La mujer abrió la trampilla. Lope le apretó el cuchillo contra la garganta y subió los últimos peldaños caminando muy pegado a ella. Salieron a un tejado llano, que rodeaba por tres lados el patio interior de la casa. Allí donde Lope pensaba que debía de encontrarse la muralla, el nivel del tejado era varios peldaños más alto aún. Tan alto que desde donde estaban no se veía la torre. No se veía a nadie. Oyó los gritos estridentes del hombre de la torre, el barullo de las calles y el clamor que surgía por doquier. Ya no sonaba el gong, pero el aire estaba cargado de un inquietante fragor, como el lejano presagio de una tormenta.
Empujó a la mujer de nuevo a la casa, cerró la trampilla y corrió el cerrojo. La azotea estaba rodeada por un pretil de la altura de un hombre, en el que, a intervalos regulares, se abrían aspilleras cubiertas con postigos de madera. Junto a las aspilleras había montones de piedras cuidadosamente apiladas. Lope subió rápidamente a la parte más alta del tejado, abrió los postigos de la aspillera más próxima y miró hacia fuera.
La torne de la puerta estaba justo frente a él, a menos de dos largos de lanza de distancia, y el borde superior del pretil de la torre estaba a menos de medio hombre de altura por encima de él. El centinela se había asomado por el pretil y arrojaba piedras hacia abajo. Lope no alcanzaba a ver a qué estaba apuntando. Retiró la cabeza de la aspillera, se apartó del campo visual del centinela y sacó una flecha de la aljaba. Eligió la más pesada; quería asegurarse, por si acaso el hombre llevaba armadura debajo de la camisa. Se volvió otra vez hacia la aspillera, mientras tensaba el arco, y dejó volar la flecha apenas tuvo al hombre a tiro. Le acertó exactamente en el esternón. El hombre estaba tan sorprendido que ni siquiera atinó a cubrirse; se quedó mirando fijamente el extremo emplumado de la flecha que le salía del pecho. Levantó las manos en un nervioso gesto de indefensión y no pareció sentir nada cuando le acertó la segunda flecha, a un palmo de distancia de la anterior. Lope ya tenía la tercera flecha en el arco cuando, de repente, y a pesar del barullo que llegaba de la calle y del fragor que se aproximaba cada vez más, oyó un ruido seco a su espalda. Se apartó del muro y se agachó instintivamente. Vio que un hombre armado con un hacha iba hacia él por el tejado. Lo recibió con una flecha y bajó de un salto los escalones que conducían a la parte inferior. Cuando se volvió a mirar, vio que el hombre chocaba contra el pretil y se desplomaba. La flecha le sobresalía un palmo por la espalda.
El fragor era ahora tan intenso que toda la casa parecía vibrar. Lope volvió a la parte alta del tejado con un par de pasos, miró hacia la llanura, más allá de la torre, y allí venían, subiendo la pendiente en una formación estirada, unos pocos algo más adelantados, a galope tendido, los otros a menos de trescientos pasos de distancia. Una gigantesca nube de polvo ondeaba detrás de ellos como una imponente bandera, que subía más y más alto, como si quisiera llegar al cielo.
– ¡Capitán! ¡Eh, capitán! -gritó Lope por encima del pretil. Vio que el tercer arquero yacía junto a la muralla, con los brazos y piernas estirados sobre el empedrado, y vio a los otros tres refugiados bajo el pasadizo de la puerta, agachados bajo un montón de pieles. Cosme disparó una flecha hacia la calleja; su aljaba ya estaba vacía, o eso parecía desde arriba. Ni el capitán ni los otros parecían haber oído los gritos de Lope. Entonces, de pronto, un traqueteo seco brotó de la calleja, y cuando Lope se asomó a mirar, vio que diez o doce personas empujaban un pesado carro hacia la puerta. Eran hombres y mujeres, armados con hachas y lanzas. Lope los cubrió de piedras, acertando en cada tiro; estaban justo debajo de él y no esperaban ser atacados desde esa dirección. Tres quedaron en el suelo, los otros huyeron rápidamente. El carro siguió avanzando por inercia hasta estrellarse con gran estrépito contra la muralla, al lado de la puerta.
– ¡Capitán! -gritó Lope-. ¡Capitán! -volvió a gritar agitando los brazos. Esta vez si lo oyeron. El capitán miró hacia él haciéndose sombra con la mano.
