Ibn Ammar sabía quiénes eran sus enemigos: Abú Bakr ibn Zaydún, el hijo del antiguo hadjib; las grandes familias, que lo consideraban un arribista; la princesa y sus partidarios; Ibn Dama, qadi general del reino, y sus fanáticos fieles, que le criticaban su indiferencia en cuestiones religiosas y sus buenas relaciones con don Alfonso, el rey de León. Ibn Ammar estaba acostumbrado a que intentaran derribarlo tan pronto como dejaba la corte. Pero ahora estaban empleando una nueva estrategia.
La carta traía también dos poemitas que circulaban en la corte, y que, supuestamente, había escrito el propio Ibn Ammar. Los poemas eran refinadas chapuzas que imitaban su estilo y, con gran conocimiento, apuntaban directamente al susceptible orgullo del príncipe. El primero era una cuarteta, que se burlaba del príncipe y de su padre. No muy artística, pero eficaz:
y resulta peor el hijo que el padre.
ruge como un león, mas es un gato cobarde.
El segundo era una sátira ponzoñosa que intentaba ofender el honor del príncipe, una perversa canción satírica, tanto más peligrosa por cuanto había sido escrita por un conocedor, capaz de imitar casi perfectamente el ritmo poético de Ibn Ammar. Empezaba inofensivo, al estilo clásico, como si se tratara de una respuesta a aquel famoso poema que compusiera el príncipe años atrás, recordando los años de juventud pasados con Ibn Ammar en Silves:
Saluda en Sevilla a los nobles pastores,
que allí levantan su tienda, saluda a sus hijos, a sus mujeres…
Luego, tras algunos versos, el poema pasaba, con punzante hostilidad, a recordar el origen vulgar de la princesa, sacaba partido del hecho de que sus primeros hijos no los había tenido siendo la mujer principal de al-Mutamid, sino su concubina, para así tildar a los príncipes de bastardos. Luego se burlaba de las piernas cortas de los príncipes, que habían heredado de sus padres, y finalmente retomaba aquella vieja calumnia que, hacía más de un cuanto de siglo, había imputado a al-Mutamid, por aquel entonces sólo un muchacho de dieciséis años, una relación homosexual con Ibn Ammar. Y lo más pérfido de todo era que esta parte del poema era presentada como una confesión íntima del supuesto autor:
Yo sabía entonces que era prohibido nuestro obrar.
Tú sólo decías: no lo es, si nos sabemos amar.
Luego seguía una abierta amenaza de revelar más secretos, y, como cierre, una sonora bofetada:
Tú, falso príncipe, quien edificará sobre tus haberes,
¡si hambreas a invitados y prostituyes a tus mujeres!
En un primer momento, lbn Ammar, furioso y espantado, se había puesto a escribir enseguida un poema de réplica a la sátira que se le atribuía, para ahogar las viles calumnias en una fanfarria de flamante indignación. Pero pronto lo había dejado. Ya el mero intento de exculparse habría sido visto en la corte como un reconocimiento de su culpabilidad. Si el príncipe otorgaba un mínimo crédito a las injurias, cualquier escrito, del estilo que fuere, no haría sino empeorar aún más las cosas. Tenía que hablar personalmente con al-Mutamid. Tenía que volver a Sevilla tan rápido como fuese posible.
Se volvió hacia Salim:
– ¿Cuánto tiempo necesita un barco en esta época del año para llegar de Cartagena a Sevilla? -preguntó Ibn Ammar a su secretario, que conocía tanto la carta como los poemas.
– ¿Un barco vos o para un emisario?
– Para mí -dijo Ibn Ammar.
Salim lo miró de reojo, como queriendo escudriñar en su mente.
– Si este año el simún cesa cuando debería hacerlo, ya sólo soplará tres o cuatro días más. Luego no habrá viento. Necesitaréis una galera…
– ¿Cuánto tiempo? -lo interrumpió Ibn Ammar.
– Diez días, como mínimo -dijo Salim, titubeando-. Suponiendo que haya una galera en el puerto.
Siguieron cabalgando en silencio. Habían llegado a Alcantarilla, pero rodearon la ciudad trazando un amplio arco. No querían llamar la atención. Ibn Ammar no quería que le prodigaran grandes recibimientos.
