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– Soy Abd al-Djalil, de Murcia.

¿Abd al-Djalil? -La cantante trituró el nombre entre sus dientes-. Nunca lo había oído nombrar. ¿Qué Abd al-Djalil?

– Abd al-Djalil ibn Wahbun.

– ¿Ibn Wahbun? ¿Qué Wahbun?

– Cuando vayas a Murcia, pregunta en el bazar. Pregunta por Wahbun, el comerciante en pieles. En Murcia lo conoce todo el mundo.

La Djawahra echó una mirada triunfante a su alrededor.

– Así pues, ¿son hijos de peleteros los que determinan el buen gusto de Andalucía?

– ¿Me reprochas que no proceda de una familia noble? -replicó Ibn Wahbun, buscando pelea-. ¿Reprochas a una rosa que crezca en un arbusto espinoso?

La Djawahra paseó su mirada entre el joven y su mecenas, y dijo con aires de suficiencia:

– ¿Te comparas con una rosa?

– La rosa era un regalo para ti -contestó Ibn Wahbun haciendo una elegante reverencia.

La cantante torció el gesto, como si le hubieran dado a tragar una piedra. Entre las perlas que rodeaban su cuello latía una vena furiosa. Pero luego se relajaron sus facciones, y sonrió con ojos entornados. Al-Djawahra tenía un gran corazón, y era lo bastante inteligente para darse cuenta de que esa noche era inferior a su adversario.

– Tienes la lengua rápida, hijo de peletero. Sólo espero que tus poemas broten de tus labios con la misma fluidez. Te recitaré un par de versos difíciles de superar.

Afinó el laúd y empezó a recitar los versos.

Cantaba como si no hubiera nadie más en el mundo. Su voz subía como un ave en el viento. Dejaba flotar las palabras y remarcaba cada sílaba. Su árabe era tan puro y diáfano, y ella recitaba los versos de al-Mutanabbi con tal perfección, que el poeta mismo tendría que haberse levantado de su tumba para inclinarse ante ella.

Cuando terminó, el grupo se deshizo en aplausos. El que más fuerte aplaudía era Ibn Wahbun.

La Djawahra se volvió hacia él y dijo:

– ¡Si quieres componer versos así, vete a aprender a Bagdad!

– ¿Qué podría hacer allí si la voz más hermosa canta en Sevilla? -respondió él, sin dejar de aplaudir.

El príncipe se inclinó hacia Ibn Ammar y dijo en voz baja:

– ¿Qué opinas? ¿Le cerramos la boca como a ese chico de Yabiza?

Ibn Ammar olió el vino tinto en su aliento, vio el malicioso centelleo de sus ojos y, de reojo, vio el rostro pálido de Abú'l-Hadjdjadj dirigido hacia él, su frente impregnada de perlas de sudor, sus manos frente al pecho en un gesto de indefensa súplica. Ibn Ammar supo entonces que ya era imposible salvar al joven murciano. El príncipe quería una víctima, ya había bebido demasiado.

Sin embargo, un instante después lo embargó de improviso el deseo de llevar las cosas al extremo, de jugar el viejo juego, de sondear hasta dónde llegaba su influencia sobre el príncipe. Arriesgarlo todo por nada, por un insignificante chico talentoso de Murcia, tan desvergonzado que hasta el propio Ibn Ammar se había quedado sin habla. Dios santo, aquel joven le hacía recordar los viejos tiempos, en los que él mismo se presentaba con similar descaro: ir hasta el limite, confiando únicamente en el propio talento en la sangre fría y en la presencia de ánimo, esperando que en los momentos de máximo apuro surgiese de donde fuera la ocurrencia salvadora, para luego, en el momento preciso, acariciar los oídos de los embaucados señores con un canto de alabanza tan halagüeño que a éstos no les quedara más remedio que abrir sus bolsas de dinero. Esa también había sido divisa en sus primeros años.

– ¿Por qué ahora mismo? -dijo Ibn Ammar en voz tan baja que sólo el príncipe entendió sus palabras-. ¿Por qué no escuchamos un par de poemas del chico? Tiene talento, ya lo habrás notado. Mientras más abra la boca, más nos divertirá, de una manera o de otra.

