– ¿No enviaron una embajada de Toledo? -preguntó Abú'l-Fadl Hasdai.
– Si, hace tres meses -respondió Ibn Ammar-. Ibn Mujid aún vivía. Y habrían entregado a don Alfonso todo el norte del reino si el rey hubiera estado dispuesto a derrocan a al-Qadir. Pero el rey ni siquiera los escuchó. Los mandó expulsar de su campamento a pedradas. Podía permitirse el lujo de rechazar la oferta, pues el norte del reino de Toledo ya está prácticamente en sus manos.
El hadjib asintió casi imperceptiblemente, y miró pensativo hacia algún punto más allá de Ibn Ammar. Ibn Ammar esperaba que le preguntara por la visita que había hecho él mismo al campamento del rey. Sin duda, Abú'l-Fadl Hasdai tenía espías cerca de don Alfonso, y estaría bien informado. El tema era espinoso, e Ibn Ammar no quería ser el primero en tocarlo; pero tampoco podía dejarlo pasar si quería tener ocasión de expresar sus verdaderos deseos.
Dos días después de su llegada a Toledo, Ibn Ammar se había puesto en camino hacia el campamento de don Alfonso. Había tomado como un buen presagio que fuera tan sorprendentemente sencillo llegar al rey. Pero, una vez allí, no lo habían dejado entrar en el campamento. Por lo visto, se le habían adelantado emisarios de Sevilla, que habían puesto al corriente de su caída a los españoles. Lo hicieron esperan un día entero a la puerta del campamento, y luego le enviaron a un subalterno, quien cogió la petición escrita en que Ibn Ammar pedía al rey una tropa de mercenarios para reconquistar Murcia, y volvió a marcharse dejando a Ibn Ammar a la puerta. Ni siquiera les había parecido necesario darle una respuesta. Había sido un terrible instante de realidad.
– Me pregunto qué piensa hacer el rey con al-Qadir -dijo Abú'l- Fadl-. ¿Cuánto tiempo más mantendrá a esa mala imitación de príncipe?
Ibn Ammar advirtió con cierto malestar que la conversación volvía a alejarse del tema al que él quería dirigirla.
– La situación actual es ventajosa para el rey -dijo-. Mientras el príncipe y las grandes familias se tengan mutuamente en constante jaque, el campo seguirá abierto de par en par al rey. Los señores castellanos podrán satisfacer su sed de botín y prepararán la ciudad para don Alfonso. Hasta que un día caiga la propia Toledo.
– El rey quiere la ciudad, eso está claro -dijo Abú'l-Fadl.
– Como rey de León, es sólo un príncipe entre muchos otros. Como rey de Toledo, sería el sucesor de los antiguos reyes visigodos y podría elevar pretensiones sobre el dominio de toda la península. Ya lo ha hecho. Se hace llamar emperador de toda España, y en su idioma eso incluye también Andalucía.
– Lo peor es que apenas tiene algo más de cuarenta años -refunfuñó Abú'l-Fadl.
– Pero Dios sólo le ha concedido tres hijas. Siempre es una pequeña esperanza -respondió Ibn Ammar.
El hadjib no siguió con el tema. Se quedó mirando el suelo con ojos ausentes, como si vislumbrara un objetivo invisible. Ibn Ammar esperó a que el propio hadjib reanudara la conversación. Esperaba poder contar con su ayuda. Había urdido un plan muy ambicioso, que, si prosperaba, le devolvería Murcia. El plan incluía atacar por sorpresa las fincas de Ibn Rashiq con una tropa de mercenarios, conquistar y saquear Vélez Rubio, sede original del nuevo gobernante murciano, y luego expulsarlo del al-Qasr de Murcia con ayuda de los comerciantes. Ibn Ammar no podía garantizar soldadas fijas; sólo podía ofrecer el saqueo de las propiedades de Ibn Rashiq y prometer una recompensa. Estaba convencido de que el plan era realizable. Estaba convencido de que le sería imposible reconciliarse con el príncipe de Sevilla mientras no estuviera sentado en el trono de Murcia, Sólo necesitaba esa tropa de mercenarios. Don Alfonso no se la había otorgado. Ahora todas sus esperanzas estaban puestas en el hadjib de Zaragoza.
