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Los dolores habían aparecido por primera vez el otoño anterior. Yunus lo recordaba perfectamente, pues había sido el primer día frío del otoño, ese día en el que toda la ciudad, como obedeciendo un secreto acuerdo, dejaba a un lado las túnicas blancas del verano para echarse encima los oscuros abrigos de lana de cada invierno. Primero había sentido sólo un ligero tirón, una sensación desagradable en el vientre, encima del hígado. Los dolores habían venido y se habían vuelto a marchar. En el invierno se habían hecho más intensos, y ya constantes. Fue entonces cuando empezó a sospechar que tenía un tumor.

Durante un tiempo, pudo vencer el dolor mediante una dieta estricta, pero ya esa primavera se vio obligado a renunciar a su puesto en la corte y, poco después, también a su consultorio. Los dolores se habían vuelto tan insoportables, que no había tenido más remedio que aplacarlos con opio.

Se había suministrado dosis cada vez mayores, hasta que ya sólo yacía en el lecho sin sentir nada ni poder pensar en nada, en un estado de semiinconsciencia. La vieja Dada había muerto, y dos días después había muerto también Ammi Hassán, el anciano criado, sin que Yunus se enterara siquiera.

Cuando en un momento de claridad tomó conciencia de esto, hizo a un lado el opio y reinició la lucha contra el dolor. Varias veces estuvo a punto de terminar con su vida, pero no encontró nunca el valor necesario.

Había adelgazado terriblemente. Desde hacía semanas, su estómago ya sólo toleraba alimentos líquidos, y desde hacía cuatro días ni siquiera eso. Vomitaba todo lo que Karima le daba.

Ese sabbat, había invitado a su casa a todos sus amigos, para despedirse de ellos. Se sentía sorprendentemente fresco, la vida volvía a defenderse con todas sus fuerzas contra la muerte, hasta los dolores parecían soportables, como si su cuerpo hubiera terminado por acostumbrarse a ellos. Los postigos de madera cubrían la ventana, impidiendo la entrada del calor.

Hatillos de hierba colgaban tras ellos para dar un aroma fresco al aire que pasaba. La habitación estaba sumida en una tenue penumbra.

Escuchó la voz de Karima; estaba en el patio, hablando con la mujer de Toledo, y de repente el bebé empezó a berrear y las dos mujeres intentaron calmarlo, creyendo, probablemente, que el llanto lo molestaría. Pero no era así. Yunus encontraba más bien consuelo en la idea de que allí fuera se anunciaba una nueva vida, mientras la suya llegaba a su fin. Él mismo había ayudado a traer a ese niño al mundo. Sus padres habían llegado de Toledo en primavera. Durante el viaje habían sido asaltados y les habían robado todo lo que tenían. Yunus los había acogido en su casa. Desde la muerte de Dada, la mujer se ocupaba de la casa y ayudaba a Karima con sus obligaciones.

Tras el servicio religioso fueron a la casa sus hijas, Nabila y Sarwa, con sus familias, y al-Rashidi, el farmacéutico. Ibn Eh había tenido que aceptar una invitación urgente a una reunión de los notables de la comunidad, en casa del nasí. También faltaba Zacarías. Había salido de su casa, junto con Karima, a primera hora de la mañana para visitar en el hospital a dos pacientes que habían sido operados el día anterior. Luego había ido a la sinagoga, pero no había llegado a tiempo.

Ibn Eh y Zacarías no llegaron a la casa hasta pasado el mediodía, cuando todos, salvo Karima, se habían manchado ya. Estaban extrañamente serios y parcos, y Yunus advirtió que les costaba mucho hallar el tono que suele emplearse al pie de un lecho de enfermo. El rostro de Zacarías resultaba impenetrable.

– ¿Qué ha pasado? -preguntó Yunus-. ¿Qué os ha demorado?

– Sentía que le estaban ocultando algo.

– Nada importante -respondió rápidamente Ibn Eh-. Nada por lo que debas preocupante.

Yunus vio la mirada de Karima dirigida con expresión interrogante al rostro de Zacarías, y vio cómo Zacarías movía ligeramente la cabeza, y esbozaba luego una sonrisa ausente al descubrir que Yunus lo estaba observando.

– ¿Qué pasa? ¿Queréis evitarme las malas noticias? -preguntó Yunus, en tono de reproche.

– Deberías intentar dormir un poco, padre -dijo dulcemente Karima.

