Выбрать главу

– No antes de habérselo preguntado a ella -dijo Lope.

Lu'lu lo esperaba en la puerta. El criado caminó un rato en silencio al lado de Lope; luego, de repente, lo cogió firmemente del brazo.

– El joven señor quiere partir mañana temprano -dijo, visiblemente molesto.

Lope lo miró sorprendido. Por lo común, Lu'lu siempre cuidaba de no hablar hasta que le dirigían la palabra. Nunca era el primero en hablar.

– ¿Por qué no? -dijo Lope-. Saldremos todos en busca de esa banda.

– Nada de eso -dijo Lu'lu, que aún tenía a Lope cogido del brazo-. ¡Quiere ir a Guarda!

– ¿Cómo lo sabes? -preguntó Lope, dudando.

– Lo han estado discutiendo toda la noche.

– Pero ¿por qué a Guarda?

– Dicen que el padre del joven señor ha muerto.

– ¿Estás seguro de que has oído bien? -preguntó Lope. Se resistía a creerlo. La noticia daba una base sólida a las conclusiones a las que había llegado. Era posible que los señores de algunos castillos quisieran aprovechar la muerte del conde y la ausencia de su hijo para independizarse.

– ¿De dónde procede la noticia? -preguntó.

– Esta noche ha llegado un mensaje de su gente, que lo está esperando -respondió Lu'lu.

– ¿Su gente?

– Sí, gente de Guarda. Esperan en un lugar a día y medio de aquí. Han enviado el mensaje para que el joven señor se dé prisa. Esta misma noche ha enviado al mozo del infanzón para que se ponga de acuerdo con la gente de Guarda y vengan a reunirse aquí con él. Tiene miedo.

Lope escuchaba con medio oído. Lo que hacía tan sólo un instante parecía tan claro, volvía a estar sumido en la oscuridad. ¿Quiénes habían sido los hombres del puente? No podía dejar de pensar. Si no habían sido los moros ni tampoco la gente de Guarda, ¿quién, entonces? Sólo había tres caminos: seguir a la banda, interrogar a Karima, y ocuparse del maestro cetrero. Éste sería el primero, antes de que el joven conde partiera por la mañana. Él no iría a Guarda. Tomó esta decisión sin pensarlo mucho. Lope había jurado fidelidad al viejo conde, pero ahora el conde estaba muerto, de modo que él quedaba libre de su juramento. El joven conde podía hacer lo que le pareciera correcto, pero Lope saldría en persecución de la banda de asesinos. Intentaría interrogar a Karima por la mañana, para ponerse en camino lo antes posible.

Vio los ojos de Lu'lu dirigidos hacia él con mirada angustiada e interrogante.

– ¿Qué más quieres decirme? -preguntó Lope.

Lu'lu titubeó.

– ¿Qué pensáis hacer, señor? -preguntó por fin-. ¿Iréis a Guarda?

– Ya veremos -dijo Lope.

– ¿Y la hija del hakim? -preguntó Lu'lu.

– El médico cuidará de ella. Hablará con los judíos de la ciudad para que la acojan -dijo Lope, y luego cogió a Lu'lu del hombro y lo llevó consigo a la taberna.

Al mozo del conde le correspondía hacer la guardia de medianoche. Todos los demás ya dormían cuando Lope entró en la habitación. Cogió sus alforjas y el hatillo de las armas, los llevó sin hacer ruido hasta la puerta y se acostó allí, junto a sus cosas. Mantuvo los ojos abiertos. No se sentía cansado. El mozo le había dicho que el maestro cetrero lo relevaría al amanecer.

Lope esperó hasta el relevo y envolvió en un paño la piedra redondeada que había cogido en la taberna, de modo que podía emplear como mango el extremo sobrante del paño. Luego espero otro cuarto de hora, cogió sus cosas y salió de la habitación con tanto sigilo como pudo.

– ¿Qué pasa? -preguntó el maestro cetrero. Se hallaba sentado junto a la puerta, con la espalda apoyada contra la pared. Estaba tan oscuro, que apenas se lo vislumbraba.

– Soy yo -dijo Lope, y, agachándose, lo golpeó con la piedra en la cabeza. El hombre se desplomó sin hacer el menor ruido.

