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La noticia del atentado atravesó el ejército de sitio como un viento tormentoso. El rey aún no había muerto cuando ya empezaban a retirarse algunos de sus seguidores, los castellanos primero que nadie. Todos querían llegar a sus propiedades cuanto antes, para poder defenderlas mejor durante el periodo sin rey que se avecinaba, y si se presentaba la oportunidad quizá incluso para ampliarlas. Todos querían aprovechar la ventaja que les daba sobre quienes se habían quedado en sus casas el hecho de saber que el rey había muerto. Hasta los rehenes que don Sancho había traído consigo al campamento se esfumaron rápidamente. Sólo Lope se quedó allí, con el hijo del conde.

Lope siguió a los pocos soldados y a los capellanes que se quedaron con el rey hasta el final y se apresuraron a llevar su cadáver al monasterio de Oña, al que, como era costumbre, don Sancho había hecho una donación antes de subir al trono para ser luego enterrado allí. Parte del séquito se quedó en el monasterio acompañando al rey muerto; los demás, entre ellos Lope, siguieron camino hacia Burgos. La mala noticia había llegado antes que ellos. La ciudad estaba revuelta; la corte, disuelta. Con ayuda de uno de los capellanes, Lope entró en el castillo y se ganó la confianza de un mayordomo. Dos días después, cuando la reina y lo que quedaba de su corte ya habían partido hacia Oña para el entierro, Lope consiguió escabullirse del castillo y de la ciudad llevándose consigo al hijo del conde y al príncipe Ramiro. Escaparon los tres en un solo caballo, cabalgando primero hacia el sur, hasta llegar a los pies de las montañas, y luego hacia el oeste a través de la tierra de nadie, sin perder de vista las montañas. Tres semanas después llegaron a Guarda.

Don García, puesto al corriente de lo ocurrido por correos rápidos regresó de Sevilla a mediados de noviembre, cogió a su hijo y se dirigió a Tuy, donde empezaba a reunirse su gente. Lope lo acompañó, en espera de recibir el feudo prometido.

Don Alfonso había viajado de Toledo a León nada más enterarse de la muerte de don Sancho. A finales de octubre convocó allí a la corte para que sus vasallos renovaran sus juramentos de fidelidad. Sin embargo, gran parte de la nobleza castellana se mantuvo distante. Existía la sospecha de que el rey había participado en el asesinato de su hermano. De momento, don Alfonso sólo podía contar con su tierra natal, León.

A principios del año 1073, y siguiendo un consejo de doña Urraca, propuso a su hermano don García una reunión. A mediados de febrero, don García se presentó en el lugar acordado con la mayor inocencia y sin haber tomado la menor medida de precaución. Su hermano, sin mostrar ningún tipo de escrúpulos, lo tomó prisionero y lo mandó encerrar en la fortaleza de Luna, al noroeste de León. Y con él, a algunos de sus hombres de confianza, entre ellos Lope, quien desde su temerario rescate del príncipe Ramiro pasaba por ser uno de los más queridos seguidores de don García.

Mientras en el norte los reyes españoles luchaban entre sí y el victorioso don Alfonso intentaba consolidar definitivamente su nuevo poder, los reinos andaluces del sur vivían una época de paz y prosperidad. Andalucía era como una isla de calma en medio de un mar azotado por una tormenta.

En el año 1071, el ejército bizantino fue aniquilado por los turcos, que entraron en la historia universal con este toque de atabales. El emperador fue hecho prisionero. Todo el Imperio Romano de Oriente estaba al borde del desmoronamiento. Ese mismo año, los turcos conquistaron Jerusalén. La Yeshiva, el consejo superior de la comunidad judía de Palestina, se vio obligada a trasladarse a Tiro. Durante un tiempo, los peregrinos cristianos no pudieron visitar la Tierra Santa.

A principios de enero del año 1072, los normandos conquistaron Palermo, poniendo fin al dominio musulmán sobre Sicilia. En Egipto estalló una guerra civil. En el noroeste de África, tras hacerse fuertes en Marrakech, los guerreros beduinos almorávides, acaudillados por su nuevo emir, Yusuf ibn Tashfin, siguieron avanzando llevados por el fanatismo religioso y amenazaron las ricas ciudades portuarias de las costas del Mediterráneo.

