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Ibn Ammar intentó no dejar ver su desilusión.

– ¿Tiene tanto éxito aquí como lo tuvo a mi servicio, contra Granada? -preguntó con un ligero tono de protesta.

Abú'l-Fadl le echó una mirada de menosprecio.

– No he dicho que no tenga éxito -aclaró, elevando ligeramente la voz-. Tiene éxito porque practica un nuevo modo de hacer la guerra. No se apoya en unos seguidores, ni en los hombres de su clan, sino que lleva la guerra como se lleva una empresa comercial. Reúne capital, compra enseres y provisiones para una campaña, busca socios que compartan los riesgos, recluta una tropa y la estimula al máximo con la perspectiva de una considerable participación en el botín. En ese tipo de guerra ya no existen objetivos políticos ni conceptos como el honor y la moral, ni siquiera el deseo de un tratado de paz. La guerra se dirige exclusivamente a los beneficios económicos, al botín. -Dirigiendo una mirada de preocupación a Ibn Ammar, añadió-: El príncipe está entusiasmado. Él anticipa el capital y se asegura a cambio una parte correspondiente del botín. No ve adónde conduce eso.

Ibn Ammar empezó a comprender, poco a poco, que Abú'l-Fadl no le había concedido esa audiencia privada para darle la oportunidad de explicar su situación y discutir posibles medidas de apoyo, sino únicamente porque el hadjib necesitaba un oyente ante quien poder expresar abiertamente sus perspectivas cargadas de hondo pesimismo, que, al parecer, ya nadie más quería oír. De pronto, Ibn Ammar lo veía como a un hombre que cree estar a bordo de un barco que se hunde y, como no encuentra a nadie que quiera oírlo, se dirige a aquel desgraciado que ya ha caído por la borda y está luchando por su vida, pues espera que al menos éste comprenda sus pronósticos de hundimiento. Aquello era aún peor que la tajante negativa que le había dado don Alfonso. Pero no le quedaba más remedio que seguir desempeñando su papel de oyente. Intuía que tendría que acostumbrarse a ese papel.

– Tú entiendes adónde quiero llegan -dijo Abú'l-Fadl, y, sin esperar una confirmación, continuó-: Un hombre que procede de una gran familia y parte a la guerra con sus hermanos, sus hijos y sus criados o un conde que conduce a sus hombres a la batalla están tan interesados en el botín como cualquier otro. Pero también les interesa volver a casa lo antes posible, pues necesitan a su gente para cuidar sus rebaños, supervisar a sus campesinos y vigilar sus tierras. Este castellano no tiene tierras. La guerra es su única fuente de ingresos. Tampoco tiene vasallos. Los hombres con los que hace la guerra son reclutados expresamente. Jornaleros en armas.

Sólo puede mantener a sus hombres si está guerreando y haciendo botines constantemente. No tiene nada que defender, lo único que quiere es ganar dinero. Así que hace la guerra contra enemigos débiles y contra enemigos ricos. No podemos emplearlo contra Aragón, porque no hay nada que saquear a los hombres del rey de Aragón. Hace la guerra contra Lérida. Pero no le interesa conquistar Lérida para nosotros. Lo que le interesa es que la guerra dure el mayor tiempo posible, para poder hacer el mayor botín posible. Si un día Lérida cayera en nuestras manos gracias a su ayuda, la saquearía de tal modo que no encontraríamos nada. -Se inclinó hacia delante y cogió a Ibn Ammar firmemente de la muñeca, como si con ello quisiera dar aún más énfasis a sus palabras-. Hace cuatro años, cuando se nos presentó ese castellano, tenía una banda de cuarenta hombres. Hace dos años, cuando te lo envié a Córdoba, ya tenía ochenta hombres. El año pasado eran cien; este año, ciento cincuenta. Y el próximo año serán doscientos. Dentro de un tiempo tendrá un ejército de mil mercenarios probados en combate y ávidos de botín, y cuando eso ocurra ya no recibirá órdenes del príncipe, sino que decidirá el mismo contra quién luchar.

