A última hora de la tarde, cuando Lope estaba en los establos, el capitán hizo una visita a Karima. Llevaba puesto un capote de seda rojo y zapatos marrones como los dátiles, se contoneaba como un pavo real y le hacía la corte descaradamente. Decía lamentar no haber encontrado a Lope en casa, pero no había duda de que, en realidad, se alegraba; además, había elegido el momento exacto para encontrar sola a Karima.
Al día siguiente, el capitán envió a su mozo con una invitación formal para que Lope y Karima fuesen a comen a su casa. El mismo se ocupó de la comida. Mandó servir codornices y perdices asadas, y para beber vino de Valencia escanciado en copas moras. Mostró su mejor lado; se deshizo en atenciones hacia Karima y le echó delicados requiebros, que sonaban tan graciosos en su español entrecortado que Karima no podía evitar reírse espontáneamente. Por momentos, cuando pensaba que ese hombre alegre, encantador y cortés era uno de los asesinos del puente de Alcántara, dudaba de si misma, no podía creerlo.
Sintió la mirada de la bella provenzal, que se había maquillado como una puta para una fiesta, y que actuaba como una gran dama, dirigiendo fogosas miradas a Lope, en un desesperado intento de poner celoso a su amante. Vio que la seguridad en sí misma de la Provenzal iba mermando bajo el menosprecio del capitán, y que el odio empezaba a arder en ella hasta arrancar destellos a sus ojos.
Al capitán los ojos le brillaban de puro deseo. A Karima le resultaba muy difícil defenderse de sus cumplidos. La tensión del ambiente podía contarse con un cuchillo. Sólo Lope parecía no darse cuenta de nada. Comía con buen apetito, bebía como Karima jamás le había visto beber, se dejaba acariciar por las miradas de la Provenzal e ignoraba las alusiones del capitán, como si estuviera sordo. Y Karima ardía por dentro; estaba tan furiosa como nunca antes. A punto estuvo de revelar a Lope quién era el capitán.
Al día siguiente, Karima advirtió sorprendida que los hombres volvían a dejarla en paz. No más silbidos ni chasquidos de lengua ni gestos desvergonzados. Karima tardó un rato en comprender qué había ocurrido: el capitán había dejado bien claro a ojos de todos que estaba interesado en ella. Con esto, Karima se había tornado inalcanzable para todos los demás hombres. Ninguno estaba dispuesto a disputársela al Normando. Se sentía furiosa, tanto más por cuanto Lope ni siquiera parecía intuir lo que pasaba.
Ya la tarde siguiente, el capitán volvió a insinuar sus expectativas. Se presentó en la cabaña nada más marcharse Lope a los establos. Karima intentó rechazarlo, pero el capitán actuaba como si su visita se apoyara en una larga tradición que le concedía un firme derecho. Le llevó una cadena de coral rojo. Cuando Karima rechazó el regalo, el capitán fingió arrepentirse y le pidió, de un modo encantador, que perdonara su atrevimiento.
Al atardecer, cuando los hombres se habían reunido con el capitán para deliberar y Karima estaba sola, sentada a la puerta de la cabaña, volvió a aparecer de repente el monje pelirrojo.
– ¿Por qué no sois un poquito más amable con nuestro capitán? -preguntó el monje, y esta vez su voz no tenía aquel tonillo sarcástico-. El capitán os tiene en mucho. Podéis vivir muy bien a su lado. No encontraréis un hombre mejor en toda la tropa.
Karima hizo como si no oyera.
– Según he oído, el capitán estaría dispuesto a echar hoy mismo a esa bonita provenzal. Le paga seis dinares de oro al mes. Estaría dispuesto a ofreceros a vos el doble, sin contar los regalos.
Karima apretó los labios y siguió mirando fijamente hacia delante.
– El capitán os daría todo lo que desearais -continuó el monje, acercándose tanto que ella podía oir su respiración, y, susurrando, añadió-: Se dice que el capitán es capaz de arrancar un guijarro de una pared con lo que lleva bajo el cinturón, ¡así está de bien dotado!
Karima no se movió. Esperó a que el monje se marchara, se levantó y entró en la cabaña. Y, a oscuras, se acurrucó en el suelo y se llevó las manos a la cara para reprimir sus sollozos. Los hombros se le sacudían mientras ella lloraba en silencio. Lloró como no lo había hecho nunca desde que dejó de ser una niña.
Lope había tomado por costumbre salir cada día al amanecer y cabalgar una hora por los pastos de la orilla del río, para mantener en movimiento a los caballos. Al principio, cuando toda la tropa estaba aún en el campamento, encontraba por lo regular a algún otro hombre que quisiera acompañarlo. Pero esos últimos días había salido siempre solo.
