Luego, un día, Karima lo volvió a ver, y lo encontró tal como había sido antes; un poco más delgado y una pizca más pálido, pero con los mismos ojos entornados bajo las cejas rectas, y el mismo movimiento de cabeza con que se apartaba los pelos de la frente. Había pasado un año, el tiempo del luto había terminado; Lope había cumplido su promesa.
Karima había pensado mucho en aquella promesa, y en aquella otra que exigía a Lope matar a los hombres del puente cuando los encontrara. Había pensado mucho en Lope. Había reunido todo lo que sabía de éclass="underline" lo que el mismo Lope le había contado y lo que había oído de boca de su padre, de Ibn Eh y de Lu'lu. Tenía toda su vida ante sus ojos: había sido arrebatado a sus padres de muy niño y luego adoptado por un hidalgo, de modo que ya desde muy joven no había tenido más casa que la calle y los campamentos militares. Después también había perdido al hidalgo, y al hombre con el que siguió después, y a su siguiente señor. Había ido siempre de un pueblo a otro, sin quedarse nunca en ningún sitio el tiempo necesario para echar raíces. Después lo había vuelto a penden todo, incluida ella, incluida aquella joven a cuyos brazos lo empujara Ibn Ammar. Y luego nueve años en un calabozo, una eternidad, media vida. Al salir en libertad, el reencuentro con la joven en Sevilla, sólo para volver a perderla poco después, y esta vez para siempre.
¿No era comprensible que hubiera perdido el suelo bajo sus pies? ¿No eran esas promesas, no obstante, un último intento de agarrarse a algo, para no precipitarse en el abismo?
Cuando, a finales del otoño, un hermano del hombre más distinguido de la comunidad judía de León le hizo una honrosa oferta, Karima ya había tomado una decisión. Ese mismo día mandó a Lu'lu a buscar a Lope, y al día siguiente se pusieron en camino los tres. Recorrieron todas las ciudades del lado sur de la frontera sin encontrar a ninguno de los hombres. A principios de la primavera llegaron a Navarra y continuaron la busca. Se suponía que uno de los hombres era navarro. Pero también allí buscaron en vano.
Al principio, Karima rezaba para que Dios les permitiera encontrar a uno de los hombres. Estaba convencida de que sólo el cumplimiento de la promesa podía liberar a Lope del estado en que se encontraba, y en ello había depositado todas sus esperanzas. Pero después se había dado cuenta de que el tiempo era un mejor aliado.
Durante todos esos meses que habían pasado juntos yendo de un lado a otro, Lope la había tratado siempre como a una extraña. Siempre con la misma reserva, evitando los contactos cotidianos y dirigiéndole la palabra sólo cuando era necesario. Lope irradiaba un frío que la congelaba. Era como si hubiera levantado a su alrededor una muralla invisible que ella no podía traspasan.
Pero, en algún momento, el celo con que ella lo ayudaba en su busca había empezado a influir en él; en algún momento, la constante proximidad había abierto una brecha en el muro que rodeaba a Lope. Y cuando dieron por terminada la infructuosa busca en Navarra, con el inicio de la primavera, poco a poco empezaron a notarse cambios en el mismo Lope. Cambios apenas perceptibles, pero que Karima advertía: el rastro de una sonrisa, una mirada que se detenía sobre ella más tiempo del necesario para comunicarse, un tono inseguro en su voz, desmintiendo la expresión indiferente de su rostro.
En Nájera se toparon con un hidalgo que había reclutado mercenarios para un caballero castellano al servicio del príncipe de Zaragoza. Lope se hizo ciertas esperanzas de encontrar a alguno de los hombres en la tropa mercenaria de ese castellano. Era una última esperanza tras la larga e infructuosa búsqueda, pero Lope dudaba si pedir a Karima que lo acompañara a un campamento de mercenarios. Y cuando finalmente se lo pidió, fue como una tácita promesa de que abandonaría la busca en caso de no encontrar allí a ninguno de los hombres.
Ella accedió, conteniendo su alegría y decidiendo secretamente que no encontrarían nada aunque se topasen con alguno de los hombres. Karima llegó al campamento nerviosa y expectante. El día siguiente a su llegada examinó a todos los hombres, y volvió a hacerlo un día después, para demostrar a Lope su buena voluntad. Y no hizo falta que recurriera a la mentira, pues no vio a ninguno de los hombres del puente.
