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– No para mi. No en este caso -respondió Yunus, inflexible.

Ibn Ammar comprendió que hablaba a una pared, pero no estaba dispuesto a darse por vencido.

– ¿Y si los dos se amaran sinceramente? -preguntó, cargado de compasión.

Yunus negó con la cabeza.

– Se aman como se aman los jóvenes. Las llamas brotan rápidamente y luego vuelven a apagarse con igual prontitud.

– Los libros están repletos de historias así -respondió Ibn Ammar con una sonrisa. Y sin dar a Yunus tiempo de replicar, añadió-: ¿Qué hubieras hecho tú si de joven te hubieras enamorado de una cristiana? ¿O de una musulmana?

– Esa pregunta no viene al caso -respondió parcamente Yunus.

– ¿Qué hubiera hecho tu padre?

– Hubiera hecho todo lo posible para evitar que su hijo diera un paso tan imprudente.

– ¿Como intentas hacer tú en el caso de tu hija?

– Exacto.

Se quedaron un rato en silencio, sentados el uno frente al otro, Yunus en una postura de rígida dignidad, que parecía subrayar aún más la inflexibilidad de su punto de vista; Ibn Ammar desenvuelto y amable, casi dispuesto a abandonar la discusión.

– Yo realmente aprecio mucho a ese joven -dijo Ibn Ammar. Y con una ligera sonrisa que pedía perdón, añadió-: Confieso que al principio me agradó la idea de ver a ese chico unido a tu familia. A lo mejor él estaría dispuesto a convertirse a vuestra religión.

Yunus resopló por la nariz y cerró los ojos, como si la mera idea le causara un dolor físico. Quiso contestar algo, pero Ibn Ammar se le adelantó:

– Ya sé que una profesión de fe que puede recitarse en un instante o un poco de agua sobre la coronilla no os bastan -dijo sin querer burlarse-. Pero ¿estás realmente seguro de que vuestro Dios vería con malos ojos que un hombre de otra religión se casara con tu hija?

Yunus no dijo nada.

– ¿Estás seguro de que no harás infeliz a tu hija? -continuó Ibn Ammar en voz baja. Ya había desistido de hacer cambiar de opinión a Yunus. Ahora sólo preguntaba por interés.

Yunus vaciló dos veces antes de responden, pero cuando lo hizo su voz sonó firme, y sus ojos se dirigieron a Ibn Ammar con serena seguridad.

– Podría seguir mis sentimientos, pero mis sentimientos pueden engañarme. Podría seguir lo que me dicta la razón, pero la razón puede equivocarse. ¿Quién soy yo? Así que sigo las leyes de mi pueblo. No son perfectas, pero centenares de generaciones las han mantenido, y los hombres más sabios las han pulido y limado. -Hizo una pausa, bajó la mirada y continuó, titubeando y en voz baja-: Es posible que a veces el amor sea más fuerte que la ley. Es posible. Pero si es así, hay que demostrarlo. Yo sólo desempeño mi papel. No tiene ninguna importancia lo que yo considere correcto o erróneo. Yo soy el padre. Yo no soy el que tiene que allanar el camino, sino el que debe observar la ley. Así que desempeño mi papel lo mejor que puedo y ruego a Dios que con ello no haga infeliz a mi hija.

Calló, y echó a Ibn Ammar una mirada preocupada que en poco se adecuaba a sus palabras. Parecía como si estuviera desempeñando contra su voluntad el papel del que hablaba.

– Te ayudaré en todo cuanto esté en mis manos -dijo Ibn Ammar con afecto. Luego se puso en pie y levantó la mirada hacia el toldo, que chasqueaba y crepitaba bajo las ráfagas de viento. Llevándose las manos a la espalda, se puso a andar lentamente de un lado a otro.

– Podría alejar al joven de Sevilla, como me proponías antes -dijo en tono pensativo-. Podría trasladarlo a él y a su gente a Córdoba. Pero creo que eso no ayudaría mucho. No; tiene que ocurrírsenos alguna otra cosa. Creo que puedo encontrar una solución mejor.

Se detuvo frente a Yunus.

– ¿Qué aspecto tiene tu hija? -preguntó el hadjib.

Yunus lo miró sin comprender.

– ¿Es alta? ¿De tu estatura?

Yunus asintió.

– ¿Pelo negro? ¿Rizado?

Yunus volvió a asentir. Todavía no entendía adónde quería ir a parar Ibn Ammar.

– ¿Cuántos años tiene?

