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– ¡Abú Bakr! ¡Abú Bakr! -balbuceó con la voz ahogada en lágrimas-. ¡Abú Bakr! ¡Abú Bakr! -repitió una y otra vez, como si hubiera encontrado en ese nombre un anda que le diera apoyo firme en el mar de su borrachera-. ¡Abú Bakr, mi amigo! -gritó, y los ojos se le llenaron de lágrimas mientras extendía los brazos, se acercaba a Ibn Ammar y se aferraba a él con una desesperada e indefensa ternura, que hizo que Ibn Ammar evocara, no sin estremecerse, el abrazo de un oso-. ¡Oh, Abú Bakr, me alegro de que hayas venido! -dijo con excesivo agradecimiento. Las piernas le flaquearon. Ibn Ammar intentó sostenerlo, pero pesaba demasiado. Ambos perdieron el equilibrio y, el uno sosteniendo y sostenido el otro, trastabillaron hacia la pared y cayeron junto al arcón. Quedaron tumbados, enredados el uno en el otro, y al-Mutamid se echó a reír sin parar mientras la calavera rodaba ruidosamente por el suelo.

– ¿Qué es eso? -preguntó Ibn Ammar con repentino y creciente miedo.

AI-Mutamid fue tras la calavera gateando, como un niño pequeño va tras una pelota. Luego se arrodilló y apartó de sí la calavera estirando el brazo.

– Éste es Ya'ya ibn Ah ibn Hammud -dijo con voz de pregonero.

– ¿El califa? -preguntó Ibn Ammar, perplejo.

– El califa -confirmó al-Mutamid, y se echó a reír para adentro. Se estremecía de risa sin que de su boca saliera un solo sonido, únicamente un débil y ronco resuello-. ¡Ya'ya ibn Ah, el emir bereber, el califa de Córdoba! -continuó cuando se hubo tranquilizado-. ¿No sabías que una vez sitió Sevilla junto con Muhammad ibn Abdallah, el señor de Carmona? -Caminó tambaleándose hacia el arcón, metió una mano dentro y saco una segunda calavera-. Estos dos sitiaron Sevilla. Sitiaron la ciudad en la época de mi abuelo, del qadi. En aquellos tiempos, mi abuelo todavía tenía muchos enemigos en la ciudad, y no podía tener la certeza de que éstos no harían causa común con los sitiadores. Así pues, mi abuelo ofreció a Ya'ya reconocerlo como califa si retiraba sus tropas de Sevilla. Ya'ya estuvo de acuerdo, pero exigió rehenes. Ninguna de las grandes familias de la ciudad estaba dispuesta a entregar un solo rehén. Así, a mi abuelo no le quedó más remedio que entregan a su propio hijo, mi padre. En aquel entonces, cuando fue llevado a Córdoba, mi padre tenía nueve años. Allí trabó amistad con uno de los hijos de Ya'ya, que tenía su misma edad. El chico se ahogó en un pozo, jugando. Su madre culpó a mi padre de su muerte, y probablemente lo hubieran matado de no ser porque Ya'ya fue expulsado de Córdoba poco tiempo después. -Se quedó mirando la calavera que, afirmaba, era del difunto Ya'ya ibn Hammud; le miraba a las cavidades de los ojos, como si estuviera ante una persona viva.

– ¿Cómo sabes que es la calavera del Califa? -preguntó Ibn Ammar.

El príncipe le acercó la calavera. En el hueso de la frente tenía pegado un escudo de plata.

– Todas llevan el nombre en la frente, mira -dijo al-Mutamid-. Las de la colección de mi abuelo tienen escudos de plata. Mi padre hacía marcar las suyas con escudos de oro. -Devolvió cuidadosamente al arcón las dos calaveras que tenía en las manos y sacó otras dos-. Aquí tienes a al-Qa'im ibn Hiznun, de Arcos, y a Muhammad ibn Nuh, de Morón. ¿Conoces su historia? -preguntó.

Ibn Ammar negó con la cabeza.

– Sucedió hace ocho años -continuó al-Mutamid-. Mi padre fue a Morón a negociar con los señores de Arcos, Ronda y Morón. Fue solo, sin escolta, acompañado tan sólo por dos criados. Era imposible derrotar por la fuerza de las armas las inaccesibles fortalezas de los emires bereberes, de modo que eligió otro camino. Se puso en sus manos para ganarse su confianza. Les ofreció una alianza contra Granada. Como de costumbre, las negociaciones se prolongaron hasta muy entrada la noche, y, también como de costumbre, los bereberes bebieron vino en abundancia. Mi padre también bebió, hasta quedarse dormido. Pero antes había encargado a sus criados que permanecieran despiertos, que únicamente fingieran que estaban dormidos. Eran dos hombres que entendían el idioma bereber.

