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Ella asintió. Observó cómo preparaba la siguiente frase.

– Intentaré hacer mis preguntas de modo que podáis responder sólo con un si o un no.

Ella volvió a asentir.

– ¿Cuándo llegó la tropa que relevó a la escolta de Sevilla? -continuó Lope-. ¿Inmediatamente después de que partieron? ¿Una hora después? ¿Dos horas? -No esperó apenas a que ella respondiera. Sabía que el relevo tenía que haberse realizado pronto, pues de lo contrario la banda se habría arriesgado a que los moros volvieran a toparse con la tropa del conde-. El infanzón de Guarda que dirigía el grupo, ¿conocía a los nuevos hombres? -siguió preguntando, y al ver que ella no había comprendido bien la pregunta, se apresuró en reformularla-: ¿Saludó el infanzón a los hombres como a viejos conocidos o eran extraños?

– No lo sé. No me fijé -contestó Karima en voz baja, sin entonación-. Sólo sé que más tarde el infanzón estuvo conversando con uno de los cabecillas de la escolta nueva, y también con un segundo hombre. Cabalgaron juntos.

– Había más cabecillas?

Karima asintió.

– Había tres que llevaban la voz cantante.

– ¿Escuchasteis algún nombre?

Karima negó con la cabeza.

– ¿Podéis decir de dónde eran, por su modo de hablar? ¿Eran castellanos? ¿Gallegos? ¿Franceses?

– No sé distinguirlos -dijo Karima-. Uno tenía un acento muy marcado. Y el más alto de todos, un hombre enorme y sin barba, hablaba con un acento que yo apenas podía entender. -Su voz era ahora tan débil que Lope tuvo que acercarse para oírla. Karima sintió el olor de su peto de cuero, empapado en sudor. Lope la miró fugazmente, sintiéndose incómodo.

– Pero ¿todos hablaban español? -preguntó.

Ella asintió, contenta de poder darle una respuesta clara.

– ¿Y qué aspecto tenían los dos hombres que hablaban con el infanzón? -preguntó Lope.

Karima intentó describir a los hombres. Uno era alto, de barba cana, facciones duras y piel apergaminada. Al otro todavía lo recordaba claramente. Era el hombre que había dado muerte a Zacarías y la había perseguido con su caballo negro. Un hombre recio, ancho de hombros, con el rostro casi cubierto por una barba negra y descuidada.

Lope intentó imaginar al hombre. Había muchos hombres de barba negra y descuidada; sólo en Guarda había al menos media docena de hombres que se ajustaban a esa descripción. Preguntó a Karima por los otros, y ella se esforzó en describirlos, pero sentía que las fuerzas iban abandonándola poco a poco y, aunque hacía todo lo posible por satisfacer a Lope, cada vez le resultaba más difícil ordenar sus pensamientos y convertirlos en palabras.

– ¿Cuántos hombres eran? -preguntó Lope-. ¿Cómo era de grande el grupo?

Karima cerró los ojos para recuperarse, y comprendió de repente que Lope pensaba salir en busca de aquellos hombres, que sólo había venido a su lecho de enferma para interrogarla. Intentó recordar a los hombres, intentó contarlos mentalmente, pero cuando llegaba a la mitad ya había olvidado por cuál había comenzado a contar.

– No lo sé exactamente -dijo desesperada-. Intentaré recordar, anotaré todo lo que me venga a la mente.

Abrió ligeramente los ojos y vio a través del velo de sus pestañas a Lope, sentado junto a ella, examinándola con expresión inmutable. Y luego vio a Lu'lu detrás de Lope. No lo había visto antes. Volvió a cerrar los ojos y oyó la voz de Lu'lu:

– Señor, el médico ha dicho que no debe hablar mucho. Se fatiga demasiado, ¿no lo veis?

Lope no contestó, pero Karima sentía que seguía a su lado. Esperó sumida en un inquietante presentimiento, como si esperara una sentencia. Escuchó que Lope contenía la respiración.

– Encontraré a esos hombres -susurró Lope, con la boca casi rozando la oreja de Karima-. Los encontraré, regresaré aquí y os llevaré a Zaragoza, si lo deseáis. Lu'lu se quedará aquí y cuidará de vos.

Ella oyó cada una de sus palabras. No advirtió que su voz sonaba tan indiferente como la voz de un desconocido, le bastaba con esa frase, que le decía que él volvería.

Luego escuchó que Lope hablaba en voz baja con Lu'lu y, un momento después, cerraba la puerta al salir. Ella se quedó tranquila, y recordó el día del entierro de su padre, en el que había llegado a casa con aquella herida sangrante en la frente y, con un martilleante dolor de cabeza, había cogido su diario para leer las anotaciones hechas en sus anteriores encuentros con Lope. Desde entonces sabía por qué Lope no había vuelto a dejarse ven. Sabía quién había arreglado aquel paseo en bote por el Guadalquivir y aquel encuentro en el río, que aún le desgarraba el corazón cada vez que lo recordaba. La hermosa muchacha al lado de Lope. La mujer de la litera. El dolor inesperadamente violento que había sentido al reconocerla.

¿Por qué, después de tantos años, seguía aquel desorden en su corazón? ¿Por qué todo aquello? ¿Por qué era la única que había sobrevivido? ¿Por que.

Lope emprendió la persecución llevando un caballo de reemplazo. Galopó al ritmo más intenso que eran capaces de soportar los caballos en un trayecto largo. Quería llegar antes del anochecer al menos al primer lugar en que había acampado la banda. Contaba con que, si el cielo estaba despejado, podría seguir el rastro en la segunda mitad de la noche, cuando saliera la luna.

Al llegar a la bifurcación que había descubierto esa mañana, Lope siguió el rastro en dirección noreste. Luego giró una vez más, cruzó el río Alagón y continuó hacia el oeste. Siguió el rastro a marcha forzada, sin pausa, y poco antes de la puesta de sol llegó a la gran carretera de Salamanca. Allí el rastro había desaparecido bajo innumerables huellas de cascos, pisadas y ruedas de carros. Lope ya sólo podía suponen que debía seguir hacia el norte.

No habían encontrado ningún campamento. Por lo visto, la banda había cabalgado toda la noche y había continuado durante el día, sin descanso. Llevaban una ventaja insalvable si no se disponía de una pista que pudiera seguirse. Lope estaba seguro de que no hacía falta buscar a la banda en Guarda. Estaba seguro de que los encontraría en las ciudades de la frontera. Debía de tratarse de un grupo abigarrado, reunido sólo para realizan ese ataque. Algún vasallo desleal del conde de Guarda debía de haber pregonado en las salvajes ciudades de la frontera la noticia de que el hijo del conde venía de camino a casa con una novia mora y una considerable dote. Probablemente se le habían unido hidalgos que en ese momento no tenían un señor a quien servir, y agradecían cualquier botín que se presentara. Algo así tenía que haber ocurrido. Lope no sabía si el ataque había sido preparado con mucha antelación, ni tampoco por qué la banda había derramado tanta sangre. Pero algún día encontraría una respuesta. Algún día encontraría a aquellos hombres.

Ahora sólo le quedaba un modo de acercárseles. Karima tenía que venir con él. Ella conocía cada detalle, lo había visto todo. Cuando cogiera al primero, podría continuar la busca él solo, hasta coger al segundo, y al tercero. Sólo necesitaba algo por dónde empezar.

La mañana siguiente emprendió el camino de regreso, y al atardecer del segundo día llegó a Alcántara. Karima ya había sido trasladada a la ciudad, y Lu'lu había ido con ella. Lope le envió un mensaje y volvió a instalarse en la taberna del suburbio.

Tres días después, la noche de luna nueva, se encontró con Lu'lu, sacó de sus alforjas el látigo, cuyo manejo le había enseñado su antiguo maestro, el capitán, y bajó al puente con el criado negro. Llevaron consigo una larga liana y una cuerda fuerte. Esperaron en la orilla opuesta hasta pasada la medianoche. Entonces regresaron por el puente, hasta estar justo encima del arco central. Debajo de ese arco colgaba la espada.

Lope se ató la cuerda alrededor del pecho y aseguró el otro extremo a la liana, que sujetó Lu'lu. Luego se deslizó por encima del pretil del puente. Era una noche oscura, en el cielo sólo brillaban las estrellas, pero había suficiente luz para lo que Lope se proponía hacen. Vio la espada frente a él, negra sobre el cielo oscuro de la noche.