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– ¡Señor! ¡Sayyid! ¡Tenemos que largarnos de aquí! ¡Escuchadme, sayyid, tenemos que irnos!

De pronto vio a Karima, a menos de cincuenta pasos, de pie con su oscuro vestido de luto, la espalda recta y extrañamente serena en medio de la caótica muchedumbre, hasta que el caballo sin jinete le cubrió la vista. Quienes intentaban ponerse a salvo de sus cascos corrían unos contra otros, empujándose y, al agarrarse, cayendo al suelo; hombres, mujeres, niños, todos revueltos, mientras otros huían pisoteando sin contemplaciones a los caídos. Finalmente, el caballo consiguió soltarse y, aterrorizado, galopó relinchando y con la cabeza en alto hacia donde se encontraban los otros jinetes, que habían retrocedido hacia el camino que llevaba a la puerta. Karima ya no estaba a la vista. Lope la buscó en vano con la mirada. La calle empezaba a quedar vacía, y Lope observó una a una a las personas que yacían en el suelo, entre la gente que huía.

De pronto se abalanzó hacia delante, se abrió paso como pudo entre la multitud y se precipitó en dirección al lugar donde suponía que estaba Karima.

– ¡Señor! ¡No! -oyó gritan a Lu'lu-. ¡Sayyid, regresad! ¡Por favor, sayyid!

Lope no hizo caso. Siguió corriendo entre la multitud. Un hombre vestido de blanco con la boca abierta en un grito desgarrador fue hacia él, esgrimiendo una estaca. Lope dio un paso a un lado y puso una zancadilla al hombre, que fue a caer sobre el empedrado. Más adelante, tres hombres estaban apaleando a una mujer que yacía indefensa en el suelo. Lope dio un golpe en la nuca al que tenía más cerca y empujó a un lado al segundo, que se había arrojado sobre él. Eran chicos muy jóvenes, pequeños granujas adolescentes. Ayudó a la mujer a levantarse. No era Karima.

Miró a su alrededor. La comitiva fúnebre se había disuelto. Los hombres que habían atacado el cortejo tenían la calle en sus manos, ya casi eran mayoría, y estaban a la caza de los rezagados, que no habían conseguido huir lo bastante rápido y ahora se apiñaban asustados. Unos pocos harapientos, que parecían salidos del mercado de jornaleros, intentaban arrancar los trajes a los que yacían en el suelo. Huyeron cuando Lope se acercó a ellos. Seguía sin encontrar a Karima.

– ¡Sayyid, tenemos que irnos! ¡Es muy peligroso! -se lamentaba Lu'lu, detrás de él.

En ese mismo instante la vio. Estaba agachada al borde de la calle, a la sombra de la pared de una casa. Tenía una mano en los ojos, y con la otra intentaba levantarse apoyándose en la pared, sin conseguirlo.

Lope llegó hasta la mujer de un par de zancadas.

– ¡Karima! -dijo-. ¡Karima!

Ella no respondió. Parecía no oírlo.

Vio que Karima tenía sangre en las manos y entre los cabellos, debajo de las cenizas. Algo la había golpeado en la cabeza. No podía ponerse en pie. Lope tuvo que ayudarla. En ese mismo instante oyó un grito apagado, y vio a un hombre resbalar de espaldas contra la pared de la casa hasta caer al suelo. Al levantar la minada, vio que Lu'lu rechazaba con los puños a dos hombres que intentaban arrojarse sobre él.

– Señor, tenemos que marcharnos, son cada vez más, y no es casualidad que esta gente esté aquí -gritó Lu'lu.

Lope se agachó, cargó a Karima en sus brazos y empezó a andar con ella en brazos. Era pesada, y Lope avanzaba lentamente. La cabeza de la mujer se sacudía de un lado a otro. Cruzaron la calle para llegar al lado que limitaba con el barrio judío. Escuchó a Lu'lu, que corría detrás de él para protegerlo, increpando en árabe a los hombres que los seguían. Finalmente llegaron a la desembocadura de la calleja por la que habían venido. Lope se detuvo, respirando con dificultad, y se apoyó contra una pared, para coger mejor a Karima. Entonces, de repente, advirtió que ella estaba volviendo en sí. Karima sacudió la cabeza, abrió los ojos parpadeando, se apartó de la frente los mechones de cabello impregnados de sangre, y miró fijamente a Lope, que se quedó sin habla y no atinó a hacer nada mientras ella se liberaba de sus brazos. Lope tuvo que sostenerla del brazo para que no se cayera, pero ella rechazó su ayuda y escapó de él. Lope la vio alejarse por la calleja, tambaleante, apoyándose con ambas manos en la pared. Karima no se volvió a mirar, ni tampoco se detuvo hasta desaparecer en la siguiente esquina.

