La muchacha se llamaba Nujum. En algún momento había dicho su nombre. ¿Cuánto tiempo había pasado desde entonces? Se habían amado, luego él le había preguntado su nombre, y ella se lo había dicho.
Nujum. Él ya no sabía exactamente si significaba «estrella» o «estrellas», o si era el nombre de una estrella determinada. Ella se lo había explicado, pero él no lo había entendido bien. Al principio le había costado mucho entender lo que decía. La muchacha hablaba un español notablemente cortado, como él sólo había oído hablar una vez, en Córdoba, a uno de los jinetes de la tropa bereber. Ella venía de la misma región que el bereber, del otro lado del mar. El pueblo del que venía se encontraba a los pies de una cordillera de cumbres nevadas. Eso era lo único que recordaba la muchacha. La habían vendido a un comerciante cuando era aún muy pequeña. Ni siquiera recordaba a su madre, sólo esas cumbres cubiertas de nieve.
Entre tanto, él ya se había acostumbrado a su español cortado. Oía su voz muy cerca de su oreja. Ella lo llamaba por su nombre. Sonaba como si la lengua de la muchacha jugara con las letras para acostumbrarse al sonido de su nombre. No podía pronunciarlo correctamente; lo que decía sonaba como «Lubb» o algo así.
– El señor… -dijo Nujum-, si el pregunta, ¿que dirás, Lubb? ¿Tú estás satisfecho? ¿Tú dirás, Lubb está satisfecho con Nujum?
El no comprendía qué quería.
– ¿Qué señor? -preguntó.
– El señor -dijo ella, impaciente-. Tu señor, mi señor, el mawla, el poderoso hadjib… ¿Qué dirás, Lubb, si te pregunta?
– ¿Por qué habría de preguntarme? -inquirió Lope.
– Te preguntará, Lubb -respondió ella con voz tenue-. Mañana te preguntará. Si dices, estoy satisfecho, Nujum podrá quedarse. Oh, quisiera quedarme contigo, Lubb, quisiera quedarme. -Se abrazó a él y volvió a su idioma, que Lope no comprendía, repitiendo una y otra vez a su oído la misma frase. Sonaba como una súplica.
Lope cogió la cabeza de la muchacha entre sus manos e intentó consolarla. Le parecía tan joven en ese momento, tan tierna y frágil. Parecía muy asustada, y él no comprendía de qué tenía miedo. Sólo intuía que necesitaba su protección.
Más tarde, Lope despertó y ella estaba temblando entre sus brazos, la cara empapada en lágrimas, aferrada a él como si no quisiera soltarlo nunca. Sollozando y atragantándose, contó una confusa historia de la que él solo entendió la mitad.
La muchacha se había criado en Ceuta, ciudad portuaria de las costas africanas, en casa del comerciante al que la vendieron sus padres. Junto con muchas otras muchachas, había recibido formación de una esclava negra. (Lope no entendió de qué tipo de formación se trataba, y tampoco se lo preguntó, pues no se atrevía a interrumpirla.)
Cuando tenía doce años, un criado de al-Mutadid, el antiguo príncipe, la había comprado y traído a Sevilla. En el harén del príncipe le había tocado compartir habitación con una abisinia, una chica morena muy alegre y de su misma edad. Habían sido como hermanas, apoyándose la una a la otra.
Una noche, un tembloroso criado las había despertado de un profundo sueño. Dos doncellas las habían maquillado y adornado rápidamente y, acto seguido, un mozo de cámara las había llevado en presencia del príncipe. (Lope no quería oir la historia, y se lo dijo, pero la muchacha insistió en que escuchara hasta el final.)
El príncipe las había desnudado y tumbado con destreza, las había palpado con manos frías y había comprobado su virginidad, observándolas con ojos desapasionados, como un trampero observa a los asustados animales que han caído en sus trampas. El príncipe estaba por encima de ellas, un anciano de barba cana, vestido de blanco de la cabeza a los pies, de piel descolorida y ojos amarillentos y acuosos, como salido de la tumba. Las había desvirgado con su bastón, con el pomo de marfil de su bastón. Ella había permanecido petrificada de miedo, muda de espanto, incapaz de moverse, con los sollozos de su amiga morena en los oídos y apretando los labios para no ponerse a gritar de terror. El príncipe no había encontrado ningún placer en ellas, y las había despedido con un regalo insignificante. A su amiga no volvió a verla hasta unas semanas después, cargada de joyas, vestida con seda bordada en oro, vanidosa, presumida, por un breve tiempo la favorita del príncipe, rodeada por un enjambre de doncellas y criados del palacio. (Lope no quería creer lo que le contaba la muchacha, pero Nujum había repetido la historia tantas veces que no quedaba la menor duda. La muchacha daba una especial importancia a que Lope comprendiera la forma en que el príncipe le había arrebatado la virginidad. ¿Por qué tenía tanto miedo de que Lope no estuviera satisfecho de ella? ¿Por qué tenía miedo del hadjib?)
