Выбрать главу

Cuando el primer rayo de sol doró el tamiz de la abertura de la cúpula, el pájaro enmudeció, y de repente se hizo un extraño silencio, en el que los cantos de las otras aves no eran ya más que un eco lejano.

Lope sintió que Nujum se movía, como si el repentino silencio la hubiera despertado. Vio que abría los ojos y vio su sonrisa al advertir cómo se había acurrucado entre las piernas de Lope mientras dormía. Todavía medio dormida, empezó a acariciarlo, y sus dulces manos difuminaron todos los pensamientos que oprimían a Lope, que, ahora ligeros y vagos, simplemente se desvanecieron.

Yunus se esforzaba por hacer creer a su hija que todo seguía el curso habitual. Pero cada día le resultaba más difícil. Por la mañana, cuando se sentaban a desayunar juntos y la conversación se tornaba monosilábica, a Yunus las pausas se le hacían insoportablemente largas. En la cena, cuando contaba a su hija lo ocurrido durante el día, se sentía tan penosamente charlatán, sentía tan falso y mentiroso el tono de parloteo que adoptaba su voz, y su comportamiento le parecía tan poco natural, que creía que todo el mundo debía de notarlo. Por momentos estaba convencido de que Karima lo había descubierto hacía mucho. Por momentos dudaba si acaso ella se habría dado cuenta de algo.

Él, por su parte, había pasado mucho tiempo sin advertir cuánto había cambiado su hija, cuánto había adelgazado, y que se había vuelto más callada y taciturna. Desde que sabía lo que pasaba por la mente de Karima, Yunus descubría cada día nuevos signos de esa inquietante transformación. Había adelgazado ostensiblemente. Sus ojos se veían desmesuradamente grandes en su rostro pálido, de piel ya casi transparente. Apenas probaba bocado. A menudo estaba tan ausente que no escuchaba cuando le hablaban. Después de que Ibn Ammar le dijera que Lope ya no representaba peligro alguno, Yunus había llevado a su hija al consultorio con frecuencia, en la esperanza de que el trabajo la distrajera. No se le había ocurrido pensar que, por el contrario, esto sólo empeoraría las cosas, pues estando fuera de casa Karima podía albergar cada instante la esperanza de que el joven español apareciera en la calle en cualquier momento. Debido a ese estado de constante tensión, Karima se había desmayado dos veces, y a Yunus no le había quedado más remedio que dejarla en casa, bajo la vigilancia de Dada y Ammi Hassán.

También la había observado una y otra vez el sabbat, en la sinagoga, y en cada ocasión el aspecto de la muchacha había sido para él como un cuchillo atravesado en la garganta. Yunus había visto el sofocado nerviosismo de su hija de camino a la sinagoga, sus ojos centelleantes de expectativa buscando a Lope en el antepatio, y su profunda desesperación al tener que admitir que buscaba en vano. Había momentos en que Yunus maldecía haber recurrido a Ibn Ammar. Había momentos en que estaba a punto de ceder y de dejar que todo siguiera su curso natural.

Pero él era médico, y conocía bastante bien los síntomas que observaba en su hija. Había visto a muchos padres desesperados que llevaban a su consultorio a una muchacha pálida y demacrada, con todos los síntomas de ese mal producido por un amor desdichado. Sabía por experiencia propia cuán rápidamente solía pasan ese mal, incluso sin ayuda del médico. Sin embargo, una vez se había dado un caso trágico: hacía ocho años, la hija de uno de los ancianos del Consejo se había arrojado al agua a causa de un joven; pero esa había sido la única, extraña excepción. Y Yunus estaba convencido de que su hija era inmune a tal grado de desesperación. No era de las que se rinden; era demasiado fuerte como morir de ese mal.

No obstante, más tarde Yunus comprendió que Karima también era demasiado fuente como para sucumbir a los deseos de su padre. Era demasiado testaruda, demasiado consciente de su propio valor, como para renunciar a Lope sin más y olvidarlo. Así, Yunus decidió recurrir por segunda vez a Ibn Ammar.