– Quince -dijo Yunus con voz ronca.

– Quince -repitió Ibn Ammar-. Y obviamente es bella como una flor. -Meció la cabeza sonriendo-. Igual que en todas las historias hermosas. Siempre las mismas historias. ¿No es curioso cómo se repiten una y otra vez?

– ¿Qué estás pensando? -preguntó Yunus, angustiado.

– Me ocuparé de que el joven olvide a tu hija -respondió Ibn Ammar-. No sé si tendré éxito, pero lo intentaré. Tú, por tu parte, intenta que tu hija olvide al muchacho.

Yunus quiso hacer una pregunta, pero no se atrevió.

Ibn Ammar le dirigió una mirada de compasión.

– Me temo que tu tarea será mucho más ardua que la mía -dijo en voz baja el hadjib.

42

SEVILLA
VIERNES 23 DE MAYO. 1071
20 DE SIWÁN, 4831 // 20 DE RADJAB, 463

A veces le parecía como si estuviera sumido en un sueño dentro de otro sueño. A veces estaba tan despierto que nada se le escapaba, ni el más fugitivo aroma ni un movimiento ni un sonido. A veces, cuando estaba tumbado sobre la espalda, todo su cuerpo era un sólo oído atento, y afuera el canto de los pájaros era tan fuerte como si cantaran dentro de su propia cabeza. A veces le parecía como si estuviera cayendo en un abismo sin fondo y sentía pánico, aunque al mismo tiempo se daba cuenta de que sólo estaba cayendo en su imaginación, y que le bastaba usar la razón para detener la caída. A veces se sentía tan ligero como una pluma al viento y se estiraba entre los cojines, agotado como un niño lo está de jugar, y se dejaba arrullar por tiernos laúdes, y sus pensamientos revoloteaban ante sus ojos como mariposas, flotando ligeros y ajenos a todo. A veces se desvanecían todos sus pensamientos, reventaban como irisadas pompas de jabón, con un delicado sonido, apenas perceptible, y entonces no quedaba nada, nada más que un vago recuerdo de algo dueño de una belleza irreal. ¿Era eso el paraíso? ¿No era todo lo que había vivido en esos últimos días tan irreal como un sueño del paraíso? ¿Seguía siendo él mismo? ¿Acaso todo lo que percibía no había cambiado extrañamente? ¿No eran las siluetas más perfiladas, los colores más vivos, los aromas incomparablemente más ricos que nunca antes? ¿No estaba cada sonido como reforzado por su propio eco?

A veces, cuando se separaban y él se volvía y cerraba los párpados, veía ante si a Karima, veía sus ojos serios e interrogantes dirigidos hacia él, y lo embargaba un sentimiento nostálgico que le oprimía la garganta, como un dolor taladrante o como el punzante recuerdo de un dolor que una vez se posara, insoportable, muy hondo dentro de él. A veces, cuando se abrazaban, creía tener entre sus brazos a Karima. ¿Era el dolor real? ¿No era también únicamente parte de un sueño, un penoso engendro de su fantasía, irreal como todo lo demás? A veces se sentía inclinado a aceptarlo todo sin hacer preguntas. Algo le había ocurrido. No era responsable, simplemente se dejaba llevar, estaba como en un borrachera, el pasado y el presente se confundían en su mente, le costaba mucho traer a la memoria el devenir de los acontecimientos, ya no sabía hasta qué punto podía confiar en sus recuerdos.

Cuando estaba acostado junto a ella, junto al cuerpo blanco de la muchacha estirada entre las almohadas de seda, relajada por el sueño, el rostro oculto en los brazos, el cabello brillante como vellón negro sobre sus hombros, cuando era consciente de su belleza y no quería creer en sus ojos, sólo tenía que alargar una mano para cerciorarse. Algo se estremecía bajo la piel de la muchacha cuando él la acariciaba con la punta de los dedos, y el fino vello se erizaba como si pasara entre ellos una corriente de aire. Él sintió cómo ella se movía bajo su mano antes de despertar. Vio cómo pestañeaban sus ojos. Estaba tan cerca, yacía tan cerca de él… Ella lo miró por encima del brazo, y él le devolvió la mirada, perplejo como un niño, como si aún no pudiera comprender que él la había despertado a la vida con el contacto de su mano. Y ella levantó la cabeza, se apartó los cabellos de la cara con el brazo, se estiró complacida bajo su mano y se acercó a él con un movimiento flexible, se arrimó a él, le susurró al oído palabras tiernas, que él no comprendió.