– No ha sido lo que se dice agradecida -dijo Lu'lu, mirando a Lope con expresión interrogante-. ¿La conocíais? Daba la impresión de que la conocíais.

– Era la hija del hakim -dijo Lope.

– ¿La hija del hakim? -repitió Lu'lu, maravillado-. ¡La hija del hakim!

Ese mismo día, al atardecer, llegó un mensajero de Guarda con la noticia de que el conde estaba enfermo, y con la orden de que emprendieran inmediatamente el viaje de regreso.

Lope estaba preparado. Llevaba días esperando la orden de partir. Se marchaba de Sevilla a disgusto, pero esta vez la despedida no sería tan dolorosa, pues Nujum lo acompañaría a Guarda. Se había hecho amiga de la princesa que contraería matrimonio con el joven conde. La princesa había insistido en que Nujum le hiciera compañía durante el viaje en su litera tirada por mulas.

Partieron dos días después.

45

MURCIA
MARTES, 18 DE RABí I, 475
16 DE AGOSTO, 1082 // 20 DE ELUL, 4842

Habían partido con las primeras luces del alba, con la intención de llegar a la ciudad antes de que empezara el calor. Había siete horas de viaje entre Alhama y Murcia, pero habían aprovechado el frescor de la madrugada para cabalgar desde el principio a un ritmo trepidante, de modo que ahora, a las tres horas de viaje, ya casi habían llegado a Alcantarilla. A esa hora el sol ya ardía sin clemencia en el cielo, pero el camino pasaba a través de las huertas y estaba casi completamente bordeado de árboles. A la sombra, el calor todavía podía soportarse.

Hadi y Djabin cabalgaban por delante, seguidos de Ibn Ammar y, a su izquierda, Salim, su secretario. La escolta los seguía a una cierta distancia. Ibn Ammar había hecho una visita semioficial a Lorca y se había presentado luego en algunos castillos, para comprobar su lealtad y afianzarla con regalos y promesas. Dos o tres hábiles movimientos de Ibn Rashiq lo habían obligado a confirmar el apoyo que aún tenía fuera de Murcia. El señor de Baldj llevaba semanas evitando el encuentro deseado por Ibn Ammar. Bajo curiosas circunstancias, Ibn Rashiq había dejado escapar a Muhammad ibn Tahír, y poco después había conquistado en un ataque sorpresa los tres castillos de la frontera con Almería que seguían en manos de los vasallos del depuesto qa'id de Murcia. Había ocupado estos castillos con sus propios hombres, a pesar de que, según los acuerdos pactados, correspondían a Ibn Ammar. Hasta ahora no había dado respuesta a las recriminaciones que le había hecho Ibn Ammar con este motivo. Ahora la situación empezaba a aclararse.

El día anterior, cuando llegaron a Alhama, los estaba esperando un mensajero de Murcia. El naqib que comandaba las tropas sevillanas acantonadas en la ciudad, y que suplía a Ibn Ammar durante la ausencia de éste, había enviado al mensajero con la noticia de que Ibn Rashiq había anunciado que daría la cara en los días siguientes. La noticia era sorprendente. ¿Por qué Ibn Rashiq estaba dispuesto a transigir, así, tan de repente?

Ibn Ammar había dedicado largas horas a reflexionar sobre el asunto, sin hallar ninguna explicación definitiva. En cualquier caso, era de esperar que el encuentro traería, cuando menos, una decisión. Necesitaba tener las cosas claras en Murcia, para poder emprenden lo antes posible el viaje de regreso.

Un día antes, en Totana, había recibido una carta de Sevilla. No se la había entregado un emisario oficial, sino un comerciante judío, a quien se la había entregado otro comerciante en Jaén. La carta informaba de alarmantes sucesos en la corte de Sevilla, de perversos rumores y escandalosas calumnias, y no estaba firmada, lo que casi la hacía aún más inquietante.