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Ese mismo año, Ibn Ammar recibió una carta de Aledo. La enviaba al-Djilliqi, la Gallega, viuda del antiguo qa'id de Murcia. En la carta, la Gallega le recordaba que el nieto que Dios le había concedido gracias a la ingeniosa ayuda de Ibn Ammar había cumplido ya los catorce años, lo cual lo capacitaba para hacerse cargo de la herencia de su abuelo. Sólo, que para que su nieto subiera al poder primero era necesario expulsar del trono al tío del heredero, Muhammad ibn Tahir, tarea tanto más sencilla por cuanto muchos ciudadanos de Murcia y gran parte de la nobleza sólo esperaban alguna ayuda de fuera para levantarse contra el usurpador.

La oferta de la Gallega abría la fabulosa perspectiva de extender de un momento a otro la zona de dominio sevillana hasta la costa oriental de la península, rodeando por todas partes a los dos únicos adversarios que le quedaban en el sur de Andalucía: Granada y Almería.

Ibn Ammar proyectó la campaña de Murcia para el año 1079. Sólo podía disponer de un reducido número de tropas propias, pues necesitaba la mayor parte del ejército sevillano para aseguran los territorios conquistados al norte y este de Córdoba. Así pues, estaba obligado a reclutar un ejército mercenario. Por consejo de Abú'l-Fadl Hasdai, el hadjib de Zaragoza, Ibn Ammar se volvió hacia Barcelona.

El condado de Barcelona tenía una posición singular dentro de los estados soberanos de la península. Había surgido de la Marca Hispánica, el único punto de apoyo al sur de los Pirineos que conservó Carlomagno tras su famosa campaña contra los sarracenos en España. Desde entonces, los condes de Barcelona siempre habían reconocido como señor al rey franco -mas tarde al rey francés-, y miraban más hacia Francia que cualquiera de sus vecinos peninsulares.

En el año 1079, cuando Ibn Ammar se dirigió a Barcelona, tuvo que vérselas con dos condes al mismo tiempo, debido a unas peculiarísimas normas de sucesión dejadas en su testamento por el gobernante anterior. Hagamos aquí un alto para conocer los antecedentes de este asunto, pues en ellos se desarrolla la historia de amor más turbulenta que nos ha llegado del siglo XI:

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La historia de Almodis de la Marche

y Ramón Berenguer

El año 1052, Ramón Berenguer, conde de Barcelona, emprendió un viaje a Roma. Tomó la ruta terrestre, pues en aquel entonces Barcelona no era aún una potencia naval y el viaje por tierra era considerado más seguro. Al llegar a Narbona hizo un alto y, como visitante distinguido, fue recibido por el señor del lugar, el conde de Tolosa, quien precisamente se encontraba en esa ciudad portuaria del sur de Francia.

El conde Pons de Tolosa era un hombre de cincuenta y siete años, y uno de los señores más poderosos de Francia. Estaba casado con Almodis de la Marche, hermana del margrave de Limousin. La condesa asistió a la recepción. Cuando ella y el invitado se vieron por primera vez, debieron de salir chispas de los ojos de ambos. La tradición no dice nada al respecto, pero no pudo ser de otra manera.

Ramón Berenguer se apresuró a seguir camino a Roma, donde fue recibido por el Papa, y regresó lo más rápidamente posible, volviendo a detenerse en Narbona. Y esta vez se encontró en secreto con Almodis. Esto tampoco lo dice la tradición, pero tampoco pudo ser de otro modo, pues exactamente nueve meses después Almodis trajo al mundo mellizos, tan parecidos al conde de Barcelona que no quedaba la menor duda sobre su paternidad.

Todavía en Narbona, los amantes acordaron que el conde raptaría a Almodis y se la llevaría consigo. Una empresa disparatada, dadas las circunstancias.

El conde de Barcelona ya no era un chiquillo; la condesa de Tolosa ya no era una jovencita. Ambos estaban en la treintena y casados en segundas nupcias. La boda de Ramón Berenguer con su segunda mujer, Blanca, se había celebrado hacía apenas un año. Almodis tenía seis hijos, dos de ellos de su primer marido, Guy de Lusignan, y cuatro de su matrimonio con el conde de Tolosa. (El segundo hijo de este matrimonio sería luego el conde Raymond de St. Gilles, uno de los caudillos de la primera cruzada y uno de los más grandes caballeros de su época, cuya hija Philippie se casaría más tarde con Guilleaume X, duque de Aquitania. A su vez, la hija de éstos últimos, bisnieta de Almodis de la Marche, fue la famosa Alienor de Aquitania, reina primero de Francia y luego de Inglaterra, patrona de los trovadores y la mujer más notable del siglo XII europeo. Pero volvamos a su bisabuela.)

