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ALCÁNTARA
VIERNES 19 DE AGOSTO, 1082
23 DE ELUL, 4842 // 21 DE RABÍ 1,475

Al anochecer del noveno día de viaje llegaron a Alcántara. Habían hecho el largo viaje desde Sevilla de un sólo tirón. El grupo lo formaban el joven conde, Lope y los otros hombres del séquito; la princesa, que viajaba en su litera tirada por mulas, y sus criados, criadas y doncellas, más los once hombres de la escolta, encargados de protegerla. Nujum iba en litera, con la princesa. También los acompañaban Zacarías, el médico judío, y Karima, su mujer, que se habían unido al grupo en Mérida. Los judíos habían pensado ir a Zaragoza, y para ello llevaban dos mulas cargadas con todos sus enseres domésticos, pero Lope los había reconocido, y el joven conde los había invitado a Guarda, para que Zacarías tratase la enfermedad de su padre.

La mañana de ese día el grupo se había dividido. El grupo principal, en el que iban las mujeres, había salido por delante. Lope estaba en el segundo grupo, que no llegó a las puertas de la ciudad hasta el atardecer. Vio la ciudad frente a él. El sol estaba ya tan bajo que parecía haberse posado sobre los tejados. Lope conocía aquello, conocía el camino que rodeaba la ciudad por el este y conducía al río por un sendero escarpado y sinuoso. Había recorrido muchas veces ese camino; la primera, cuando aún era un chico, con el capitán. También conocía el puente que había dado nombre a la ciudad, el puente sobre el Tajo, que no aparecía ante los ojos hasta que no se había dejado atrás el último recodo del camino, y cuya sola visión le cortaba el aliento a cualquiera, por muchas veces que lo hubiese visto antes. Qantarat as-Saif, como era llamado en árabe: el puente de la espada. Seis colosales arcos, el mayor de casi sesenta codos de ancho, sostenían a más de cuarenta hombres de altura, sobre el río, una calzada tan ancha que fácilmente podían pasar dos carros al mismo tiempo. Sobre los pilares centrales se levantaba una puerta en forma de arco, hecha con imponentes bloques de piedra labrada. El gran puente, una de las maravillas del mundo, como decía la gente. No lo verían hasta el día siguiente. Habían pensado pasar la noche en la ciudad. El grupo principal, con las mujeres y los jinetes moros de la escolta, ya debía de haberse instalado.

Dejaron que los caballos avanzaran a paso lento, pues no tenían ninguna prisa. Eran ocho. El joven conde y el infanzón de su séquito, con sus dos mozos, además del maestro cetrero y su ayudante, y por último, Lope y Lu'lu, el criado negro que habían ofrecido como regalo de despedida al joven conde. Tenían un día agotador a sus espaldas, pero estaban de un humor espléndido, pues había sido un buen día, a pesar de haber comenzado tan mal.

Por la noche había caído una tormenta, y uno de los dos halcones del joven conde, probablemente inquieto por los truenos y relámpagos, había conseguido de algún modo librarse de sus ataduras y había escapado con las primeras luces del alba. Cuando advirtieron la pérdida, el halcón ya no estaba a la vista.

El joven conde había montado en cólera, y el maestro cetrero, llevado de un primer impulso de rabia, casi había matado a su ayudante. El halcón había sido un regalo del príncipe ar-Rashid; era un halcón de monte, un animal noble, tan bueno como otros pájaros más grandes, y experto cazador ya desde su segundo vuelo. El joven conde no estaba dispuesto a continuar el viaje sin, por lo menos, haber hecho el intento de recuperarlo. Por eso había enviado al grueso del grupo por delante, mientras ellos ocho se quedaban a buscar el halcón.

La noche en que escapó el halcón la habían pasado en un pueblo aledaño a la gran carretera que iba de Mérida a Salamanca, unas pocas millas al sur del Tajo. La gente del pueblo les informó que en las depresiones del río, al noreste, habitaba una colonia de garzas, donde quizá podrían encontrar al halcón. De camino hacia allí, intentaron una y otra vez atraerlo con gritos y pitidos, y hasta con artes de altanería, pero el halcón no se dejó seducir; ni siquiera llegaron a verlo. Luego, cuando por fin tuvieron a la vista los árboles repletos de nidos, de pronto una garza pasó volando sobre sus cabezas. Una garza enorme, que regresaba a su nido con el buche lleno. Arrojaron sobre ella al segundo halcón del conde, en la vaga esperanza de que el primero pudiera sumársele, pues muchas veces habían cazado garzas juntos.