Desde entonces se sentía aliviada. Esa misma mañana había creído ver en Lope una cierta despreocupación, como si, entre tanto, también él se hubiera hecho a la idea de abandonar la busca. El cielo había estado gris todo una semana, en la que habían caído intensos chaparrones, acompañados de un viento invernal. Ahora el sol volvía a brillar y a calentar la piel, pero sin ser aún tan intenso como para agostar el verde frescor de las plantas. Era un hermoso día de primavera, y la canción con que las mujeres acompañaban la colada era una melodía llena de buenos augurios.
Observó a Felicia, que estaba golpeando perezosamente la ropa húmeda contra la piedra y, de tanto en tanto, se estiraba soltando placenteros bostezos. No habían pasado más que cuatro días desde el terrible parto, pero apenas se le notaba nada; era como si Felicia hubiera olvidado hacía mucho tiempo los dolores y al niño muerto. Karima intentaba imitar sus movimientos, pero perdía el ritmo una y otra vez.
Felicia le dirigió una mirada compasiva.
– No has lavado mucha ropa en tu vida, ¿eh? -dijo, y, tirando hacia sí el cesto de ropa de Karima, añadió en un tono que no admitía protestas-: Este no es trabajo para ti, hermana, ¡no es trabajo para una mujer como tú!
Una voz clara y risueña les llegó desde detrás:
– ¡Por las flechas de Cupido, vaya espectáculo!
Felicia lo miró enarcando las cejas.
– ¡Dios mío, Esteban! ¡Ya estás otra vez donde no debes! -rezongó. Las otras mujeres también se volvieron y saludaron con fuentes gritos al hombre llamado Esteban, pero sus voces sonaban más burlonas que enfadadas. El hombre, de unos treinta años, era bajo y corpulento, de cabeza redonda y cara regordeta, un monje de hábito oscuro y cabeza tonsurada, pero sin la tonsura afeitada al ras, sino cubierta de pelusilla, y con el hábito ceñido a la cintura con un cordón de brillante seda azul.
– ¿Por qué no habría de estar aquí, donde se ofrece una vista incomparable? -dijo, deteniéndose detrás de Karima, para continuar con entusiasmo-: ¡Oh! ¡Qué es lo que veo! ¡Una nueva estrella en nuestro firmamento! ¡Esbelta y flexible como Salomé bajo sus velos, bella como la reina de Saba, tentadora como la mujer de Putifar, excitante como Betsabé en el baño!
– Por el Hijo y por su Madre -dijo Felicia con fingida desesperación-. ¡Algún día me gustaría ver que se parara tu molino!
– ¡Eh, Esteban! ¿Te gusta? -dijo una de las mujeres que se encontraban río abajo.
– Ya te gustaría frotarle el comino, ¿eh, Esteban? -dijo otra-. ¡Ya te gustaría perforarle la concha!
– Qué puedo decir -continuó el monje-. Una figura como tallada en madera fina; una piel tan blanca como la leche fresca; un trasero tan firme como un melón. El coral siente celos de sus labios; las perlas envidian sus dientes.
– ¡Ya verás si te oye su tío! -interrumpió Felicia, furiosa-. Te sacudirá el polvo del hábito a palos.
– Tal vez ella no quiera que el tío se entere -dijo el monje-. ¿Por qué no habría de llamar, si veo una puerta? -Su voz tenía de pronto un tono provocador, que hizo que Karima se volviera involuntariamente. Vio sus ojos dirigidos hacia ella, acechantes. Recordó que lo había visto más de una vez rondando su cabaña.
– ¡Qué quieres, Esteban! -bromeó una de las mujeres-. ¡Si tu antorcha ya no arde!
– Eso depende de quién la encienda -respondió el monje.
Felicia se inclinó hacia Karima, preocupada.
– No hagas caso -dijo Felicia, como si tuviera que disculparse por la impertinencia del hombre-. Es inofensivo. ¡No es más que un bocazas!
– Si pudiera hacer lo que quiere, no sería tan inofensivo -dijo otra de las mujeres.