En todos los países del mundo musulmán reinaban la guerra, el hambre, la violencia y la destrucción. Sólo Andalucía estaba libre de estas pesadillas.

En Sevilla, mientras el príncipe construía su nuevo palacio, que edificó allí donde hoy se levanta la Torre del Oro, Ibn Ammar seguía urdiendo sus planes expansionistas, para poder hacer frente al esperado ataque de los españoles del norte. En el verano del año 1073, cuando el hijo mayor del príncipe, Siradj ad-Daula, cumplió catorce años, Ibn Ammar convenció a al-Mutamid de que nombrara a su heredero gobernador de Córdoba: un primer paso en el camino que debía hacer de Córdoba la capital del reino.

Un año después murió Badis, el príncipe bereber de Granada, dejando su reino a sus dos nietos. Abd-Alá, el mayor, heredó Granada; Tamim, el menor, Málaga. Ambos eran aún menores de edad. Abd-Alá tenía diecisiete años; Tamim, quince. Ibn Ammar aprovechó la ocasión para emprender un ataque inmediato. Movilizó las tropas de Sevilla y Córdoba, reclutó mercenarios españoles como refuerzo, conquistó la poderosa fortificación de Alcalá la Real, en la frontera, e inició el sitio de Granada. Al mismo tiempo, mandó construir un castillo en mitad de la vega, seis horas al oeste de Granada, cerca a Pinos Puente, para presionar desde allí a la ciudad cuando, a finales del otoño, el grueso del ejército de sitio tuviera que retirarse.

Abd-Alá intentó asaltar el castillo. Al fracasar, se volvió hacia su vecino del norte en busca de ayuda, hacia al-Ma'mun, el príncipe de Toledo. Y entonces se pagó cara la indecisión que impidió a al-Mutamid, príncipe de Sevilla, trasladar la corte a Córdoba.

Cuando Córdoba fue ocupada por tropas sevillanas en el año 1070, Ibn Martin, el comandante del ejército, mandó arrestar a los cabecillas del grupo pro toledano de la ciudad, entre ellos, a un tal Hakam, un hombre de la antigua nobleza árabe cuyo linaje se remontaba a Ukasha, el seguidor del Profeta. Este Hakam ibn Ukasha escapó poco después de ser apresado y consiguió huir a Toledo. Tenía fama de gran espadachín y excelente comandante. Al-Ma'mún lo nombró gobernador de la provincia de Calatrava, que limitaba con la frontera norte de Córdoba. Ahora, ante la llamada de auxilio de Abd-Alá de Granada, Hakam le envió dinero y tropas para que atacara Córdoba.

Hakam ibn Ukasha se puso en contacto con los partidarios que tenía en Córdoba. A mediados de mayo, regresó a la ciudad con un puñado de jinetes, entró de noche, pasando inadvertido, y atacó en primer lugar el palacio del príncipe heredero, luego el del comandante general, Ibn Martin, a quien sorprendió en una fiesta íntima con músicos y bailarinas. Por la mañana, mandó que las cabezas de ambos fueran paseadas por las calles de la ciudad clavadas en largas estacas. Había conquistado Córdoba en unas pocas horas, sin necesidad de luchar.

Para Sevilla aquello fue una catástrofe. No sólo se había perdido Córdoba, sino que también hubo que entregar el castillo levantado ante Granada y todas las fortalezas que se encontraban en el camino hacia éste. Todo lo ganado se había vuelto a perder. Las fronteras volvían a ser las mismas que al principio del gobierno de al-Mutamid. El príncipe estaba destrozado por la muerte de su hijo mayor. Ibn Ammar le dedicó un conmovedor poema de pésame, lo abandonó a su teatral luto y dedicó todas sus energías a recuperar lo perdido.

A finales del verano del año 1078, Ibn Ammar consiguió inducir al levantamiento a una parte de la nobleza urbana de Córdoba y a la comunidad judía. Hakam ibn Ukasha tuvo que huir, y murió asesinado por un judío de la ciudad en un puente del Guadalquivir. Con su muerte, también la provincia de Calatrava cayó en manos de las tropas sevillanas de Ibn Ammar, y con ella, todos los territorios de dominio toledano que se encontraban al sur del Guadiana. Poco después, Ibn Ammar logró reconquistar la fortaleza de Alcalá la Real, y los castillos de Jaén se declararon independientes de Granada, echaron a sus castellanes y se anexionaron a Sevilla.