Al-Mutamid dio la vuelta a las dos calaveras, de modo que miraran hacia Ibn Ammar.

– Tan pronto se creyeron libres de vigilancia, estos dos de aquí propusieron contarle el pescuezo a mi padre. Sin duda lo habrían hecho si el señor de Ronda no hubiera invocado las leyes de la hospitalidad.

Volvió a meter las dos calaveras en el arcón.

– Dos años después, los tres emires vinieron a Sevilla. El riesgo había merecido la pena: mi padre se había ganado su confianza. Entonces él se afirmó en su postura y pidió a los señores que le entregaran sus castillos. Sólo el señor de Ronda fue tratado con honores. A los otros dos mi padre los mandó encadenar. Les pusieron las cadenas tan apretadas que el hierro se les incrustó en la carne. Tres años duraron con vida, luego murieron. Mi padre no sabía qué es la compasión.

El príncipe se apartó del arcón con un movimiento torpe y se sentó recostado contra el mismo arcón.

– ¿Sabes lo que hizo con los séquitos de esos dos? ¿Conoces el Hammán an-Rakkakin, en el puerto? -preguntó, y sin esperar una respuesta prosiguió-: El Hammán ar-Rakkakin era antiguamente una distinguida casa de baños. Ahora sólo van los curtidores y desolladores. Mi padre llevó a esa casa de baños a todo el séquito de los señores de Arcos y Morón y los mandó emparedar allí. Eran más de cuarenta hombres. Intentaron salir arañando las paredes con las uñas. -Calló y miró a Ibn Ammar con ojos turbios-. No, mi padre jamás mostró una sombra de compasión.

Se levantó suspirando, fue hasta la estrecha ventana dividida por una doble columna que se abría en la pared frontal de la habitación, y desde allí contempló la noche.

– Ahí abajo está la gran terraza descubierta que desemboca en el parque del palacio de al-Mubarak. Antes pertenecía al harén del palacio, y en ella jugaban los niños. Tú conoces el emparrado que rodea la terraza. Cuando era pequeño, de cada arco de ese emparrado colgaba una calavera, todas llenas de tierra y plantadas con flores. Por las cavidades de los ojos salían geranios. Mi padre esperaba que aquel espectáculo alegrara a toda la familia. Cada calavera era un enemigo al que él había vencido. Si los enemigos eran de alto rango, venían a parar a la cámara del tesoro; si eran de rango inferior, eran colgados como macetas. Todavía me acuerdo perfectamente de cómo aumentaban año a año.

Regresó de la ventana, se acercó nuevamente al arcón y miró dentro con expresión de fascinada repugnancia, como si las atrocidades lo espantaran pero no pudiera apartar de ellas la mirada.

– Nunca lo vi llorar, a mi padre -continuó-. Cuando a uno de nosotros se le saltaban las lágrimas, montaba en cólera y nos ponía de ejemplo al gran al-Mansur, quien, al ver llorar a su hijo al pie de su lecho de muerte, no hizo más que afirmar que esas lágrimas eran un presagio del inminente ocaso de su dinastía. Así era también mi padre. Para él, las lágrimas eran señal de debilidad. No lloró ni siquiera cuando mató a mi hermano. Se encerró tres días seguidos, pero no lloró. Estoy seguro de que no lloró.

Se inclinó sobre el arcón, pero algo le impidió sacar la calavera de su hermano. Se limitó a señalarla con un dedo vacilante.

– Es el único que no tiene un escudo en la frente -dijo, haciendo una señal con la mano. Como Ibn Ammar dudaba en acercarse, gritó de pronto en un ataque de impaciencia-: ¡Ven, mira! -En seguida, volviendo a su habitual tono de llorona autocompasión, añadió-: Ismail, mi hermano. Lo mató con sus propias manos y ni siquiera derramó una lágrima.

Ibn Ammar vio la calavera que señalaba el príncipe. El cráneo estaba completamente destrozado; un hábil artesano había vuelto a unir los pedazos, sujetándolos con hilos de oro.