– ¿Cuántos guardias son? -preguntó Lope.
– Dos -respondió el francés-. Un viejo, abajo, y un joven en lo alto de la torre.
– ¿Una puerta amurallada, con una torne? -preguntó Lope.
– Sí -dijo el Don-. Por eso necesitaremos tres arqueros.
– ¿Y quién estará al mando del grupo? -preguntó Lope-. ¿El de Roda?
– No -contestó el Don-. El Normando. Uno de mis capitanes. Aún no lo conoces.
– Comprendo -dijo Lope.
– ¿Estás de acuerdo? -preguntó el Don.
– ¿Qué sacaré a cambio? -replicó Lope.
– Ocho partes del botín.
Lope conocía la fórmula según la cual se dividían los botines en la tropa: para los soldados de a pie, una parte; para los jinetes ligeros, dos; para los jinetes de armadura, cuatro. El Don le estaba ofreciendo el doble de lo que le correspondía. Era una buena oferta.
– Ocho partes -repitió Lope.
– Así pues, estamos de acuerdo -dijo el Don.
El francés se levantó y dijo:
– Desde ahora irás en la avanzada. El adalid está enterado de todo. Más adelante te llevará al lugar donde te espera el capitán.
Lope se quedó sentado.
– ¿Algo más? -preguntó el Don.
– Si no salgo con vida -dijo Lope con voz serena-, ¿puedo confiar en que la mujer que ha venido conmigo recibirá mi parte del botín, mis caballos y todo lo que poseo, y que será llevada a Zaragoza junto con el criado negro?
– Puedes confiar en ello -dijo el Don.
Reemprendieron la mancha media hora más tarde. Había luna nueva, pero el cielo estaba poblado de estrellas y resultaba fácil distinguir el camino. Lope iba justo detrás del adalid, al frente del convoy. Era una cabalgada agradable, después del calor de la tarde y las nubes de polvo que había tragado. El ritmo de marcha ya no era tan forzado. Los caballos trotaban a un paso ligero, que no los fatigaba demasiado y, sin embargo, los hacía adelantar con rapidez.
Lope iba pensando en la misión que le esperaba. No tenía miedo. Si el capitán normando iba a tomar parte en el asunto, el plan debía de estar bien pensado. Durante los últimos días había oído hablar mucho de ese capitán. El Normando estaba en la tropa desde hacía apenas un año; por lo visto, era hijo de un barón de Normandía. La gente contaba maravillas de él. Su fuerza era tal que podía mantener quieta a una mula con la mano izquierda mientras le propinaba una paliza con la derecha. Una vez, para obligar a hablar a la dueña de un castillo, que no había querido decirle dónde escondía el dinero, le había metido un sapo vivo en la boca. Era famoso por sus historias con mujeres, y el verano anterior había realizado una pequeña hazaña, de la que Lope había oído hablar ya en Castilla: «La tropa del Don había sido llamada para reforzar la guarnición de la fortaleza de Almenara, que había sido sitiada por el señor de Lérida. Al mismo tiempo, un ejército de Barcelona se había puesto en marcha con el objetivo de reforzar a los sitiadores. En una mancha forzada, hecha de noche, Rodrigo Díaz había conseguido interceptar al conde de Barcelona y lo había atacado por sorpresa en un bosque, dispensando su ejército y tomando prisioneros a numerosos señores del más estrecho séquito del conde. Al día siguiente, el conde propuso entablar negociaciones, y acordaron un encuentro: a campo abierto, con las tropas a sus espaldas, sólo los dos comandantes a caballo y sin armas, acompañados únicamente de un mozo. El capitán normando había hecho el papel de mozo del Don. Y luego, cuando se encontraron en mitad del campo, el Normando había apresado al conde de sólo dos puñetazos. Con el primero había derribado el caballo del conde; con el segundo, a su gigantesco guardaespaldas negro. El conde y su gente tuvieron que pagar ochenta mil meticales de oro para comprar su libertad».
