sólo cuando el joven poeta terminó de recitar, cayeron sobre él.

– Recita como si viniera de Bagdad. Hace rimas como al-Buhturi. Pero cada verso que escribe dama: ¡nunca lo logra! -comentó con seca seriedad Ibn al-Qasira, uno de los poetas de la corte. La qasidah tenía quizá algunas cualidades, pero tras este comentario no quedó nada de ella. El joven poeta se hundió en su escabel.

Al-Mutamid se inclinó hacia Ibn Ammar.

– ¿Quién es este hombre? -preguntó, divertido.

– El poeta más grande de Yabiza -respondió Ibn Ammar en tono de reverente admiración.

El príncipe lo miró interrogante.

– ¿Yabiza?

– Una isla que está frente a las costas de Valencia, sometida al señor de Denia -aclaró Ibn Ammar.

El príncipe torció el gesto en una amplia sonrisa sarcástica.

– ¡Ah, Yabiza! -dijo, desperezándose. Luego añadió con fingida seriedad-: El poeta más grande de Yabiza, ya entiendo. -Y volviéndose nuevamente a Ibn Ammar, preguntó-: ¿De qué tamaño dices que es esa isla?

Ibn Ammar pensó un instante.

– Cuando hace mal tiempo, a veces los marinos pasan de largo sin verla -dijo finalmente.

– ¡Qué grande! -exclamó el príncipe, rompiendo en una carcajada-. ¡El poeta más grande de Yabiza! -Lloraba de risa, se estremecía de risa, dando sonoros manotazos sobre la espalda de Ibn Ammar-. ¿Qué te parece…, si le damos cincuenta dinares…, le bastarán para el viaje de regreso?

– No sólo le alcanzará para el viaje -dijo Ibn Ammar-. Con esa cantidad hasta puede comprarse toda la isla.

El príncipe prorrumpió en carcajadas y, reventando de risa, hizo una señal a un paje para que pagara al poeta. El joven abandonó la sala con la cara roja de vergüenza.

Ibn Ammar miró pensativo al segundo novato, que estaba sentado junto a Abú'l-Hadjdjadj. Venía de Murcia. También éste era joven, no más de veinticinco años. Hasta ahora no había dicho una sola palabra, sólo había hecho los honores al vino y observado al grupo con ojos atentos. Lo tenía difícil tras la presentación anterior. AI-Mutamid tenía un gran corazón, pero también era proclive a burlarse de los demás. Todos los que estaban allí lo sabían. Todo aquel incapaz de mantener el tono era atacado rápidamente para divertir al príncipe. Ibn Ammar tenía un cierto interés en que el segundo novato no cayera como el poeta de Yabiza. Había prometido a Abú'l-Hadjdjadj que intercedería en su favor.

El viejo señor sentía una especial predilección por los jóvenes de buena planta; era conocido por ello en toda la ciudad, y él no hacía ningún intento por ocultarlo. Era un pederasta de la mejor especie, sensato, ingenioso, extraordinariamente culto. Ibn Ammar estaba intentando ganárselo desde hacía mucho tiempo. Abú'l-Hadjdjadj no sólo pertenecía a la familia más ilustre de Sevilla, sino que además, y sobre todo, era el maestro del príncipe heredero. Tenía acceso al harén de al-Muradid y, si se podía creer en los rumores de la corte, con el correr de los años había conseguido una especial intimidad con la princesa. Según se decía, la sayyida al-Kubra seguía sus consejos no sólo en cuestiones de buen gusto. Era un hombre enterado como ningún otro de los ires y venires de la corte. Ahora Ibn Ammar tenía, por fin, la oportunidad de hacerle un favor.

Resultaba evidente que el joven murciano era su nuevo amante. La manera en que Abú'l-Hadjdjadj lo miraba y el nerviosismo con que esperaba su presentación no dejaban ni sombra de duda. Eso no facilitaba, ni mucho menos, la tarea de ayudarlo. El príncipe, cuando estaba borracho, podía tornarse muy mordaz con ese tipo de amistad entre hombres. Ash-Shantamari también era conocido por sus comentarios sarcásticos a ese respecto. Por otra parte, el joven parecía extraordinariamente talentoso. Abú'l-Hadjdjadj había enseñado a Ibn Ammar unos cuantos versos del muchacho, un breve panegírico dedicado a su viejo amigo y mecenas. Los primeros versos se le habían quedado a Ibn Ammar en la memoria:

Tan grande era su amor,

que sólo cabía bajo las estrellas…

Esos versos poseían un tono nuevo y propio, muy virtuoso y, al mismo tiempo, muy personal. La cuestión era si el grupo del príncipe, en su actual estado de creciente desenfreno, todavía sería capaz de apreciar esas cualidades poéticas.