– Sólo podemos esperar que la ciudad resista el mayor tiempo posible -dijo Abú'l-Fadl.
– Ése es el problema -replicó Ibn Ammar.
– El rey no puede conquistarla por la fuerza; Toledo está muy bien fortificada.
– Si la situación se mantiene unos dos años más tal como está ahora, no le harán falta máquinas de sitio. La ciudad le abrirá las puertas por propia voluntad.
– ¿Sólo le concedes dos años?
– Tres, cuatro, cinco años; no más -dijo Ibn Ammar.
Abú'l-Fadl lo miró pensativo.
– ¿Contra quién se dirigirá después? ¿Contra nosotros? ¿O marchará hacia el sur?
– Irá al sur -dijo Ibn Ammar-. Cangará contra Badajoz. Y después contra Sevilla.
– ¿Por qué estás tan seguro de que no nos atacará a nosotros?
– Si os atacara ahora, tendría contra él a Zaragoza, Lérida y Aragón. Supongo que preferirá esperar a que os hayáis aniquilado mutuamente.
Abú'l-Fadl asintió pesadamente, como si Ibn Ammar no hubiera hecho más que confirmar sus propias reflexiones.
– Si -dijo amargamente-, y no le hará falta esperar demasiado. Ibn Ammar buscó en vano un rastro de esperanza en el rostro del hadjib.
– ¿Tan mal está la situación? -preguntó.
– Peor que nunca -respondió Abú'l-Fadl. Juntó las manos y se las frotó, haciendo un ruido desagradablemente áspero-. No me refiero a las pequeñas guerras de la frontera, que vienen y se van como las estaciones. Me refiero a la gran guerra que se nos viene encima. Todo apunta a que Sancho Ramírez de Aragón emprenderá un nuevo ataque contra la fortaleza de Graus el próximo año. No estoy seguro de que esta vez podamos resistir.
Ibn Ammar hizo un gesto de indiferencia, aunque comprendía que el hadjib estaba a punto de echar por tierna definitivamente sus planes.
– Contra Aragón sí que podremos, pero también nos veremos obligados a entrar en guerra con el señor de Lérida, que se ha aliado con el conde de Barcelona -continuó Abú'l-Fadl-. Es posible que ataquen la fortaleza de Almenara el año próximo. Si el rey de Aragón consigue vencer a la fortaleza de Graus y, al mismo tiempo, el señor de Lérida, apoyado por Barcelona, logra tomar Almenara, ambos se aunarán para cargar contra Monzón. Si cae Monzón, toda nuestra frontera nororiental quedará desprotegida, y estaremos indefensos ante cualquier ataque.
Continuaba frotándose las manos, y a Ibn Ammar le resultaba extremadamente difícil seguir sus palabras, pues el nervioso movimiento de las manos y el sonido que producía lo irritaban tanto que casi era incapaz de prestar atención a ninguna otra cosa.
– El príncipe no quiere hacer caso a mis advertencias -continuó Abú'l-Fadl, contrariado-. Confía en las fortalezas, con el argumento de que antes siempre han resistido; por lo demás, está embelesado con su nuevo héroe.
Ibn Ammar le dirigió una mirada interrogante, que debía expresar ignorancia. Sabía de quién estaba hablando el hadjib, se había informado. Era el hombre en el que descansaban todas sus esperanzas: Rodrigo Díaz, el mercenario castellano que estaba al servicio del príncipe desde hacía ya cuatro años.
– Lo conoces, tienes que acordarte de él -continuó Abú'l-Fadl-. Es el hombre que te envié hace dos años para tu campaña contra Abd-Alá de Granada.
– Ya -dijo Ibn Ammar.
– Es un insignificante caballero castellano, pero en Zaragoza hasta los señores más importantes se inclinan ante él. Es el oído del príncipe.
– Un soldado brillante -dijo Ibn Ammar, que de pronto creía volver a ver un destello de esperanza.
– No es nada más que un pícaro, cabecilla de una banda -replicó Abú'l-Fadl, molesto. Y como si le hubiera leído el pensamiento a Ibn Ammar, añadió rotundamente-: Recibe órdenes exclusivamente del príncipe. Yo sólo estoy aquí para financiar sus empresas.