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Cuando se hizo de noche, Nujum encendió una lámpara, que volvió a apagarse cuando ella se quedó dormida. Más tarde, en algún momento indeterminado, Lope también se durmió.

Tuvo un sueño sombrío. Lope se topaba con un negro gigantesco, que tenía los rasgos del criado de los baños y lo saludaba sumisamente, hasta que de pronto se arrancó del rostro la máscara de anciano venerable y se arrojó sobre Lope enseñando los dientes. Bajo la máscara se ocultaba el castellán. Luchó contra él y supo que perdería, de modo que intentó huir. Pero no conseguía avanzar, por mucho que corriera, las piernas no le obedecían, se le hacían más y más pesadas. Se escondió en un estrecho pasillo oscuro y se arrastró por él, hasta que ya no pudo continuar. Se sumió en el pánico al advertir que no podía seguir ni hacia atrás ni hacia delante, y con la cabeza gacha se aferró al pasillo. Pero luego empezó a resbalar, cayó cada vez más hondo, se precipitó en un agujero negro. Hasta que, de repente, se encontraba otra vez en la halwa. Vio los dibujos del suelo y, mientras los contemplaba, advirtió espantado que una de las mujeres desnudas era Karima. Karima se volvió hacia él, se le acercó por el prado cubierto de flores, mirándolo con ojos tristes, mientras él intentaba en vano esconderse de ella. Vio que Karima le quería decir algo, vio que se llevaba las manos a la boca y le gritaba algo, pero no pudo entender lo que decía. Estaba demasiado lejos.

Cuando despertó aún era de noche, pero ya se oía el canto de los primeros pájaros. Se sentó. Estaba bañado en sudor y sentía la frente fría. Nujum yacía entre sus piernas, estirada como una gata joven. Seguía dormida, y su respiración sonaba muy fuerte. Lope se quedó quieto para no despertarla.

– Quisiera hacerte un regalo, Lope de Guarda -le había dicho Ibn Ammar antes de despedirlo aquella noche después de la audiencia-. Espero que te guste y que lo aceptes. Me haría muy feliz poder pagarte de esta manera parte de mi deuda de gratitud.

¿Era Nujum el regalo del que había hablado Ibn Ammar? ¿Era tanto su agradecimiento que le había regalado una muchacha?

Primero habían asistido a un desfile militar a las puertas de la ciudad y habían presenciado la marcha del ejército del príncipe. En primera línea, el estandarte verde del príncipe; los atabales, a caballo; las trompetas y demás instrumentos de viento de la banda, tras el chinesco de plata. Luego, mulas y camellos cargados de regalos y trajes de honor, que el príncipe pensaba obsequiar a los oficiales de sus tropas. Divisiones de caballería en apretada formación, cada unidad vestida de un colon distinto, rojo carmesí, azul celeste, dorado, con ondulantes pendones en las lanzas, los caballos de las primeras líneas con gualdrapas del mismo color. Luego, el príncipe en persona, montado en un corcel blanco y vestido con un brillante mantón blanco, blancas botas de seda y un pañuelo blanco a la cabeza. Justo detrás de él, en un caballo morcillo, un gigante negro vestido de oro y púrpura, sosteniendo sobre el príncipe la sombrilla de seda verde adornada con piedras resplandecientes, símbolo de su dignidad regia. Pegado al portador de la sombrilla, y vestido con tanto lujo como él, el portador de la espada del príncipe. Más atrás, cuatro guardaespaldas. Luego el hadjib, abriendo el séquito del príncipe: los visires y dignatarios de la corte, los qadis y funcionarios de la ciudad, todos en ricas galas de fiesta. Finalmente, los negros de la guardia personal del príncipe, seguidos por lanceros vestidos con levitas negras y, entre ellos, porteadores cargados de arcones tachonados en cobre, que contenían las soldadas de honor que se repartirían ese día a la tropa. Y más atrás, como cierre, el gran timbal de latón repujado, cuyo sonido sordo y retumbante apagaba cualquier otro ruido.

Por la tarde habían presenciado en la gran sala de audiencias del al-Qasr la recepción dada a una embajada del príncipe de Almería. La corte había sacado a relucir toda su pompa. Soldados habían formado una calle de dos filas desde la puerta que daba al río hasta la entrada al palacio. Habían atravesado tres salones, cada uno ocupado por toda una tropa de criados magníficamente vestidos, que habían saludado a los invitados y los habían ido acompañando trecho por trecho, hasta llegar finalmente al salón en el que se encontraba el príncipe. A la entrada del salón, porteros de librea, guardias bien armados, con yelmos de plata, y funcionarios de protocolo, que sólo dejaban entrar a los privilegiados invitados.