Al ver al halcón, la garza subió en una cerrada espiral y dejó caer todo lo que llevaba en el estómago y en el buche, para perder peso. La siguieron en su intento de escapar río arriba. El halcón atacó valientemente, pero solo no tenía posibilidad alguna, y ya estaba a punto de darse por vencido cuando, de pronto, como una piedra cayendo de entre las nubes, el buscado halcón de monte se sumó al ataque. Se entabló un fiero combate aéreo. Los halcones caían alternativamente sobre la garza, en audaces ataques, mientras ésta, por su parte, intentaba defenderse con violentos picotazos, poniendo la cabeza sobre el lomo cuando era atacada desde arriba, revolviéndose en el aire cuando los halcones parecían acercarse demasiado.

Al joven conde y los suyos les resultaba difícil seguirlos a caballo por aquel terreno pedregoso y poblado de arbustos, y temían que la garza pudiera cruzar el río y dirigirse hacia el norte. Pero, finalmente, los halcones abatieron a la garza. Y el arrojo de las aves de presa, sumado al buen término de la busca, que había propiciado un inesperado pero magnifico día de caza, les hizo olvidar el mal rato pasado.

Cuando entraron en el suburbio de Alcántara, el conde mismo llevaba en el brazo al halcón reencontrado. Buscaron al resto de su gente. No sabían dónde se habrían alojado, si en el castillo o en una taberna. No se veía a nadie. De pronto, un posadero salió rápidamente a la calle haciéndoles señas. Tenía noticias confusas: un jinete avanzado le había avisado de la llegada del grupo, pero el grupo que se correspondía con la descripción había pasado de largo hacía un cuarto de hora, siguiendo viaje en dirección al puente. Nadie se explicaba qué habría ocurrido, de modo que, finalmente, el joven conde decidió enviar a Lope a buscarlos. Tal vez la princesa había querido admirar el famoso puente antes de oscurecer.

Lope hizo una señal a Lu'lu para que lo acompañara, y los dos salieron carretera abajo a trote ligero. Un hombre venía en dirección contraria, azuzando a su caballo a gritos para que subiera la cuesta. Algunos hombres y mujeres bajaban corriendo por el sinuoso camino que llevaba directamente a la ciudad a través de la empinada ladera. Vieron el puente, negro y majestuoso sobre el resplandor del sol en el ocaso. Vieron también, sobre el río, la espada, colgada del arco más alto. En el puente, a ambos lados de la puerta en forma de arco, unas pocas personas caminaban en una y otra dirección. Pero no se veía a nadie del grupo del conde, ni un solo jinete ni un solo caballo.

Cuando llegaron al puente, el sol estaba ya tan bajo, que el muro que hacía las veces de pretil arrojaba su sombra sobre toda la calzada. A la altura de la puerta, junto al pretil del puente, yacía un bulto blanco, que desde lejos parecía una persona. Más allá, donde se encontraba la gente, había otros bultos más. Lope espoleó su caballo con tal vehemencia que éste salió disparado hacia delante. Allí, en el suelo, yacía una mujer con un vestido blanco de viaje, la espalda teñida de sangre, el rostro vuelto hacia la pared. Y no era la única que yacía muerta en el puente. Lope cargó con el caballo contra la gente, que se hizo a un lado en silencio. Saltó de la silla aún antes de que el caballo se detuviera, dejó caer la lanza, se inclinó sobre el cuerpo cubierto de sangre de un hombre que yacía cuan largo era sobre el empedrado. Lo reconoció aún antes de darle la vuelta para verle el rostro. Era el segundo infanzón del séquito del joven conde. No tenía el yelmo ni la coraza ni sus armas. Su mozo yacía dos o tres pasos más allá, con el cráneo abierto, también despojado de su armadura y sus armas. Al otro lado de la calzada estaba el emisario que había ido a buscarlos a Sevilla, junto a una de las dos doncellas de la princesa, todos muertos, apuñalados, desgarrados, los rostros pálidos y desfigurados de terror.