Lope se lo echó sobre los hombros y lo llevó a los establos, al otro lado del patio de la taberna. El mozo de cuadra se incorporó, pero Lope lo tranquilizó y el chico volvió a dormirse al ver que no era más que un huésped. Lope ató al maestro cetrero de manos y pies, lo amordazó, ensilló su caballo y el del cetrero, puso al hombre sobre la silla, lo cubrió con una manta y salió de la taberna con los dos caballos.

La noche era clara, media luna brillaba en el cielo. No era difícil distinguir el camino. Llevó los caballos a pie camino abajo, hacia el puente. La guardia del puente dormía. Lope llamó hasta que despertó uno de los dos hombres, le dio dos dirhams de plata para que lo dejase pasar sin hacer muchas preguntas sobre el cargamento de los caballos, y siguió su camino. Al entrar en el puente, el maestro cetrero empezó a moverse y a balbucear a través de la mordaza. Lope se detuvo detrás de la puerta de arco, exactamente en medio del río, bajó al hombre del caballo, le ató las manos y los pies juntos a la espalda, y lo puso boca abajo sobre el pretil de piedra del puente, tan hacia el borde exterior que podía caer en cualquier momento. Lo sujetó firmemente con la mano, y mientras le quitaba la mordaza de la boca con la mano libre, dijo en tono sereno:

– ¡Ni un solo ruido o date por muerto'

– ¡Por la misericordia de Dios! -gimoteó el cetrero.

– Habla sólo cuando te pregunte -dijo Lope-. Y piensa bien tus respuestas. Preguntaré sólo una vez.

– ¡Qué quieres! Por el amor de Dios, ¿qué quieres? -dijo el maestro cetrero, con voz ronca por el miedo.

– ¿Cuánto te dieron para que soltaras al halcón? -preguntó Lope.

– ¡Dios mío! ¡Oh, Dios mío! -sollozó el cetrero.

– ¿Cuánto? -preguntó Lope, aflojando un poco la mano.

– Cuarenta meticales -dijo el cetrero.

– ¿Dónde está el dinero?

– En mi cinturón.

– ¿Dónde te los ofrecieron?

– En Cáceres. Anteayer, en Cáceres.

– ¿Quiénes eran?

– ¡Era uno solo! ¡Uno solo!

– ¿Qué aspecto tenía? -preguntó Lope, quitándole el cinturón con la mano libre y dejándolo caer al suelo, mientras escuchaba la descripción del hombre. Era poco satisfactoria: un hidalgo de entre cuarenta y cincuenta años, mediana estatura, barba corta y gris, sin marcas peculiares.

– ¿De dónde era? ¿De Guarda?

– No; no era de Guarda -se apresuró en responder el cetrero-. No era nadie que yo conociera. A juzgar por su modo de hablar, era de Navarra. Sí, estoy seguro de que era navarro.

– ¿No notaste algo más que te llamase la atención? -preguntó Lope.

– ¡Nada! -dijo el hombre-. ¡Nada en absoluto! Por la santa Madre de Dios, ¡créeme! -Se atragantaba en su afán de dar a Lope una respuesta que lo dejara satisfecho-. Cómo podía sospechar lo que estaba tramando. Me dijo que su señor era un moro, que había visto el halcón y deseaba tenerlo. Me ofreció veinte meticales, pero yo me negué…

Hablaba sin parar, con desesperada precipitación, pero Lope ya no lo escuchaba. Abajo, la luna se reflejaba en el agua negra del río; su luz era tan brillante que cegaba. Y de pronto Lope volvió a tener ante sus ojos la imagen de Nujum sacada a la fuerza de la litera y arrastrada por el empedrado, y le pareció oir su voz pidiendo auxilio, y vio cómo la empujaban sobre el pretil del puente y cómo desaparecía en el río, gritando. Y soltó al hombre, lo dejó caer sin pensar en lo que estaba haciendo, escuchó su grito, que no parecía tener fin, y oyó el golpe contra la superficie del agua, y luego ya nada más.

Se quedó allí un largo rato. El eco del grito seguía en sus oídos, pero él no sentía nada. Se inclinó para coger el cinturón y lo metió en una alforja. Luego dio un rodeo alrededor de su caballo, le acarició el pescuezo, le pasó los dedos entre las crines y le acarició los ollares inflados y los belfos suaves y negros, que buscaban dulcemente su mano. Luego montó y cabalgó por la carretera que llevaba hacia el norte, tirando del caballo del maestro cetrero con una corta cuerda.