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Ibn Ammar espoleó su caballo. Encontró una mirada interrogante en el rostro de Hadi y asintió con un movimiento de cabeza apenas perceptible. Al parecer, Hadi también había reconocido al joven.

– ¡Que Dios pose sus ojos sobre vos, señor! ¡Que Dios os bendiga, señor! -siguió gritando el muchacho mientras ellos se alejaban.

Ibn Ammar escuchó la voz del joven y tuvo que apretar los dientes para no ceder a la irresistible tentación de volver la mirada una vez más. No podía volverse; de hacerlo, estaría poniendo al joven en peligro de muerte. No podría intentar nada hasta que el joven estuviera lo bastante lejos de allí. Desplegó la hoja de papel. Reconoció la letra. Era la letra de Zohra. Unas pocas líneas, escritas con gran premura:

¡Oh Abú Bakr, que Dios sea contigo! El hombre al que dejaste en tu puesto ha dejado entrar en el al-Qasr a Ibn Rashiq. Ha dado la orden de que seas apresado y llevado a Sevilla encadenado. Te envío a mi hijo para alertarte. Él es mi vida entera, piensa en ello. ¡Él es mi vida entera!

Ibn Ammar se quedó mirando fijamente el trozo de papel que tenía entre las manos, y un cálido sentimiento de dicha lo invadió de repente. Era como si aquel mensaje no le afectara en absoluto. Se sentía bien. Allí tenía la prueba que ya nunca se habría atrevido a esperar. Allí tenía la respuesta que Zohra no había querido darle en el antepatio de aquella pequeña mezquita cercana a la Puerta del Río. «Te envió a mi hijo.» No habría enviado a su hijo a alertarme si éste fuera hijo de otro hombre, pensó Ibn Ammar, llenándose de orgullo.

Sólo poco a poco fue tomando conciencia del alcance de la noticia que tenía en las manos. Por lo visto, habían llegado emisarios de Sevilla. Pero no se habían detenido a hablar con Ibn Ammar. Hasta ahí todo estaba claro. Ibn Ammar había sido juzgado y condenado. El príncipe debía de haber estipulado que Ibn Rashiq lo sucediera en Murcia, pues el naqib jamás habría entregado el al-Qasr al señor de Baldj sin orden expresa del príncipe. No cabía otra explicación. Dejando de lado la desgracia personal de Ibn Ammar, la decisión del príncipe era un error fatal. Ibn Rashiq despediría a las tropas sevillanas apenas se presentara la oportunidad, y declararía Murcia independiente. Todo estaba perdido.

Pasó un largo rato sin ser capaz de hilvanar un solo pensamiento claro. Hizo trizas el papel en el que había leído su sentencia de muerte y dejó caer los trocitos al suelo. Cuando hubo dejado atrás el último fragmento de papel, su cabeza empezó a pensar con claridad.

Tenía que darse prisa. Estaban a sólo una hora de Murcia. No le quedaba mucho tiempo si quería intentar algo para salvarse.

Contó a Salim lo que ocurría. El secretario se quedó mirándolo boquiabierto, mudo de espanto. Era un buen hombre, y un fiel consejero, pero no servía de gran ayuda en situaciones críticas. Se volvió espantado hacia la escolta.

– Tranquilo, Salim -dijo Ibn Ammar-. Comportémonos de modo que no llamemos la atención.

– Perdonadme, señor, pero si es como vos decís, probablemente en Alhama un mensajero…

– Puedes estar seguro, Salim. Puedes estar seguro -dijo Ibn Ammar-. La escolta ya no nos sigue para protegernos, sino para vigilarnos.

– ¡Pero son hombres de vuestra guardia personal! ¡El capitán os lo debe todo a vos!

– Es posible que les hayan mostrado una carta con el sello del príncipe. Los soldados sólo son leales a los señores victoriosos. -El evidente temor de Salim ponía cada vez más nervioso a Ibn Ammar-. Cuenta a los lanceros que van en la avanzada -dijo-. Hasta ayer la avanzada estaba formada siempre por sólo cuatro hombres. Desde Alhama son ocho.

Salim se quedó mirando desesperado a los jinetes que cabalgaban delante de ellos, como si quisiera contarlos uno a uno, cuando podía verse de un vistazo cuántos eran. Estaba pálido como un cadáver.

