Durante aquellos días de soledad, Karima, en algunos momentos, había estado a punto de pedir a Lu'lu que la llevara a Zaragoza.
Pero aquella tarde, poco antes de la puesta de sol, cuando una ola de nerviosismo se apoderó del campamento y las mujeres corrieron hacia la puerta dejando ondear sus faldas, cuando Alienor, la provenzal de la cabaña vecina, se echó rápidamente encima su vestido rojo y se soltó el cabello, que cayó largo sobre su espalda, y el griterío que venía de la puerta anunció finalmente el regreso de los hombres, entonces ya todo quedó nuevamente olvidado.
Sólo se esperaba a una pequeña tropa, que ayudaría a desmontar el campamento y a llevar a las mujeres y todo el bagaje a salvo al nuevo acantonamiento. No cabía esperar que Lope llegara en el grupo; sin embargo, Karima si lo esperaba. Quiso correr hacia la puerta como las otras, pero tras un par de pasos se detuvo y se quedó al borde de la amplia calle del campamento, se alisó la falsa, miró confusa a su alrededor y se sintió abochornada al ver la mirada de Lu'lu dirigida hacia ella.
– ¡Allí está! -dijo Lu'lu, señalando con el brazo estirado en dirección a la puerta.
Karima lo vio llegar por la calle del campamento, entre los otros. No eran más de veinte hombres. Algunos ya habían desmontado, otros habían subido a sus mujeres al caballo. Alienor, con su vestido rojo, estaba sentada delante de uno que cabalgaba junto a Lope. Ése debía de ser el capitán del que tanto hablaba la Provenzal, que ahora lo había abrazado del cuello.
Lope estaba ileso. Levantó el brazo al ver a Karima. Estaba gris de polvo y su rostro parecía una máscara de hierro. También los otros iban cubiertos de polvo de arriba abajo. Entre ellos había hombres a los que Karima no había visto nunca en el campamento. Un rostro le resultaba familiar, pero no tuvo tiempo de pensar en él, pues Lope ya estaba allí, desmontando y sacudiéndose el polvo del traje.
Karima oyó una voz que venía desde arriba, una voz sonora y clara.
– ¡Eh, Lope! ¿Esa es tu mujer?
La voz le cortó la respiración, sin que ella supiera por qué. Cuando levantó la mirada vio la silueta de un jinete recortada contra el sol. Entornó los ojos. Alienor y su vestido rojo. El capitán. A primera vista no lo reconoció. Aquel bigote del color de la paja la confundía. La vez anterior no lo llevaba. Pero entonces él la miró enseñando los dientes, radiante, y ella estuvo segura. Ya no cabía duda, ni la menor posibilidad de duda: esa boca ancha, esos dientes de rapaz, esos ojos azules como el agua.
– Hombre, hermano, ¿por qué no me habías hablado de esta mujer? -le oyó decir-. ¿Por qué te lo llevabas tan callado? ¡Vaya hermosura! -Se inclinó en la silla-. Mis respetos, dueña -dijo, radiante-. Mi más sincera admiración.
Karima estaba tan sorprendida que devolvió la inclinación, y un escalofrío recorrió su cuerpo cuando, de pronto, le vino a la cabeza la idea de que él también tenía que haberla reconocido. Pero un instante después cayó en la cuenta de que él no podía haberla visto, pues aquel día llevaba puesto su velo de viaje.
– Lope, amigo mío -le oyó decir-, espero poder recibiros en mi casa pronto.
Karima le vio hacer un gesto ampuloso con la mano, señalando su cabaña, y luego, por fin, espolear su caballo y marcharse.