Había contado la historia susurrando, con voz atormentada, y como llevada por una fuerza interior, la cabeza enterrada en el cuello de Lope y la boca apretada a su oreja. Había necesitado mucho tiempo para llegar al final de su historia, y se había ido tranquilizando a medida que Lope la escuchaba. Había dejado de temblar entre las manos de Lope, para luego yacer inmóvil en sus brazos.
Pero un instante después se había abalanzado vorazmente sobre él, se había aferrado a él con uñas y dientes, como queriendo meterse en su cuerpo, como queriendo unirse tan íntimamente a él que ya nada pudiera separarlos.
Todo había sido distinto, todo había sido incomparablemente más hermoso que cuanto había vivido antes. A veces, cuando seguía con mano suave las líneas de su cuerpo, la muchacha le parecía un ángel caído del cielo, y le subía por el cuerpo un miedo estremedecedor de que la muchacha se desvaneciera ante sus ojos apenas asomara el sol.
A veces pensaba en Karima. A veces, cuando tenía los ojos cerrados, la veía frente a él, veía su mirada dirigida hacia él. Y le dolía el corazón. ¿Era culpa de él? ¿Quedaba siquiera un resquicio de esperanza de que pudieran acercarse el uno al otro más allá de la distancia de una mirada melancólica? ¿De qué servían sus deseos? Había cosido dentro del forro de su peto de cuero la hoja de papel con sus nombres; la había cosido a la altura del corazón. ¿De qué había servido?
Cuando el pequeño paje negro lo sacó de la habitación de la torre en que lo había recibido Ibn Ammar, él había pensado que no podría soportarlo. Pero en el fondo siempre lo había sabido: él y la hija del hakim judío jamás habían tenido la menor posibilidad.
¿Tendría que haberse defendido? ¿Tendría que haber cerrado los ojos ante la belleza de esta muchacha? ¿Tendría que haber rechazado sus caricias?
Tras la audiencia con Ibn Ammar había despertado de una larguísima noche de ensueños, de planes disparatados, de pulso tan acelerado como después de un galope endemoniado. El paje negro había aparecido al pie de su cama.
– El excelentísimo señor, el hadjib, que Dios vierta sobre él la cornucopia de sus dones, os invita a un baño para embelleceros la mañana.
Lope había seguido al paje por el parque del palacio, hasta llegar a un edificio bajo, coronado por varias cúpulas de distintos tamaños, que se levantaba entre altos árboles. Un vestuario recubierto de mármol, con una piscina de brillantes piedras verdes en el centro, rodeada por una serie de habitaciones para descansar, a cual más lujosa, con azulejos multicolores, ventanas de mármol filigranado y hamacas forradas en seda, todas las puertas abiertas de pan en par, como si al terminar el baño uno mismo tuviera que decidir qué habitación prefería.
Lo había recibido un viejo criado de los baños, un abisinio digno y canoso que lo atendió en silencio y lo acompañó con solícita cortesía hasta la puerta del baño de vapor. Lope todavía recordaba cada detalle: los multicolores rayos de luz que caían de las cúpulas, dibujando vistosas figuras sobre el suelo de mármol blanco; las piscinas, de un mármol tan blanco y diáfano como la nieve derretida; los tubos de agua, pulidos y blancos; los grifos de plata, que tenían forma de aves y trinaban como éstas cuando el agua salía de ellos. Aún le resonaba en el oído el misterioso silencio que lo había envuelto: el ligero murmullo del agua; el delicado gorjeo, que competía con los trinos de los pájaros del parque; el suave susurro de la futa de seda que el criado le había atado alrededor de las caderas; el sonido apenas perceptible de sus pasos sobre las baldosas de mármol.