Nada más regresar a Barcelona, Ramón Berenguer se dedicó a preparar el rapto acordado. En primer lugar, repudió a su esposa Blanca. Las leyes de la Iglesia prohibían el divorcio, pero la misma Iglesia había encontrado un elegante camino para eludir esta prohibición: el derecho canónico sólo permitía que se celebrara un matrimonio si los novios no tenían ningún pariente consanguíneo común en las últimas siete generaciones. Esta era una condición insalvable para los nobles que aspiraban a casarse. La nobleza europea estaba tan entremezclada y emparentada entre si que bajo tales condiciones ni siquiera habrían podido contraer matrimonio legitimo un príncipe español y una princesa noruega. Dicho en otras palabras: en aquella época, todos los matrimonios entre nobles eran ilegítimos a los ojos del derecho canónico. Para poder casarse, hacía falta obtener una cláusula de excepción de la Iglesia.

Luego, si alguien quería divorciarse, no tenía más que pedir a la instancia eclesiástica inmediatamente superior a la que había concedido la cláusula de excepción que la declarase nula. Era sólo cuestión de precio. Y la Iglesia ganaba por los dos lados. Si uno era rico, podía divorciarse siempre que quisiera.

El conde de Barcelona era lo bastante rico. Tras librarse así de su esposa, mandó llamar a su presencia a los miembros más distinguidos de la comunidad judía de su capital y envió emisarios al príncipe andaluz Ah ibn Mudhajid, señor de Denia, Tortosa y las islas Baleares. Los judíos de Barcelona mantenían estrechas relaciones con la numerosa e importante comunidad judía de Narbona. Ah ibn Mudjahib mandaba la mayor flota del Mediterráneo occidental. Ambos, los judíos y el príncipe moro, ayudarían a Ramón Berenguer a traer a Almodis a Barcelona sana y salva.

Ah ibn Mudjahib era musulmán, pero hijo de una cristiana. Su padre había sido un temido pirata, que había atacado Cerdeña y saqueado la ciudad portuaria de Luna. Luego, sin embargo, había sido vencido sorprendentemente por una flota de Pisa y Génova, perdiendo en el combate no sólo una gran parte de sus barcos, sino también a sus mujeres e hijos, entre ellos su hijo mayor, Ah, que tenía entonces nueve años. Era la primera gran victoria naval sobre los «sarracenos», hasta entonces considerados invencibles, y tuvo un gran eco en toda Europa. El príncipe heredero fue enviado como botín de guerra al káiser Heinnich II, a quien, como jefe supremo de la victoriosa marina italiana, le correspondía una quinta parte del botín de guerra. Así pues, Ah se crió en la corte del emperador alemán. Dieciséis años después, cuando su padre finalmente pudo rescatarlo, Ah hablaba un alemán muy fluido, como informan asombrados los cronistas andaluces.

Ah ibn Mudjahib acudió inmediatamente en ayuda del conde de Barcelona. Ordenó a su gobernador de la ciudad portuaria de Tortosa, a orillas de la desembocadura del Ebro, que pusiera a disposición del conde las galeras que éste deseara. Así, los judíos de Barcelona viajaron a Narbona en barcos andaluces y consiguieron raptar a Almodis, a pesar de que el conde de Tolosa había empezado a sospechar algo en el último momento y había encerrado a su esposa en su palacio.

La boda tuvo lugar poco tiempo después, en Barcelona.

El príncipe moro de Denia envió felicitaciones y regalos. Por el contrario, la nobleza de la Europa cristiana estaba irritada o, cuando menos, perpleja. Lo que los irritaba no era la ruptura en si de un matrimonio, sino el hecho de que Almodis y Ramón Berenguer se casaran por amor. Un matrimonio por amor, en una época en que los nobles prometían a sus hijos e hijas ya desde que eran niños, exigiéndoles pareja sólo por conveniencias económicas o políticas, era algo totalmente insólito.