– Lo entiendo perfectamente -se apresuró a decir Ibn Ammar, para no dar más pie al torrente verbal de Abú'l-Fadl. Comprendía las preocupaciones del hadjib, pero también habría podido preguntarle con qué otras tropas podía hacer la guerra el príncipe de Zaragoza, aparte del montón de mercenarios de ese aventurero castellano. Renunció a preguntarlo. Dependía del hadjib. Empezaba a acostumbrarse a su nuevo papel.

Abú'l-Fadl puso a su disposición una casa con cuatro criados y lo incluyó en la nómina de la corte con una suma considerable. Era invitado a la corte y recibido por el príncipe, y tenía voz y voto en el madjlis de Abú'l-Fadl. Pero también tenía que sufrir con resignación los interminables monólogos del hadjib. Se aburría a morir.

Ya en Toledo había intentado trabar contacto con Sevilla. Había enviado al príncipe poemas orgullosos y poemas humildes; había buscado la mediación de sus hijos, los príncipes al-Fath y ar-Rashid; había escrito cartas pidiendo ayuda a sus amigos. Pero sólo le habían contestado un par de amigos íntimos: Ibn Wahbun, el poeta, y Abú'l-Hadjdjadj. También Isaac al-Balia le había hecho llegar un respuesta con gran precaución, a través de intrincadas vías. Todos decían lo mismo: el príncipe estaba profundamente herido; su ira no se aplacaría; la mera mención del nombre de Ibn Ammar lo hacia montar en cólera.

Ibn Ammar intentó traer de Sevilla al menos a dos de sus mujeres, a las que sentía más próximas. Tampoco en esto tuvo éxito. En la corte nadie se atrevía a mover un dedo por él. Lo trataban como a un leproso, evitando todo contacto para no coger la enfermedad mortal que era perder el favor del príncipe.

La última semana de otoño llegó de Barcelona la noticia de que el conde Ramón Berenguer, el «Cap d'Estopa», había muerto asesinado por su hermano gemelo pocos días después del nacimiento de su primer hijo. El hadjib envió a Ibn Ammar a la corte condal para que averiguase si, acaso, el asesinato había alterado el equilibrio político, haciendo posible que se rompiera la alianza entre Barcelona y Lérida. Era una tarea nada envidiable. Todo el mundo sabía que el señor de Lérida había prometido al conde una enorme suma a cambio de su apoyo militar, y que el príncipe de Zaragoza no podía superar esa cantidad.

Ibn Ammar tampoco halló ninguna poción mágica que contrarrestara el dinero leridano. Su misión no consiguió éxito alguno.

El invierno pasó en calma. Cuando llegó la primavera no se apreciaba ningún cambio en la situación reinante en Sevilla. Ibn Ammar cayó enfermo. Se sentía como una rama muerta en un árbol lleno de botones. Mandó llamar al médico, y éste le prescribió una dieta muy estricta, compuesta de comidas y bebidas que no le apetecían en absoluto. Pasó unos días espantosos, en los que adelgazó mucho.

Luego, en un momento indeterminado, se dio cuenta de que no tenía nada más que perder, y esta constatación lo colmó de repente de una energía inusitada.

Volvió a visitar regularmente el madjlis de Abú'l-Fadl, que había evitado durante su enfermedad, y tomó parte en las discusiones. No tomaba la palabra por iniciativa propia, sólo hablaba cuando le preguntaban; le bastaba con observar en silencio a quienes participaban en las discusiones. Observaba su vanidad, su estrechez de miras y su arrogancia, su desmedida ambición, su codicia y sus debilidades, cuidadosamente ocultas. Ahora encontraba ridículo lo que antes lo habría irritado. Estaba lleno de una paz hasta entonces desconocida. Era como si ya hubiera cerrado su vida, y ahora sólo estuviera entre la gente como mudo observador.

Un día se discutieron los refuerzos que debían enviarse a las fortalezas fronterizas del noreste para preparar la defensa contra los esperados ataques de Aragón y Lérida. Estaba claro que con esos refuerzos el hadjib perseguía también otro objetivo: impedir que los comandantes de los castillos pactaran con el enemigo. Además, la reacción de los comandantes ante esas tropas llegadas de Zaragoza permitiría sacar conclusiones sobre su lealtad.