Karima reconoció también al mozo que lo seguía, un chico de rostro alargado, ojos amables y barba rala y rubia. Le flaquearon las piernas y tuvo que cogerse de un poste. No se atrevía a levantar la vista y mirar a Lope a la cara. Temía que él hubiera adivinado lo que ocurría. Pero luego vio que Lope no le prestaba ninguna atención; ni siquiera tenía intención de dirigirse a ella para saludarla. Estaba ocupado con su caballo; le quitó las alforjas y se las dio a Lu'lu, que se apresuró a llevarse el animal. Cuando Lope y Karima estuvieron solos, se quedaron de pie frente a la cabaña como dos extraños reunidos inesperadamente por el azar en un mismo lugar, sin saber qué decirse.
Karima casi se sintió aliviada cuando, poco después, el capitán de la cabaña vecina llamó a Lope y le propuso que lo acompañara a lavarse al río.
Cuando Lope volvió, estaba de un humor más distendido. Lu'lu había encendido fuego, conseguido vino y asado unos cuantos pájaros. Mientras comían, preguntó a Lope por la cabalgada, sonsacándole más y más detalles, hasta que finalmente Lope salió de su reserva y empezó a contar.
Pero cuando ya se había puesto el sol, la conversación se interrumpió de repente, pues de la cabaña del capitán empezaron a llegar los gemidos de la bella provenzal, seguidos de agudos gritos, risitas melindrosas apenas reprimidas y, finalmente, sollozantes jadeos de placer en todos los tonos posibles, tan exageradamente sonoros como si quisieran hacer partícipe de sus placeres a todo el campamento.
Lu'lu intentó sofocar los ruidos hablando en voz más alta y más deprisa, pero era en vano. Lope enmudeció y se quedó mirando fijamente el fuego; por fin, se puso de pie sin decir nada y desapareció en dirección a la puerta del campamento y los establos.
Karima y Lu'lu se quedaron en silencio junto al fuego, viendo cómo se consumía. Cuando ya sólo quedaban unas pocas llamitas azuladas ardiendo entre las brasas, el monje pelirrojo apareció calladamente sobre el resplandor de la hoguera, sigiloso como una rata hambrienta, y dijo:
– ¡Vaya hombre es ése! ¡Carga con una olla llena de miel y ni siquiera la prueba!
Lu'lu se levantó de un salto, pero no estaba aún de pie cuando el monje ya había vuelto a desaparecer al abrigo de la oscuridad. Ya sólo oyeron su horrenda risa.
La noticia sobre el extraño comportamiento de Lope no tardó en dar la vuelta al campamento. Karima empezó a notarlo ya al día siguiente. Hasta entonces nunca nadie la había molestado. El Don imponía sanciones draconianas a los hombres que intentaban arrebatarse mutuamente la mujer y se peleaban por ello. Mientras fue considerada la mujer de Lope, Karima había podido sentirse segura, pues él, contratado como jinete de armadura, pertenecía a la clase privilegiada del campamento. Pero ahora que Lope había dado a entender con su actitud que no la pretendía como compañera de cama, Karima se había convertido de pronto en una presa disponible. Primero no comprendió lo que pasaba por las cabezas de los hombres; estaba demasiado poco familiarizada con las costumbres de ese nuevo mundo. Sólo advirtió que la miraban con codicia y que se comportaban de otra manera cuando la veían andar por el campamento: más impertinentes, más provocadores, inflados como gallos en celo. La actitud de las mujeres también cambió de la noche a la mañana; ahora minaban a Karima con ojos recelosos, o se mostraban agresivas, como la bella Alienor, que, cuando iban a buscar agua, tropezaba con ella adrede para hacer caer la jarra que llevaba sobre la cabeza. Muchas mujeres que hasta ahora la habían tratado con simpatía, procuraban apartarse de ella, como si de un momento a otro se hubiera convertido en su enemiga. Hasta Felicia la eludía.
Karima ya casi no salía de la cabaña, y cuando no le quedaba más remedio que hacerlo, se acompañaba siempre de Lu'lu. Pero de poco servía el criado negro. A pesar de su imponente estatura, ninguno de los hombres parecía tomarlo en serio. No lo consideraban un hombre. Su presencia no los intimidaba.