– ¡Podéis subir a la torre! -le gritó Lope-. ¡El hombre está muerto!
En ese mismo instante llegó al puente el primer jinete y se precipitó por la calleja con un rugir de cascos, seguido por el segundo. Ante la muralla, de la formación estirada salieron dos pequeñas tropas que rodearon inmediatamente el pueblo con el objetivo de coger a los fugitivos.
Harían falta uno o dos días más para que todas las casas, mezquitas y torres cayeran en sus manos. Pero ya no había duda: el pueblo, con todo lo que había en él, les pertenecía.
51
Una de las mujeres del campamento había dado a Karima el nombre de «at-Tubayba», «nuestra pequeña médica». La mayoría de las andaluzas la llamaban así. En el campamento había muchas andaluzas, tanto muzárabes como musulmanas que habían sido tomadas como botín en algún ataque y luego habían preferido quedarse allí, pues la vida con los mercenarios parecía más agradable que el trabajo incesante que se exige a una criada o una campesina. En el campamento había mujeres de toda condición y todos los países. Karima había oído historias increíbles: relatos de las vidas colmadas de aventura de criadas evadidas, putas marcadas con fuego y adolescentes compradas a sus padres. Una de sus vecinas era una muchacha rubia de dieciocho años, natural del país del emperador de los francos, que afirmaba ser hija de un distinguido señor. Cuando tenía doce años había emprendido un peregrinaje a Compostela con su padre. El padre había muerto durante el viaje, dejando a su hija y el dinero que llevaba para el viaje en manos de uno de sus vasallos. Este vasallo había huido con el dinero, dejando a la niña desamparada. Ella se había hecho pasar por un muchacho y había vivido dos años pidiendo limosna; luego se había unido a un grupo de juglares y había aprendido a hacer juegos malabares con cuchillos, hasta que el hijo bastardo de un comandante castellano se había enamorado de ella y la había llevado consigo al campamento del Don.
Karima había oído innumerables historias. Pero tras dos semanas esas historias habían perdido paulatinamente su encanto, y había empezado a molestarle tener que vivir sobre el suelo raso y entre paredes de esteras y lonas enceradas. En el campamento pululaban los insectos, y Karima libraba una desesperada batalla contra pulgas y piojos. Pronto también estuvo harta de tener que escuchar una y otra vez las mismas historias de hombres. Hasta Felicia, con su sudoroso afecto, le resultó a la larga difícil de soportar. Karima se apartaba siempre que podía.
Empezaba a preguntarse cuánto tiempo más tendría que llevar esa vida. ¿Cuánto tiempo pensaba Lope quedarse con ese montón de mercenarios? Al principio no había pensado demasiado en aquello de que los hombres conquistarían un lugar estable al que luego se trasladaría todo el campamento. No había llegado a comprender bien qué significaba eso. Pero, con el paso de los días, había ido tomando conciencia. Los hombres atacarían alguna pacífica población, tomando prisioneros a los habitantes y matando a quienes se resistieran. Hacían la guerra contra gente inocente. Y Lope era uno de ellos. Ella misma era uno de ellos. Cuando más adelante se trasladara a la ciudad, sería tan culpable como los otros. ¡Dónde había ido a parar! ¿Qué esperanzas tenía? ¿Qué esperaba realmente? ¿Qué tenían en común ella y Lope? ¿Qué futuro? Qué otro futuro podía tener Lope, si no éste: guerrear y hacer botín al servicio de algún comandante de mercenarios. ¿Qué había aprendido a hacer Lope en su vida, además de manejar armas?
Recordó una conversación con Ibn Eh, que había demostrado tener la mente más clara que su padre y había comprendido mejor que una muchacha de catorce o quince años se sintiera impresionada por aquel joven hidalgo español. Ibn Eh había despachado a todo el estamento militar con unas pocas palabras, dichas como de paso pero tan bien dirigidas que Karima nunca las había olvidado. Había hablado de una clase social innecesaria, que sólo destruía, sin construir jamás. Había hablado de una valentía estúpida que exponía a los hombres a peligros de los que cualquier persona razonable huiría. De insensatos que no habían sido capaces de separarse de los juguetes de su niñez y, al llegar a adultos, seguían jugando, sólo que, por desgracia, sus juguetes eran mortales.