Pajes morenos los habían rociado con perfume; un alto funcionario del palacio, provisto de un bastón de plata, había gritado sus nombres mientras entraban en el salón. Alrededor estaban los dignatarios, dispuestos según su rango, vestidos con más lujo aún que durante el desfile. El príncipe era el único que estaba sentado, el único vestido de blanco, más espléndido aún que quienes lo rodeaban. El portador de la sombrilla, lleno de oro y piedras preciosas. El paje encargado del mosquero, con una túnica cubierta de pies a cabeza por perlas. A la derecha del príncipe, dos de sus hijos; a la izquierda, Ibn Ammar, el hadjib.

Lope no había visto jamás semejante despliegue de color, semejante lujo, semejantes galas, que hacían que hasta el más humilde paje pareciera un señor. Luego había visto también cómo el embajador de Almería presentaba sus respetos al príncipe; había presenciado el intercambio de regalos, la entrega de los trajes de honor, el ceremonial de discursos y saludos. Y había quedado convencido de que era imposible que existiera en todo el mundo un soberano más poderoso que al-Mutamid, el príncipe de Sevilla.

A la mañana siguiente había salido de la ciudad con el séquito de Ibn Ammar. Por la tarde habían llegado al palacio de verano del hadjib, situado en las montañas del norte. Un palacio blanco, rodeado de un vasto panque, que una vez había pertenecido a los califas de Córdoba. Esa misma noche, Ibn Ammar lo había mandado llamar a su presencia.

Se habían visto a solas en una pequeña habitación, cubierta de tapices, en lo alto de una torre. Sólo un pequeño paje negro había entrado de tanto en tanto para atenderlos. Ibn Ammar había hablado de Barbastro y de su encuentro al pie de la muralla. Había hablado de Yunus y de cuán agradecido estaba al hakim, y, por un instante de pasmo y felicidad, Lope había acunado la esperanza de que, a pesar de todas las dificultades, los sueños que lo unían a Karima aún podían convertirse en realidad. Pero Ibn Ammar, sin darse cuenta, no había tardado en destruir sus esperanzas con un par de palabras secas.

El hadjib había hablado de Zacarías, el joven médico que había cuidado de Lope en el hospital. Había dicho que Yunus quería desposar a su hija con ese joven médico, que ya estaba prometida, que el matrimonio ya estaba pactado desde hacía algún tiempo. Había dicho que por ese motivo quería incluir a Zacarías en la lista de sus médicos de cabecera, para honrar a Yunus a través de su yerno. No había dejado ninguna salida abierta. Nada a lo que Lope pudiera aferrar sus esperanzas.

Mientras Lope se perdía en estos recuerdos, fuera ya había amanecido, y el gorjeo de los pájaros se había hecho tan intenso que parecía como si todos los pájaros del parque se hubieran reunido frente al pabellón para cantar a la mañana. No se oía nada más que el canto de los pájaros y el ligero murmullo del agua cayendo sobre el mármol. Luego, de pronto, una voz nueva se sumó al concierto, primero tímida y vacilante, como si tuviera que cerciorarse de su canto antes de lanzarse a las alturas con alegre fuerza, clara y delgada como el sonido de una flauta, sollozante, melodiosa, superando cada trino con otro aún más desgarrador, abandonándose una y otra vez a nuevas melodías, tan indescriptiblemente bella que todos los otros pájaros parecieron enmudecer.

Era un pájaro pequeño y poco vistoso, de pico amarillo. Se hallaba dentro de una jaula colgada del punto más alto de la cúpula, por donde una abertura dejaba pasar la luz. Estaba posado en la varilla más alta de la jaula, tan cerca de la abertura como se lo permitían las rejas. No podía ver el panque, pero parecía intuir que el agujero abierto encima de él conducía a la libertad, y cantaba con el pico levantado hacia arriba, como si quisiera gritar al exterior. Cantaba sin cesar. No parecía esperar una respuesta, y a veces se percibía, en medio de su alegre canto, un tonillo lastimoso, como si no cantara a la alegría de esa mañana, sino al recuerdo de otra mañana, vivida en algún otro lugar más feliz.