La anciana aún llevaba sus ropas de viaje. No se había bañado. Los pliegues y arrugas de su rostro estaban impregnados de polvo, de modo tal que su frente y sus mejillas parecían cubiertas por una fina rejilla. Bajo la costra de polvo, su piel estaba pálida de rabia. Cortó de raíz el saludo cortés y sonriente de Ibn Ammar. Su voz era chillona como una cuerda de laúd demasiada tensa.
– No quiero darme un baño; renuncio a tu cortesía. ¡Lo que quiero es saber qué cuernos pasa aquí, muchacho! -dijo con punzante dureza. Seguía tratando a Ibn Ammar como al insignificante poetilla que llegara una vez a la corte de su hijo-. He oído que Muhammad ibn Tahír se encuentra bajo un honroso arresto domiciliario. He oído que hasta le han dejado a su mujer griega, al maldito cerdo. He tenido que pedir que me repitan que eres tú quien tiene la última palabra, impartes las órdenes, firmas los decretos y llevas el tocado del príncipe, mientras el heredero, mi nieto, ha de ocultarse en cualquier rincón del al-Qasr. Acabo de oir ahora mismo, al llegar, que das grandes recepciones sin que el heredero sea siquiera invitado. No sé que es lo que pretendes, muchacho, pero sea lo que sea va contra nuestro acuerdo. ¡Absolutamente contra nuestro acuerdo! -gritó, tan fuerte que los dos guardias de la puerta entraron con las armas desenvainadas. Ibn Ammar, aún sonriente, intentó calmarla.
– Os lo explicaré todo, sayyida.
– ¡Quiero saber por qué el príncipe no está ocupando el lugar que le corresponde! -gritó.
Ibn Ammar hizo un guiño a los guardias.
– Sí, Sayyida, os lo explicaré todo -prometió. Hubiera podido hacer que los guardias la echaran, pues aquella mujer ya no desempeñaba ningún papel en su juego, era ahora tan poco importante como su nieto; pero no lo hizo. La anciana vivía en un mundo de ilusiones, en el que seguía siendo la gran señora que mandaba sobre media Murcia. Su aspecto era el de una vieja campesina, pero jugaba a ser una gran princesa, aunque sus palabras ya sólo eran obedecidas en su pedregoso y olvidado nido de Aledo, donde se había rodeado de unos cuantos salteadores castellanos que asolaban la región, y a los que habría que detener apenas se presentara la ocasión. O tal vez ya ni siquiera era obedecida en su propio castillo. Ibn Ammar se sentía extrañamente conmovido cada vez que la veía. Sabía que su conducta furiosa no era más que mal humor, que la expresión majestuosa de su rostro no era más que una máscara creada por ella misma. En realidad, la Gallega era una anciana temerosa de la muerte, que se aferraba con desesperada obstinación al sueño de llevar a su nieto a lo más alto del reino de Murcia. Ibn Ammar no podía decirle que ya ni siquiera existía ese reino.
– Sayyida, es cuestión de política previsora. Es mejor mantener al príncipe en un segundo plano durante este periodo de transición. Es joven, y es el legitimo heredero; nadie puede disputarle el lugar que le corresponde. Pero este periodo exige medidas duras y desagradables. Y debemos evitar que éstas echen a perder su prestigio.
Durante las últimas semanas, desde que se instaló en el al-Qasr, Ibn Ammar había observado al muchacho a menudo, con lo cual no había hecho más que confirmar la impresión que de él se había llevado tres años atrás, en Aledo. Por algún inescrutable designio de Dios, el príncipe había adquirido la manera de ser del hombre que, nominalmente, era su padre. Era tan indolente, caprichoso, blando y cretino como lo había sido Hassún ibn Tahir, el hijo de la vieja Gallega. Algún día lo enviaría a su pequeña finca al oeste de Sevilla, donde viviría apartado el resto de sus días. En otoño, o a más tardar la primavera siguiente, ar-Rashid, el cuanto hijo del príncipe de Sevilla, se establecería en Murcia como gobernador y asumiría el control de la parte oriental del reino, con el objetivo de anexionarse luego Almería. No, la Gallega y su nieto ya no tenían cabida allí.