Yunus apartó la mano de su hija.

– Tengo bastante tiempo para dormir. ¡Quiero saber qué es lo que está pasando aquí! -Los observó uno a uno, y como todos apartaron la vista, miró a Zacarías a los ojos y dijo-: Puedo imaginarme lo que ha pasado. En el hospital te han entregado tus instrumentos y tus libros y te han mostrado la puerta. Es eso, ¿verdad?

Examinó el resultado que producían sus palabras en el rostro de Zacarías.

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Ibn Eh.

– No sé nada, sólo hago suposiciones -dijo Yunus-. Pero desde hace varias semanas estoy esperando que caiga el rayo y se desate la gran tormenta.

– Basándote en qué información? -preguntó Ibn Eh.

– ¡Ay, mi querido Etan, qué quieres que te diga! -respondió Yunus-. Se está anunciando desde hace meses. Yo mismo he podido verlo, cuando aún me tenía en pie. Las mezquitas llenas como nunca antes, la repentina hostilidad surgiendo por doquier. Al-Balia, el nasí, no ha sido recibido por el príncipe desde hace ocho semanas, como mínimo. En su lugar está un nuevo astrólogo de Bizancio o de no sé dónde. Zacarías continúa en la lista de los médicos de la corte, pero hace casi diez meses que no han vuelto a llamarlo. E igual pasó conmigo. Ni una sola consulta en cinco meses, hasta que yo mismo tuve que renunciar por mi enfermedad. No hay un solo comerciante judío que no se queje de que han bajado las ventas. Hace tres semanas, esos disturbios en Taryana contra el despacho de vinos. Hace una semana, los aguateros, que de pronto se negaron a suministrar agua a las casas judías. Todo apunta en la misma dirección. La atmósfera está tan cargada que casi se podría cortan con un cuchillo.

– Has sabido intuirlo mejor que yo -dijo Ibn Eh en tono sombrío.

– Es posible -dijo Yunus-. Quizá uno se vuelve más perspicaz cuando no está implicado en el asunto. -Paseó la mirada entre Zacarías e Ibn Eh-. Así pues, ¿qué ha pasado en casa del nasí? ¿Es que no va a decírmelo nadie?

Ibn Eh intercambió una breve mirada con Zacarías y dijo luego, en voz baja:

– Corren rumores de que Ibn Ammar ha perdido el favor del príncipe.

– Más que rumores -añadió Zacarías.

– ¿Tan mal están las cosas? -preguntó Yunus. Y dirigiéndose a Zacarías, añadió, preocupado-: ¿Así que lo que yo suponía era cierto?

– No me han echado a la calle -respondió Zacarías con una amarga sonrisa-. Pero me han sugerido que abandone mi puesto antes de que llegue una orden de arriba.

– ¿Qué motivo alegan? -preguntó Yunus.

– Ninguno -dijo Zacarías-. Todo el mundo da por sentado que soy un hombre de Ibn Ammar, así que intentan deshacerse de mi. Toda la gente de Ibn Ammar está abandonando sus cargos.

– ¿No hay esperanzas? -preguntó Yunus.

Ibn Eh se encogió de hombros. Callaron, turbados, y por un momento la enfermedad de Yunus pareció quedar olvidada ante las preocupaciones del día.

Fuera, el bebé seguía llorando, sin que su madre pudiera calmarlo.

– ¿Se sabe cuál ha sido el motivo del cambio? -preguntó Yunus un rato después.

– Nada preciso, sólo rumores -dijo Ibn Eh-. Se dice que Ibn Ammar ha llegado a un acuerdo con el rey de León para ponerse bajo su protección.

– Pero eso es completamente absurdo -protestó Yunus.

– Es lo que se dice -ratificó Ibn Eh, encogiéndose de hombros-. Y es lo que la gente cree. Lo que creen los altos cargos, sobre todo.

– Fue un error que dirigiera él mismo esa campaña -dijo Yunus-. Fue un error desde el principio. Se equivocó al alejarse tanto. Se equivocó al dejar solo al príncipe durante tanto tiempo, en esta mala época.

– Circulan por ahí poemas sarcásticos sobre el príncipe -dijo Zacarías en voz baja.

– De eso hemos hablado hoy en casa del nasí -confirmó Ibn Eh-. Por lo visto, cierto poetilla caprichoso, un judío de Valencia, ha traído consigo unos cuantos versos burlones que, según dicen, han sido escritos por Ibn Ammar.