Dos días después vino un secretario con la noticia de que el hadjib se había permitido poner a disposición de Yunus una barca para la fiesta del final del ayuno, al acabar el Ramadán. Una gran barca, con un timonel, cuatro remeros y espacio para más de veinte pasajeros. Yunus invitó a sus amigos Ibn Eh y ar-Rashidi, con sus respectivas familias, y también a Nabila y Sarwa y sus hijos. Ammi Hassán cargó cojines y almohadones y la vieja Dada preparó comida y bebida para la excursión por el río.

Como de costumbre, el día de la fiesta la ciudad estaba muy animada. A los musulmanes, el Ramadán se les hacía muy arduo cuando tocaba en época de calor, y tanto más celebraban entonces el final del periodo de ayuno. Los judíos y cristianos también celebraban. Las tabernas del suburbio de Taryana estaban abiertas toda la noche, había música en todas las calles y el río estaba tan infestado de barcas que a veces parecía como si uno pudiera ir de una orilla a otra sin mojarse los pies. Una de las diversiones preferidas que la sociedad sevillana reservaba para los días de fiesta era una excursión por el río. La gente de pocos recursos salía en botes de pescadores y balsas hechas por ellos mismos; los pudientes alquilaban grandes barcas y elegantes góndolas; los ricos y notables tenían sus propias embarcaciones, algunos poseían incluso grandes galeras con diez o doce remos y una orquesta que tocaba en cubierta. A veces el príncipe mismo tomaba parte en la diversión, encabezando con sus naves de lujo el desfile de barcos festivos.

Las embarcaciones tomaban rumbo al faro de Shantabaw, donde vendedores ocasionales montaban sus puestos de comida; visitaban las islas del delta, la pequeña o la grande, donde crecía hierba siempre verde y pastaban gigantescas manadas de caballos de la cabaña del príncipe. Los pobres pescaban y asaban peces en hogueras; los ricos mandaban preparar deliciosos platos a sus cocineros, comían en cubierta y se intercambiaban manjares de barco a barco. Los chicos hacían carreras de remos, y los jóvenes revoloteaban alrededor de aquel bote en el que habían descubierto a una bella muchacha. Y en todas partes, allí donde se encontraban amigos y conocidos, había un alegre jaleo que duraba hasta muy entrada la noche, cuando las últimas embarcaciones adornadas de luces regresaban a la ciudad empujadas por la entrada de la marea en el río.

Los amigos de Yunus se estaban pasando el día en grande. Un día azul de verano, no demasiado caluroso, pues aún no había empezado a soplar el simún; el aire era claro y suave, y estaba impregnado del olor salado del mar. Comerciantes provistos de pequeños y veloces botes de remo vendían las primeras uvas e higos de Málaga. Hasta Karima se había contagiado de la alegría que reinaba a bordo y parecía haber olvidado por un instante sus preocupaciones.

Sólo Yunus no tenía la tranquilidad necesaria para divertirse con los demás. No sabía qué estaba preparando Ibn Ammar, pero intuía que se avecinaba un encuentro que causaría un gran dolor a su hija. Se había pasado todo el día buscando el bote con que se toparían, observando a los paseantes que hacían señales desde la orilla, mirando cada vez más nervioso a su alrededor. No sucedía nada.

Sólo poco antes de la puesta de sol, cuando ya habían pasado ante los hornos de calcinación de Taryana, Yunus descubrió de repente una banca que los seguía a una cierta distancia. Estaba pintada del mismo color y llevaba el mismo pendón que la banca en que iban ellos, pero era más delgada y veloz, y se les estaba acercando rápidamente. En la cubierta elevada de popa sólo se veía a dos pasajeros, un joven elegantemente vestido, con una faja verde mar en la cabeza, y una muchacha de llamativa belleza, sin velo y con el cabello suelto. Estaban sentados el uno al lado del otro, la muchacha con la cabeza apoyada sobre el hombro del joven, y miraban hacia atrás, contemplando la resplandeciente estela que dejaban a su paso. Un hijo de casa noble paseando por el río con su esclava favorita.