– Acordamos que ese hijo de puta de Muhammad ibn Tahir me sería entregado -dijo la Gallega, recelosa-. ¿Por qué lo tratas con tantos honores?
Ibn Ammar tenía claro lo que sería del qa'id si lo entregaba a la anciana. Le haría pagar el asesinato de su hijo desgarrándole la piel, haciéndolo cocer en aceite hirviendo y descuartizándolo con una sierra. La sayyida no había olvidado, y menos aún perdonado. Era inexorable como un ángel vengador.
– Sayyida -dijo Ibn Ammar-, Muhammad ibn Tahin no escapará a su castigo. Merece la muerte. Pero no emplearemos los medios que empleaba él. -No podía decirle que el qa'id depuesto aún poseía una baza que excluía cualquier medida de castigo: tres castillos de la frontera con Almería estaban ocupados por sus hombres. No podía decirle que ni siquiera había pensado en tomar tales medidas. Era impensable que un príncipe que se había rendido tras dársele un ultimátum fuera tratado de una manera que no fuese honrosa. Había que pensar en los otros príncipes, a quienes se quería convencer de que renunciaran a su poder de manera similar. El qa'id Muhammad ibn Tahír recibiría un palacio adecuado a su rango en Sevilla o Córdoba, además de una generosa pensión. La vieja Gallega se llevaría a la tumba sus ansias de venganza. Ya nadie podía hacer nada por ella, como no fuese desearle una muerte digna, que le evitara enterarse de la verdad.
De pronto, la sayyida le parecía tan tierna y frágil como una niña. Ibn Ammar vio que tenía los ojos llenos de lágrimas, aunque ella intentaba ocultarlo. A veces Ibn Ammar sospechaba que a la sayyida le faltaban las fuerzas para mantener erguido el mundo de ilusiones que había construido a su alrededor. La acompañó a las habitaciones que habían dispuesto para ella y dio las órdenes necesarias para que las criadas le prepararan un baño y la atendieran. Era todo lo que podía hacen por ella.
Cuando volvió a entrar, Salim lo estaba esperando.
– Disculpadme, señor, si me permito hacer una observación -dijo el secretario. Esa era la muletilla introductoria que usaba cada vez que se permitía alguna crítica-. No debéis volver a recibir a esa mujer. En Murcia ven con gran desconfianza la estrecha relación que mantenéis con ella. Tampoco puedo callar que circulan perversos rumores, que os relacionan con el príncipe de una manera bastante peculiar. Se dice incluso que, a causa de estos lazos ocultos y a pesar de vuestras declaraciones, tenéis en mente sentar al príncipe en el trono. -Se volvió, avergonzado de haber tenido que decir aquello, e Ibn Ammar le dio la espalda para no turbarlo aún más.
– No volveré a recibirla, Salim -dijo. El secretario estaba en lo ciento. Se había dejado vencer por sentimientos punibles. La anciana ya le había costado bastante. El fracaso de la primera campaña, tres años atrás, se había debido en gran parte a sus malos consejos y a su desmesurada valoración de si misma. ¡Tres años perdidos! No, ya no había motivo alguno para seguir tratándola con tanta consideración.
Fuera había caído la noche. Un camarero trajo una sencilla túnica blanca de algodón, con una faja para la cabeza a juego, y Salim recordó a Ibn Ammar que sus dos guardaespaldas estaban listos para acompañarlo al bazar. Era una escapada planeada hacía mucho tiempo y postergada una y otra vez. La expresión de Salim delataba que también desaprobaba este plan.
– No te preocupes, Salim -dijo Ibn Ammar, contento-. No estaré fuera mucho tiempo.