– No se vive mal aquí, muchacho -dijo al saludar a Lope.
– Ya lo veo -contestó Lope.
– ¡Primero tienes que ver a las mujeres! -dijo el infanzón-. ¡No puedes imaginarte las mujeres que tienen aquí!
Zacarías había dado a Lope instrucciones precisas, que le mandaban hacer cada día un número determinado y cada vez mayor de ejercicios para desentorpecen la pierna y fortalecer los músculos. Cada dos días debía ir al palacio para que el médico de la corte le examinara la herida, que aún no se había cerrado por completo. Zaquti lo ayudaba con los ejercicios. Zaquti lo acompañaba al médico. Zaquti estaba siempre cerca de Lope. Y ambos evitaban hablar de la hija del hakim.
A veces, hacia el atardecer, el infanzón se dignaba a aparecer, daba un manotazo a Lope en la espalda y decía:
– ¿Y bien, muchacho? ¿Vienes conmigo a los baños? ¡Te digo que jamás has visto mujeres así!
Lope rechazaba la oferta. Ni mujeres ni baño. El médico se lo había prohibido, mientras la herida siguiera abierta.
Zaquti se quedaba con él. Zaquti no lo perdía de vista. Cuando el médico le permitió volver a montar a caballo, Zaquti lo acompañó en su primera cabalgada a través de las colinas que rodeaban el palacio y del olivar que se extendía como un bosque gigantesco, infinito, entre el río y las montañas del norte.
Una tarde, cuando regresaron a casa tras un largo paseo a caballo, Zaquti propuso ir a los baños. Lope declinó la propuesta, pero al final terminó dejándose convencer. Estaban solos; los dos infanzones y sus hombres habían salido de cacería.
Los baños se encontraban dentro de las murallas del palacio y se llegaba a ellos por una estrecha puerta que sólo se abría cuando alguien había anunciado su visita. Zaquti había avisado al administrador de la casa antes de salir a dar el paseo a caballo.
Entraron en un salón inundado por una luz tenue, con las paredes encaladas y el techo muy alto, rematado por una cúpula. Sobre la entrada había una pequeña galería adornada con columnas. En las paredes se abrían nichos provistos de colchones y cojines, que podían aislarse del exterior mediante unas cortinas. Reinaba una agradable calma. No había nadie más que ellos, ni siquiera un criado de los baños. Tuvieron que coger ellos mismos las futas y toallas. Zaquti sabía dónde encontrarlo todo: sandalias, cazuelas de jabón, esponjas, cepillos, navajas de afeitar. Por indicación de Zaquti, el baño de vapor había sido calentado sólo moderadamente, en precaución por la herida de Lope.
Se sentaron el uno junto al otro en los peldaños colocados frente a la pared del horno, y esperaron relajados a que el sudor empezara a brotar por sus poros. De algún lugar indeterminado les llegaba una voz, que susurraba una canción; una voz de mujer, muy cercana. Zaquti se metió en la piscina de agua caliente, se dio un chapuzón y regresó lentamente.
– Si quieres, puedes pedir que te den masajes -dijo-. Te hará bien, créeme. -Tenía la cabeza gacha.
– No -dijo Lope-. Eso no es para mi.
– Como quieras -dijo Zaquti-. Sólo era una sugerencia.
De pronto Lope sentía una extraña intranquilidad, que le impedía disfrutar del baño. Se lavó con inapropiada prisa y dejó a Zaquti solo en el baño de vapor, para dirigirse al salón, donde se secó rápidamente, se puso la futa alrededor de las caderas y se tumbó en una de las esteras extendidas junto al pozo. Se puso boca abajo, apoyó la cabeza en la curvatura del brazo e intentó relajarse. Pero no consiguió dominar su inquietud. Sentía las extremidades pesadas, pero tenía la mente por completo despejada, y el oído atento al silencio, como un niño que, en una caverna oscura, se siente rodeado por amenazadores espíritus. Creía oir voces, apenas perceptibles, como apagadas por una tupida cortina; entre ellas, una voz gruesa. ¿La voz de Zaquti? No podía determinarlo a ciencia cierta, a pesar de que retenía la respiración para oir mejor.