Por la rectísima carretera que se extendía ante ellos apareció de pronto un jinete, que se les acercaba a todo galope. Los lanceros de la avanzada, que cabalgaban unos doscientos pasos más adelante, lo detuvieron y le mandaron que desmontara al borde de la carretera. Ibn Ammar vio lo que ocurría sin prestar mucha atención.
– ¡Quisiera saber de dónde ha salido este maldito poema! -dijo.
Salim movió la cabeza, pensativo.
– ¿Almería? -sugirió-. ¿Valencia?
Hacía apenas un mes, el príncipe de Valencia había recibido en su corte con todos los honores a Muhammad ibn Tahír, tras la fuga de éste. Acto seguido, Ibn Ammar había hecho circular por la ciudad un par de versos encendidos, en los que incitaba a la población a levantarse contra su príncipe. Si la sátira era una respuesta a aquello, tendría que haber sido enviada a Sevilla inmediatamente.
Llegaron al punto donde el jinete esperaba al borde de la carretera, de pie junto a su caballo. A su lado había dos campesinos, a quienes la avanzada también había mandado despejar la carretera. Ibn Ammar y los suyos pasaron sin prestar atención a aquellos hombres, hasta que, de repente, el jinete echó a correr y, gritando a viva voz, intentó ponerse frente al caballo de Ibn Ammar dando un rodeo alrededor del de Salim.
– ¡Mawla! ¡Señor! ¡Poderoso hadjib! -gritó el hombre-. ¡Concededme una gracia, sublime señor! ¡No lo pido por mí, señor! ¡Una gracia, señor, por la misericordia de Dios! -Era un hombre joven.
Djabir se había girado para ahuyentarlo, pero el hombre esquivó la lanza con que intentaba apartarlo, y gritó desesperado:
– ¡Señor, oídme, os lo ruego!
Ibn Ammar levantó la mirada de mala gana, no estaba de humor para atender a un suplicante, pero por un instante, antes de que el caballo de Djabir se interpusiera entre ambos, vio el rostro del hombre y tiró violentamente de las riendas de su cabalgadura. Era el joven del bazar, el hijo de Zohra.
De algún modo, Ibn Ammar consiguió ordenar con voz más o menos serena a Djabin que dejara al joven, e hizo girar su propio caballo de manera que se interpuso entre el muchacho y el capitán de la escolta. Un angustioso presentimiento se apoderó repentinamente de él mientras el joven se inclinaba para besar sus estribos. Ibn Ammar le impidió que lo hiciera.
– ¿Qué pasa? -preguntó.
El joven le dirigió una mirada indefensa, volviéndose a medias hacia Djabir, que seguía detrás de él, con la lanza lista para atacar.
– Está bien. Puedes hablar. Sé quién enes -dijo Ibn Ammar en voz baja. Vio de reojo que el capitán lo estaba observando, al tiempo que se acercaba lentamente.
El joven se agarró firmemente de la silla de Ibn Ammar.
– Estáis en peligro, señor -dijo susurrando. Su voz no delataba temor alguno-. Debo daros un mensaje, señor -dijo, entregando a Ibn Ammar una hoja de papel plegada varias veces-. Os ruego que destruyáis este papel después de leerlo. -Miró a Ibn Ammar con expresión seria, como si esperara una confirmación.
Ibn Ammar lo cogió de la manga.
– Espera -dijo con voz serena. Y volviéndose a Salim, dijo en voz alta-: ¡Anota su nombre! -Dio un nombre falso. Luego se sacó el anillo con el sello y lo apretó contra la mano del joven-. ¡Ponte a salvo! -dijo-. ¡Date prisa! ¡Y ten cuidado!
– Si -dijo el joven asintiendo muy seriamente, al tiempo que se retinaba hacia el borde de la carretera caminando hacia atrás y haciendo profundas reverencias.
– ¡Gracias, señor! -gritó-. ¡Que Dios os bendiga, señor! ¡Que Dios vierta sobre vos todos sus dones! ¡Que Dios os proteja en todos los caminos, señor! -Desempeñaba muy bien su papel.