Esa mañana, el capitán lo estaba esperando en los establos. Salieron a cabalgar juntos. Atravesaron el pinar en dirección al norte, bajaron al valle por un estrecho sendero y siguieron por el fondo del mismo. Cuando salieron a un terreno abierto, en el que podían cabalgan uno al lado del otro, el capitán dijo sin rodeos:
– Escucha, hermano, tengo que hablar contigo de una cosa.
Lope le echó una mirada interrogante.
– Ya imaginarás qué quiero pedirte -continuó el capitán.
– No -dijo Lope.
El capitán pareció sorprenderse, pero no por ello se detuvo.
– Se trata de la mujer que tienes contigo -dijo-. La gente del campamento afirma que ella no significa nada para ti. No suelo creer en las habladurías de la gente, pero si lo que dicen es verdad, estoy dispuesto a proponerte un trato -hizo una pausa y miró a Lope, escudriñándolo.
– ¡Vaya! -dijo Lope- ¿Qué tipo de trato?
– Un trato honrado, entre hermanos -dijo el capitán enseñando los dientes-. Escucha, amigo, los dos necesitamos un cambio, lo entiendo, no hace falta que me lo digas. Te ofrezco a esa francesita y cincuenta meticales de oro. ¿Trato hecho?
Lope vio la mirada expectante del capitán y, en un primer momento, se dijo que no debía de haber entendido bien, aunque sabía perfectamente qué era lo que quería el capitán. No estaba seguro de si sentirse ofendido o furioso, pero notó que la furia empezaba a apoderarse de él. Sin embargo, cuando iba ya a responder violentamente, logró contenerse. ¿Qué motivo tenía para montar en cólera? ¿Qué derecho tenía? Karima no era su mujer ni su hermana. Si el Normando iba tras ella, ¿por qué habría de impedírselo? ¿Acaso la oferta del capitán no estaba en consonancia con el código de comportamiento que regía en la tropa?
– ¡Ochenta meticales! -dijo el capitán.
Lope esquivó su mirada. ¿Era posible que ese putero normando tuviera ya algún motivo para albergar esperanzas? ¿No le había dicho Lu'lu que el capitán había visitado a Karima dos veces cuando él no estaba? ¿Acaso ese maldito hijo de puta no había estado pavoneándose ante ella durante aquella comida?
– ¡Cien meticales! -dijo el capitán.
– Ésa no es la cuestión -dijo Lope con seca cortesía.
El capitán lo miró de reojo, con una ancha sonrisa.
– Ésa no es una respuesta -replicó.
– Pues no hay otra -dijo Lope, siempre con la cabeza recta hacia delante.
– Como tú quieras, hermano -dijo el capitán, sin enojarse-. No quería ofenderte. Pero mi oferta se mantiene: la francesita y cien meticales en oro. Piénsalo con calma. Puedo esperar. -Detuvo su caballo, dio media vuelta y emprendió el camino de regreso, antes de que Lope pudiera responder.
Lope clavó los talones en las ijadas de su caballo y subió a todo galope por la ladera del valle, como queriendo escapar de sus pensamientos. Luego, en algún momento, se detuvo de repente, y le acudió a la cabeza la idea de que el capitán podía estar con Karima en ese preciso momento, quizá contándole el resultado de su conversación. Se dijo a si mismo que tenía que proteger a Karima de ese maldito normando, se lo debía al hakim. Y de pronto se dio cuenta de que él era el culpable de todo. No debía haber llevado a Karima a ese campamento de mercenarios, o, como mínimo, no debía haberla dejado sola allí. Debía haberla llevado a Zaragoza con Lu'lu inmediatamente después de llegar; debía haberle evitado esa estancia en el campamento. Se sumió en el remordimiento, pero conforme se acercaba al campamento iba abriéndose paso otra idea. ¿Por qué motivo la gente del campamento había empezado a decir lo que había insinuado el capitán? ¿Acaso había molestado alguna vez a Karima desde que emprendieron su largo viaje juntos? ¿No había dejado a Lu'lu para que la protegiera? ¡Quizá era precisamente eso lo que había incitado las habladurías de la gente! Quiso aferrarse a esta última idea, pero cuando llegó a los establos estaba convencido de que la culpa de todo debía buscarse más en Karima que en él. Tenía la cabeza llena de reproches a Karima, y mientras bajaba por la calle del campamento, iba hilando las palabras con las que revestiría esos reproches. Cuando se topó con ella a la puerta de la cabaña, dijo, enojado pero en voz tan baja que sólo Karima pudo escucharlo: