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La gente de la ciudad contaba una leyenda sobre esa espada. La leyenda decía que, muchos siglos atrás, Rodrigo, el rey godo de Toledo, había llegado huyendo a Alcántara. Los moros, que habían venido por mar, lo habían vencido en una violenta batalla en la costa, al sur. Su propia gente lo había traicionado; una flecha lo había herido de gravedad y había conseguido escapar con un puñado de hombres fieles. Al llegar a Alcántara, Rodrigo murió. Su cadáver fue llevado a Viseu y enterrado allí. Pero su espada fue colgada del arco más alto del puente, a una altura inalcanzable desde el río. Allí había sobrevivido a los tiempos.

Lope apuntó con el látigo y tomó impulso, de modo que el extremo de plomo del látigo se enroscó en la espada. Lope había previsto que la oxidada cadena de la que colgaba la espada se rompiera, pero tras cinco intentos en vano lo que cedió fue el gancho que sujetaba la cadena al muro. La espada quedó libre.

La espada era de acero. Podía doblarse hasta tocar la empuñadura con la punta, y la espada recuperaba su forma original en un instante, como un junco. Los filos estaban oxidados y ásperos, pero Lope estaba convencido de que un buen herrero podría devolverle el brillo. Era la espada de un rey, y sería la espada de su venganza.

Esa misma noche, Lope hizo trece nudos en el extremo de su látigo y juró solemnemente no dejar con vida ni a uno solo de los hombres que habían estado en el puente. Ni a uno solo.

48

ZARAGOZA
LUNES. 7 DE DJUMADA, 1475
3 DE OCTUBRE, 1082 // 8 DE MARJESHUÁN, 4843

Habían pasado más de trece años desde que Ibn Ammar se encontró por última vez con Abú'l-Fadl Hasdai. El hadjib del príncipe de Zaragoza era tan sólo unos años mayor que él. Ibn Ammar lo recordaba como un hombre rebosante de salud y cargado de energía, de cuya potencia la gente de la corte contaba secretamente verdaderos prodigios. Cuando volvió a verlo, tuvo que hacer un gran esfuerzo para disimular su sobresalto.

El hadjib se había convertido en un anciano. Aún andaba con la espalda recta y sus ojos seguían claros, pero tenía el pelo blanco y el rostro enjuto, y se movía lenta y cuidadosamente, como si padeciera fuertes dolores y se esforzara por ocultarlos a los demás. Tenía el aspecto de un hombre que ha tenido que soportar duros golpes. Tenía el aspecto de un hombre que trabajaba demasiado y dormía muy poco.

El día siguiente a la llegada de Ibn Ammar, el hadjib lo había invitado oficialmente al palacio de gobierno, ubicado en el al-Qasr. Lo había recibido formalmente en el gran salón, ante todos los notables de la ciudad, y le había concedido una audiencia privada, gesto que, tras las amargas experiencias de las últimas semanas, había llenado a Ibn Ammar de un hondo agradecimiento.

Durante el tiempo que Ibn Ammar había gobernado Sevilla, el hadjib había sido siempre un aliado fiel. Ahora, en la desgracia, demostraba ser un amigo sincero. Cuando, en los saludos, Ibn Ammar intentó observar todas las formas prescritas, el hadjib se defendió sonriendo.

– Déjalo estar, amigo. Nos conocemos desde hace demasiado tiempo como para seguir con formalidades.

Entraron rápidamente en el tema. El hadjib tenía unas preguntas muy concisas sobre la situación reinante en Toledo.

– Estamos muy preocupados por lo que está ocurriendo allí.

Las noticias de Ibn Ammar no eran precisamente adecuadas para disipar esas preocupaciones. Ibn Ammar había pasado dos semanas en Toledo, donde había hablado con los cabezas de algunas grandes familias, había sido recibido por al-Qadir, el príncipe, e incluso se había reunido con el nasí de la comunidad judía. La impresión que se había llevado de sus conversaciones era descorazonadora. No había perspectivas de consenso entre la nobleza y el príncipe. Al-Qadir no poseía prácticamente ningún apoyo en la ciudad. Sus únicos apoyos eran el populacho y los mercenarios castellanos, y sólo podía moverse libremente entre el al-Qasr y el gran puente. Ya no se atrevía a ir a la mezquita los viernes. Desde el al-Qasr enviaba ataques aislados sobre las casas fortificadas de la nobleza, dejando que el populacho las saqueara.

– Está en manos de don Alfonso, el rey de León -dijo Ibn Ammar.

– Fue un error que lo dejaran huir aquella vez -respondió Abú'l-Fadl Hasdai-. Tenían que haberlo quitado de en medio. Cualquiera podía prever que se volvería hacia los españoles. No le dejaron otra elección.

– Ése es el viejo mal de Toledo -dijo Ibn Ammar-. No toleran como gobernante ni a uno de los suyos ni a un extranjero.

– En lo único en lo que siempre están de acuerdo es en que discrepan -confirmó el hadjib, contrariado-. Había tantas posibilidades, no sólo para Toledo sino para toda Andalucía… Nuestros descendientes maldecirán a quienes no supieron aprovecharlas.

Ibn Ammar creyó oír un tono pesimista en la voz de Abú'l-Fadl Hasdai, que lo asustó aún más que el mal estado de salud del hadjib. Y sabía a qué se debía ese pesimismo.

Hacia seis años, el hadjib había conquistado el reino de Denia. Tres años atrás, había vencido a al-Muzaifar, el señor de Lérida, y lo había encerrado en la fortaleza de Rueda. El reino de Zaragoza estaba en vías de alcanzar la expansión a la que aspiraba Abú'l-Fadl Hasdai desde que asumió su cargo, para lo cual había contado con el apoyo de Ibn Ammar desde que ambos acordaron dividir Andalucía en dos esferas de influencia, controladas respectivamente por Zaragoza y Sevilla.

Hacía dos años, cuando los toledanos derrocaron a su príncipe, la esperanza de que se cumpliera la primera parte del plan había brillado durante un par de felices semanas. Si las grandes familias de Toledo hubieran sido capaces de ponerse de acuerdo para reconocer al príncipe de Zaragoza como señor supremo, al señor de Valencia tampoco le habría quedado más remedio que someterse a Zaragoza, y todo el noreste andaluz hubiera quedado unido bajo un solo gobierno. Pero las contradicciones y la tozudez de la nobleza toledana lo habían echado todo a perder. Y luego las cosas habían ido a peor.

Hacía un año había muerto al-Muktadir, el viejo príncipe de Zaragoza, y en su lecho de muerte había vuelto a dividir el reino que tantos esfuerzos costara unir: había dejado Zaragoza a su hijo mayor, al-Mutamin, mientras que el hijo menor, al-Mundhir, había heredado Lérida. Debía de haber sido un trago muy amargo para Abú'l-Fadl Hasdai. Dos decisiones absurdas, tomadas la una a continuación de la otra, habían echado por tierra el trabajo de toda una vida.

– ¿Hay alguna alternativa a al-Qadir, en Toledo? -preguntó en el mismo tono amargo el hadjib, que ya no se permitía cobijar más esperanzas.

– La oposición de la ciudad no tiene un líder. Sólo eso es ya de por si motivo suficiente para que fracase cualquier levantamiento -dijo Ibn Ammar-. El clan de los Hadidi está descartado. Los hijos del antiguo visir han huido a Valencia, y los pocos seguidores que aún tenían en la ciudad están siendo expulsados; se han instalado en Madrid. Al-Qadir ha mandado saquear sus casas en Toledo. Hace dos meses murió también el jefe de los Banu Mujid. Pero a la oposición no le falta sólo un líder; tampoco tiene dinero ni hombres. Las constantes correrías de las bandas castellanas, que operan en tácito acuerdo con el rey, están devastando el campo. Muchas familias nobles ya han vuelto las espaldas a Toledo. Cuando uno camina por la ciudad, se encuentra por todas partes con casas abandonadas, en las que se ha instalado la gentuza que llega huyendo de los pueblos del norte. Reina una atmósfera extraña. Por una parte, un clima de decadencia; por otra, una euforia exagerada que se expresa en fiestas desenfrenadas y grandes despilfarros. Pero lo más extraño es que, al parecer, nadie quiere reconocer el peligro. Es como si estuvieran todos ciegos. Ninguno quiere darse cuenta de que durante todo el verano, y hasta ahora, el rey de León ha mantenido un campamento militar muy cerca de la ciudad, a sólo un día y medio de viaje hacia el norte, ni de que el rey en persona ha visitado varias veces el campamento. Parece como si todos tuvieran los ojos cerrados a este hecho.