Luego, de repente, se sumaron otros ruidos, un suave y rápido tintineo, cuchicheos sofocados. Y otra vez silencio. Y de pronto, muy cerca, una risita disimulada, tan cercana que Lope levantó la cabeza, sobresaltado. No se veía a nadie; el salón estaba tan vacío como antes. Ni un ruido más. Luego volvió a empezar el cuchicheo. Lope escuchó con la cabeza ladeada. Parecía llegar de todas partes, se encajonaba en la cúpula, estaba por doquier, un secreteo contenido y una risita reprimida, que poco a poco fue reuniendo valor y se atrevió a soltarse cada vez más, mientras Lope intentaba en vano localizarla.
Hasta que finalmente se dio cuenta de que provenía de la galería bajo la que se hallaba.
Allí arriba había dos muchachas, mirándolo, que se retiraron entre risas cuando él las descubrió. Un instante después volvieron a asomarse. Una era muy morena; la otra, de piel clara y cabellos negros y sueltos que colgaron hasta muy abajo cuando se inclinó sobre la barandilla. Las muchachas se daban golpecitos, soltaban risas entrecortadas y secreteaban entre sí. La morena enseñó los dientes, riendo, y la otra se sujetó el cabello en un moño y dijo con voz grave y gutural.
– ¿Qué estás haciendo ahí abajo, tan solo? ¿Eres uno de los españoles? ¿Eres el amigo de Zaquti? -Tan extraño era el dialecto que hablaba que a Lope le costó trabajo entenderla.
Respondió asintiendo con la cabeza. Estaba tan confundido que habría asentido a cualquier pregunta. Vio que las dos muchachas se ponían de acuerdo con una breve mirada, para luego penderse de vista. Las oyó bajar por la escalera, se sentó y se echó rápidamente la toalla sobre los hombros. Las muchachas salieron de uno de los nichos, por una puerta oculta tras la cortina. Ambas llevaban idénticos vestidos rojos brillantes y gruesos cinturones dorados, que resaltaban las formas de sus cuerpos de una manera que Lope no había visto nunca antes.
– ¿Dónde está el que se llama Zaquti? -preguntó la muchacha del cabello largo.
Lope señaló sin decir nada la puerta que daba al baño de vapor.
La muchacha hizo una señal a la otra con la cabeza y la morena se quitó el cinturón, se escurrió de su vestido con un hábil movimiento y lo arrojó a los peldaños que conducían al nicho. Lo hizo con tal gracia y tan poco recato como si ni siquiera se hubiera enterado de la presencia de Lope. Estaba desnuda, a excepción de las joyas que llevaba encima. Una potranca morena de largas piernas. Los aros que lucía alrededor de los tobillos tintinearon ligeramente mientras la muchacha caminaba hacia el otro extremo del salón. Lope la miraba como a una aparición. Al llegar a la puerta que daba al baño de vapor, se detuvo y echó por encima de los hombros una mirada burlona y desdeñosa, revelando que era muy consciente del efecto que producía en los hombres.
– ¿Te gusta más que yo? -preguntó la otra con su voz gutural.
Lope volvió la cabeza bruscamente. La muchacha del cabello largo también se había quitado el vestido, y se erguía desnuda frente a él. Estaba mejor formada que la morena; era más llena, de pechos amplios y caderas redondeadas. Sonrió a Lope con sus ojos achinados mientras se envolvía con incitante lentitud en una futa y soltaba los nudos de sus cabellos.
– ¿Te gusto? -preguntó sonriendo.
Lope no pronunció palabra. Estaba desesperadamente enfrascado en un esfuerzo por recobrar la compostura.
La muchacha cogió jabón y una esponja.
– Espérame aquí -dijo, corriendo la cortina del nicho-. Tú a mí sí ¡me gustas.
Lope era incapaz de moverse. Cuando ella pasó a su lado, tocándole suavemente una mejilla con la mano, Lope estaba sentado como un monje en oración. No volvió en si hasta que la muchacha salió del salón. Se levantó de un salto, se arrancó la futa del cuerpo, recogió rápidamente sus cosas, se echó encima el abrigo y salió del baño con la misma prisa que si lo persiguieran con un látigo.