– ¿Qué habéis pensado hacer, señor? -preguntó con la lengua seca.

– Intentaremos escapar -dijo Ibn Ammar, mostrando los dientes en una sonrisa.

Pusieron al corriente de lo que ocurría a Djabir y Hadi y, entre los cuatro, empezaron a calcular sus posibilidades.

Sólo había un refugio seguro y a una distancia accesible: Aledo, el nido pedregoso de la vieja sayyida, de la Gallega. El castillo se encontraba en la dirección de la que venían. Tenían que regresan a Alhama, seguir otras dos horas río abajo hacia Totana y, una vez allí, internarse en las montañas. Tenían mejores caballos que los hombres de la escolta, pero Salim era un mal jinete, y la edad de Ibn Ammar también hacía dudar de que estuviera en condiciones de efectuar una cabalgada tan larga a marcha forzada.

– Podemos ahorrarnos esas reflexiones -dijo Ibn Ammar, como para infundirse valor-. No nos queda otra salida.

Examinaron el terreno a ambos lados de la carretera. Sólo tendrían una oportunidad de escapar si conseguían de algún modo hacer un arco alrededor de los hombres de la escolta y regresar a la carretera detrás de ellos. Estaban en medio de las huertas. A derecha e izquierda de la carretera se extendían leguas de verde, pequeños sembrados rodeados por zanjas de riego, viñedos, campos de hortalizas, plantaciones de frutales. De las grandes ruedas de molino del río salían canales de distribución dispuestos sobre paredes más altas que un hombre, que dividían el verde fondo del valle en porciones regulares y atravesaban la carretera en puentes en forma de arco. Estos canales estaban flanqueados por caminos para carros, que desembocaban en la carretera. La pregunta era si en el interior de las huertas también había caminos paralelos a la carretera. No podían verlo: los árboles y viñas les estorbaban la visibilidad. Sólo cabía esperar que el capitán no adivinara sus intenciones y que los siguiera ciegamente. Si conseguían llevarlo lo bastante lejos de la carretera y encontraban luego un camino secundario, por el que pudieran retroceder la porción de terreno que separaba un canal del siguiente, habrían ganado una ventaja considerable.

Divisaron el siguiente canal y acordaron un orden: primero Djabir; luego Ibn Ammar; detrás de éste, Salim, y, cerrando la fila, Hadi. Djabir tendría la misión de ahuyentar del camino a los campesinos. Hadi intentaría mantener a distancia a la escolta. Hadi era un maestro con el arco.

Cuando llegó el momento, sacaron sus caballos del paso al galope, y la sorpresa los ayudó a ganar una cierta ventaja. El camino paralelo al canal estaba desierto. Djabir se internó en éste gritando tanto como podía. Sólo cuando estaban ya treinta o cuarenta pasos en el interior de las huertas, giraron por el camino los primeros hombres de la escolta.

Corrieron a todo galope a lo largo del muro sobre el cual fluía el canal. Oyeron que el capitán espoleaba a sus hombres con estridentes órdenes. Estaba haciendo precisamente lo que habían esperado de él; lo acompañaba toda su jauría. Djabir se volvió, señaló hacia delante con la mano libre, en la que llevaba la lanza, y se precipitó en diagonal hacia un camino lateral. Allí estaba el sendero que habían buscado. Ibn Ammar miró a su alrededor antes de girar, y vio con espanto que el capitán había detenido su caballo y estaba intentando explicar a sus hombres con gritos y agitados movimientos de brazos que dieran media vuelta y volvieran por la carretera. No eran tan tontos como habían supuesto. Ibn Ammar tenía que haberlo sabido. Él mismo había elegido a aquel hombre y lo había nombrado capitán.

Ahora corrían un grave peligro. Si los últimos jinetes de la escolta reaccionaban con la suficiente rapidez, les contarían el camino de regreso a la carretera.

Ibn Ammar se volvió en su silla.

– ¡Hadi! -gritó, indicándole con un expresivo gesto que se colocara al frente del grupo. El peligro ya no venía de detrás, los esperaba en la desembocadura del camino en la carretera. Hadi montaba el caballo más veloz y era el más ligero de los cuatro. Hadi tenía que conseguir llegar a la carretera antes que los lanceros.