Inconscientemente, Lope había imaginado que el capitán sería un hombre de un aspecto físico imponente. Pero esa mañana se quedó perplejo al verlo. El Normando era alto, pero no desmesuradamente. Tenía una contextura fibrosa, pero era más bien delgado, y en modo alguno era el gigante que Lope había pensado encontrar. Su fuerza debía de sustentarse más en huesos duros y en tendones firmes que en poderosas masas musculares. El Normando no llegaba a los treinta años. Tenía el cabello tan claro como la paja descolorida, y lo llevaba al estilo normando, afeitado desde la nuca hasta la coronilla. Sus ojos eran diáfanos como el agua; tenía un cuidado bigote y, a menudo, una risa que dejaba ver todos los dientes y que podía significar tanto un desmedido goce de la vida como un peligroso gusto por la violencia, sin que fuera posible determinar a primera vista de qué se trataba realmente.
Una hora antes de despuntar el alba habían vuelto a acelerar el ritmo de la marcha, para detenerse finalmente en un bosque situado en la parte alta de un valle. Allí los esperaba un mallorquín llamado Cosme, que manejaba un arco largo; era un hombre bajo y macizo, apenas una palma más largo que su arco. Cosme llevó a Lope carretera arriba, donde, una hora después de la salida del sol, el capitán les salió al encuentro con los tres burros del comerciante de Roda.
– ¿Eres el arquero nuevo? -preguntó el capitán cuando estuvieron frente a frente, y como Lope asintió, lo examinó de arriba abajo para luego tenderle la mano, alegre, y decir-: Yo soy Baudry Fiz Nicolás, señor de Gravemont y Montmanin, a menos que mi señor, el maldito bastardo, no me haya desheredado por venir a España sin su autorización. -Llevaba puesta la túnica harapienta del criado y, debajo de ésta, una cota de mallas sobre su piel blanca-. Sólo confío en que manejes el arco tan bien como dicen -dijo el capitán.
Un hombre ya se había tumbado sobre uno de los burros, y lo habían cubierto con un montón de pieles. Cosme y Lope se tumbaron sobre los otros dos animales y dejaron que sujetasen la carga encima de ellos. El hedor era espantoso, y las moscas se le metían a Lope por la nariz y la boca. Cuando el burro por fin se echó a andar, el refuerzo de madera de la silla se le hendía en el estómago, provocándole náuseas. Lope iba en el tercer burro; entre las pieles, que se balanceaban de arriba abajo, veía las piernas del capitán.
– ¡Eh! -oyó gritar al Normando-. ¿Te han explicado nuestro plan? -Tenía una voz clara y joven.
– Ningún detalle -dijo Lope.
– Presta atención -respondió el capitán-. Sólo hay una dificultad, el hombre de la torre. Al viejo de la garita lo reduciremos fácilmente, pero no podremos acercarnos al hombre de la torne, pues la entrada está cerrada por dentro.
– Entiendo -dijo Lope. El olor le daba ganas de vomitar, de modo que apenas se atrevía a tomar aire.
– Sólo tenemos dos opciones – continuó el capitán-. O llevamos al viejo a la caseta de vigilancia para que llame al de la torre y lo haga bajar, o tendréis que acertarle desde fuera con una flecha cuando asome por el pretil.
Lope comprendió que el plan contenía más imponderables de los que el Don había querido admitir. Era evidente que el ataque se dirigiría contra un pueblo pequeño pero bien fortificado. A juzgar por la dirección en la que habían cabalgado, se encontraban en medio de la región fronteriza. En esa zona la gente no se dejaba sorprender tan fácilmente. Siempre contaban con un posible ataque en cualquier momento. Cada hombre tenía un arma lista para usar colgada de la puerta de su casa, y la mayoría no manejaban mal esas armas. Hasta las mujeres estaban acostumbradas a defender sus pueblos y sus casas.