Ibn Ammar vio que el príncipe dudaba, y, en un arrebato, se puso en pie, alzó la mano para hacer callar al grupo y se volvió hacia el murciano.

– ¡Levántate, Abd al-Djalil Ibn Wahbun! -dijo, señalando el escabel colocado frente al príncipe-. Ese es tu podio: Ya has oído los versos de al-Mutanabbi, que nuestro príncipe aprecia muy especialmente. Si tienes una chispa del fuego de ese poeta, sal al escenario. Si no, ahórranos tus versos y vete.

Cuando volvió a sentarse, se topó con una mirada agradecida de Abú'l-Hadjdjadj. El príncipe estaba mirando al frente con gesto forzado. No era amigo de las charlas punzantes. Su ingenio no era lo bastante rápido, y la lengua empezaba a trabársele cuando las palabras volaban con demasiada ligereza de un lado a otro. El recelo que mostraba ahora no era más que la envidia inconfesa del diletante talentoso al verdadero experto.

Ibn Wahbun hizo una reverencia y se sentó en el escabel.

– AI-Mutanabbi decía de sí mismo que él era el profeta de la poesía -empezó con inesperada humildad-. Si él hubiera sabido cuánto admiráis sus versos vos, sublime príncipe, se habría tenido por el Dios de la poesía.

Murmullo de aprobación. Ash-Shantamari soltó por entre los dientes un silbido favorable. Hasta el príncipe otra vez parecía de un humor condescendiente. Ése era exactamente el tipo de elogio que le gustaba: muy cargado, pero dicho con tanta elegancia que no resultara muy llamativo.

– ¿Y a pesar de ello te atreves a presentarte con un poema propio cuando acabamos de oír los versos de al-Mutanabbi? -preguntó el príncipe desde lo alto.

Ibn Wahbun le devolvió sonriente la mirada y dijo:

– Los versos de al-Mutanabbi son tan buenos porque el califa le pagaba muy bien por ellos. La generosidad es la madre de la poesía.

La sonrisa altanera del rostro del príncipe se congeló en una mueca rígida.

Ibn Ammar intentó evitar la catástrofe.

– ¿Dudas de la generosidad del que ha sembrado todo cuanto florece en Sevilla? -preguntó Ibn Ammar con aspereza.

– He venido aquí porque entre los poetas de toda Andalucía no se habla más que de esa generosidad -respondió Ibn Wahbun, impávido.

– Entonces demuéstranos que eres digno de esa generosidad -dijo Ibn Ammar, y de pronto vio en los ojos del joven un fulgor que hizo arder en su memoria una señal de alerta, aún difusa, pero visible. ¿No le había hablado alguien, en Silves, de un joven que iba recorriendo Andalucía de corte en corte, con un poema bastante desvergonzado? ¿No habían dicho que ese joven venía de Murcia?

Ibn Wahbun se enderezó en su asiento.

– No sé si atreverme -comenzó, titubeando-. Tengo un breve poemita que me parece adecuado para empezar. Pero hasta ahora siempre que lo he recitado… siempre he salido más pobre en esperanzas y más rico en malas experiencias. -Miró interrogante a su alrededor y, tras una pausa bien calculada, añadió con una tímida sonrisa, que pedía comprensión:

En Valencia me echaron de la ciudad con perros.

En Almería el propio sahib al-inzal me dio el despido.

En Murcia, donde nací, el mismísimo qa'id me mandó al destierro.

En Granada y en Toledo ni lo he intentado ni he ido.

Echó al príncipe una mirada expectante, en la que se mezclaban extrañamente humildad y descaro, y como el príncipe respondió con una benevolente inclinación de cabeza, el poeta se puso en pie y recitó su poema a voz en cuello. Empezó en el tono de un grandioso himno de homenaje:

¿Quién puede nombrar a uno que cumpla sus juramentos?

¿Dónde vale la palabra, dónde en el universo?

¿Dónde hay generosidad, dónde la mano abierta?

En viejas fábulas, sí, en un país de leyendas.

Se interrumpió de repente, esbozó una sonrisa burlona y continuó en un tono llano:

Así lo veo y me voy hartando,

y hoy como ayer creo que es falso

que cobró alguno en esta ciudad

por un poema mil mithqal.