Выбрать главу

Nunca había visto algo tan hermoso como esos baños. Y lo que había visto hasta ahí no era más que el principio.

En el cuarto de vapor, el vapor colgaba en espesos velos, y de arriba caía una luz tan brillante que no podía verse más allá de tres pasos. Una luz lechosa, casi de otro mundo, amarilla y dorada, con tonos rojizos, colores que se iban entremezclando a medida que el vapor se movía y, de tanto en tanto, dejaba ver las dos piscinas instaladas frente a la pared del horno y los cristales de colores de las aberturas de la cúpula, por donde entraba la luz.

Cuando Lope entró en el cuarto de vapor, ella ya estaba allí, pero el vapor la había ocultado a su mirada. Lope se había sentado en el escalón más bajo, frente a la pared del horno, y apoyando la cabeza en las manos se había puesto a contemplan el juguetón remolino de nubes de vapor. Se había quedado así un largo rato, sin darse cuenta de la presencia de la muchacha, hasta que, de pronto, había oído un ruido y había visto un rápido movimiento por el rabillo del ojo.

Ella había permanecido sentada detrás de Lope, en diagonal, un peldaño más arriba, y, al ir a la piscina, había pasado a sólo dos pasos de él. Por un instante de demencial y creciente expectación, Lope había creído que era Karima, había estado convencido de que Ibn Ammar, a pesar de todo, había hecho el milagro. Karima siempre había estado tan cerca a él en sus sueños que de repente le parecía absolutamente normal que apareciera en los baños. Era tan sólo el cumplimiento de sus sueños.

Lope sólo la había visto vagamente entre el ondulante vapor; la misma figura esbelta, los mismos cabellos largos, negros y rizados. Un suave reflejo de luz dorada sobre su piel. Ni siquiera lo había sorprendido la desnudez de la muchacha.

Su corazón se había detenido un instante al volver ella el rostro, sonriéndole, y advertir Lope que no era Karima.

Luego había contemplado cómo se sumergía en el agua. La había seguido con la mirada mientras pasaba a su lado, camino de la puerta, con la gracia y ligereza de un animal joven, el cabello meciéndose al ritmo de su andar. Ella había desaparecido tras la puerta sin volver a mirarlo una vez mas.

Lope se había quedado un largo rato en el baño de vapor. Había hecho que el viejo criado le diera un masaje, lo afeitara y le frotara con el guante de crines, hasta que la piel le zumbaba cuando se pasaba el dedo. Luego se había puesto una futa limpia y había seguido al criado a los vestidores.

Había esperado secretamente volver a encontrar allí a la muchacha, pero no se la veía por ningún lado.

Luego el criado lo había acompañado hasta una puerta chapada en plata. Había abierto la puerta y se había apartado para dejarlo pasar.

– El misericordioso señor, el sublime hadjib, que Dios le conceda muchos años, me ha ordenado que os abra su propia halwa. Todo está a vuestro servicio. Todo está a vuestra disposición. Todos vuestros deseos son órdenes del misericordioso señor.

Lope había entrado en una habitación, cuya belleza superaba todo lo imaginable. Una habitación octogonal de no más de tres pasos de diámetro, sin ventanas y, sin embargo, inundada por una luz tibia, como si el propio sol del atardecer brillara allí dentro. Las paredes estaban revestidas de losas oscuras, tan pulidas que parecían espejos. La cúpula era de mármol transparente, amarillo y blanco, dispuesto de modo que formaba artísticas figuras. Frente a la puerta, un pequeño lavabo en el que desembocaban cuatro tubos de oro, de los cuales, si se giraban los grifos, salía agua caliente, tibia, fresca y fría. En el centro, un colchón redondo. El sector circular del suelo, entre el colchón y las paredes, estaba adornado con dibujos formados por la reunión de diminutas piedrecillas de colores. ¡Qué dibujos! Lope nunca había visto nada semejante. Mostraban hombres, mujeres y jóvenes divirtiéndose en un jardín, entre flores y rosales; abrazándose, amándose y enlazándose de tan diversas maneras como Lope jamás habría podido imaginar. Las mujeres estaban desnudas, y representadas con tal naturalidad que sólo verlas ya era excitante.

Lope apenas se había atrevido a entrar, menos aún a tumbarse en el colchón. Al abrirse de pronto la puerta, aún seguía indeciso al borde del lecho. No había necesitado volverse para saber quién había entrado. Lo había envuelto un perfume embriagador. La muchacha había cerrado la puerta, había hecho una reverencia y le había hablado en el mismo tono de sumisión que antes habían empleado el paje y el criado de los baños.

– Mi señor, el poderoso hadjib, que Dios lo bendiga, me envía a satisfacer vuestros deseos.

Había traído una bandeja con frutas y bebidas, que luego había dejado en el suelo, y había pasado al lado de Lope para encender el incensario metido en un nicho de la pared, encima del lavabo. Había pasado tan cerca de él que lo había rozado. No estaba mucho más vestida que las mujeres de los dibujos del suelo. La túnica que llevaba ahora era de una tela tan delgada que se hubiera podido pasar por el interior de un anillo.

– ¿No queréis sentaros, señor? -había dicho la muchacha, y Lope había obedecido en silencio. La habitación se le había hecho estrecha con ella sentada frente a él; no había espacio para esquivarla ni posibilidad de rehuir su mirada. Su figura esbelta, su graciosa sonrisa reflejada en todas las paredes, y su reflejo junto al suyo, tan cerca como si estuvieran ya el uno en brazos del otro, como las parejas de los dibujos del suelo.

Había sido como un juego, cuyo desenlace había estado claro desde el principio. Lope ya no recordaba cómo se había desarrollado exactamente ese juego. ¿Lo había tocado primero ella? ¿Había sido él? ¿Sus miradas se habían encontrado en el reflejo de la pared o había sido cara a cara, en el lecho? Lope recordaba la risa de la muchacha por su sobresalto cuando ella le echó agua de rosas de la boca. Recordaba que la muchacha se había quitado la túnica, fina como una tela de araña, y cómo lo había hecho. Recordaba cómo sus ojos se habían oscurecido y su voz había adoptado un tono más ronco y vibrante cuando de pronto empezó a hablar en su idioma, con palabras que sonaron tan intimas y tiernas que Lope había creído comprenderlas. Recordaba sus manos, sus labios, las yemas de sus dedos, iniciados en misterios insospechados.

Lope no necesitaba recordar. Compartía todos los secretos con ella. Sentía los labios sobre su piel, sentía sus manos, su cuerpo esbelto y liso. La tenía en sus brazos.

En algún momento habían salido de la halwa, y Nujum lo había llevado a un pabellón, unido al baño por un discreto emparrado. Nadie los había molestado, habían estado tan solos como la primera pareja en el paraíso. Y habían seguido jugando al mismo juego.

Un arroyo encauzado con mármol entraba en el pabellón por una abertura de la pared, desembocaba en un estanque llano, donde nadaban brillantes pececillos plateados, y volvía a salir por el otro lado. Sobre el estanque colgaban dos campanillas, una amarilla y una azul. Si tiraban de la cinta azul, venía navegando por el arroyo un barquito cargado de bebidas; si tiraban de la amarilla, el barquito llegaba cargado de espléndidos manjares. No les faltaba nada.