El joven bebía mucho. Parecía estar tan nervioso por su actuación como su mecenas, pero Ibn Ammar dudaba que fuese sensato llamarlo a escena en ese momento.

AI-Djawahra, la cantante, acudió inesperadamente en su ayuda, librándolo de tener que decidir. La mujer afinó su laúd, tocó un par de acordes y dijo, dirigiéndose al príncipe a través de risas que ya decaían:

– Permitidme, señor, que os recite unos pocos versos de al-Mutanabbi. -Con una sonrisa burlona, añadió-: Un buen trago de vino quita el mal sabor de boca después de comer. Un buen verso hace olvidar un mal poema.

El príncipe accedió gustoso, y echó una mirada halagada al grupo. Al-Djawahra gozaba del favor principesco desde hacía ya más de un año. Era una mujer alta, más bien rellena, de cerca de treinta años, caderas amplias y un pecho imponente, rostro ancho y dueño de una belleza animal, voz profunda y plena. Poseía una vasta cultura, que superaba a la de muchos de los presentes, y un tesoro casi inagotable de versos y canciones. El príncipe se sentía orgulloso de ella, como un niño se siente orgullo de un juguete que nadie más posee, y se sentía orgulloso de los elogios que siempre desataba.

Se hizo silencio. La Djawahra estaba a punto de hacer una señal a sus músicas para que empezaran a tocar cuando, de repente, el joven de Murcia alzó la voz. Nadie estaba preparado para ello, e Ibn Ammar advirtió que hasta el propio Abú'l-Hadjdjadj se había sobresaltado. Interrumpir a la Djawahra era casi un sacrilegio.

– Una buena frase -dijo el joven poeta-. Aunque proceda de Bagdad. -Su voz era tan plena como la de la cantante, sonora e inesperadamente varonil, de una gravedad que llenó sin esfuerzo todo el salón.

La Djawahra volvió lentamente la cabeza, levantando una ceja.

– ¿Qué quieres decir con eso, muchacho? -dijo la mujer con un peligroso encono en la voz-. ¿Aunque proceda de Bagdad?

La Djawahra se había educado en Bagdad, y era de los que aún consideraban que la antigua capital de los califas seguía siendo el ombligo del mundo, el centro indiscutido del arte y la cultura, y que todo lo que ocurría fuera de las murallas de Bagdad era, simplemente, provinciano.

– Quiero decir que me sorprende que una frase así pueda proceder de Bagdad, donde hoy en día ya no se puede encontrar ni buen vino, ni buenos versos -respondió el joven murciano. No estaba en absoluto borracho y, a juzgar por las apariencias, tampoco estaba nervioso. Permanecía sentado en su cojín, sonriente, sereno, pero despierto y atento hasta la punta de los dedos. Había atacado a la Djawahra adrede, y había dirigido el ataque a su flanco más débil. El príncipe se lamentaba no pocas veces de la arrogancia de la Djawahra. ¿Acaso Abú'l-Hadjdjadj había hecho al joven alguna alusión al respecto?

El rostro de la cantante era una máscara de altivo desprecio.

– ¡Bah! -dijo, estirando la sílaba. Sonó como el siseo de una serpiente-. Y según tú, ¿dónde pueden encontrarse mejor vino y mejores versos?

– Aquí, en Andalucía, ¿dónde si no? -dijo sin titubear el murciano.

Silencio sepulcral. Nadie se había atrevido jamás a hablar a la Djawahra con tal franqueza. Ibn Ammar se arriesgó a echar una mirada de reojo al príncipe y le pareció descubrir una pizca de divertido desconcierto en su rostro, una cierta curiosidad por el desenlace de esa escaramuza verbal.

La Djawahra se contuvo. Se levantó en toda su grandeza y dijo con su voz más profunda:

– ¿Y quién eres tú para tener la osadía de juzgar sobre el gusto de los demás?