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– ¡Han ocurrido cosas que afectan a mi honor! ¡Cosas que nos conciernen a los dos y de las que tenemos que hablar!

Ella lo miró sorprendida, achinando los ojos.

– ¡Cosas! ¡Cosas! ¿Qué cosas?

Lope no estaba preparado para esa respuesta, pero consiguió mantener el tono de enfado:

– No creo que éste sea lugar para hablar -dijo-. ¡Aquí nos oyen todos!

– Bien -respondió Karima con la misma vehemencia-. Entonces vayamos a donde no nos oiga nadie.

Karima se levantó de un salto y cogió la calle del campamento en dirección al río. Andaba muy deprisa, obligando a Lope a seguirla casi a la carrera. Él, ante esta prisa impuesta, perdió parte de su seguridad en sí mismo, y de repente advirtió que tampoco encontraba las palabras que tan cuidadosamente había preparado. Cuando llegaron al tortuoso sendero que conducía al río, y Karima le preguntó a bocajarro de qué quería hablar, ya sólo pudo balbucear.

– Se trata de ese normando… del capitán… -empezó, pero cuando Karima volvió hacia él sus ojos centelleantes, enmudeció por completo.

– ¡Del capitán! -dijo ella con inquietante dureza-. ¡Esto empieza bien! ¡Yo también tengo algunas cosas que decirte del capitán!

Lope encontró una respuesta adecuada, pero antes de que pudiera decirla, Karima se dio la vuelta y siguió bajando por el sendero con largas zancadas, y él encontró inapropiado dirigir sus reproches contra alguien que le daba la espalda.

– ¡Te escucho! -dijo ella, mordaz.

Lope tenía que decir algo si no quería terminar agachando la cabeza.

– ¡No tengo ganas de hablar y correr al mismo tiempo! -dijo.

Karima se detuvo tan de improviso que Lope casi siguió de largo.

– ¡Vaya, por fin! -dijo ella-. ¡En estos últimos meses no hemos hecho otra cosa que hablar y correr!

– Esa no es la cuestión -contestó Lope, enérgico.

– ¿Y cuál es la cuestión, entonces? -replicó ella, furiosa-. ¿Cuál puede ser? ¡Llevo siglos esperando que lleguemos de una vez a la cuestión!

– Volvió a darse la vuelta y siguió sendero abajo.

Lope corrió tras ella, sólo para volver a detenerse de golpe un poco más allá.

– Se trata de… de que me siento ofendido en mi honor. En el campamento circulan rumores… -empezó a decir, titubeando-. Se trata de que no puedo permitir que ese bocazas de normando o cualquier otro se imaginen… No estoy dispuesto a aceptar… -se interrumpió, pues tenía la impresión de que ella no lo estaba escuchando. Se puso furioso consigo mismo, por no haber sido capaz de hallar las palabras oportunas. Ya ni siquiera sabía qué tenía que reprocharle a Karima, por más que se esforzaba en reencontrar el hilo.

Por fin llegaron al fondo del valle. Karima se volvió y lo miró con los ojos entornados y expresión de furia. Temblaba de rabia; estaba tan furiosa que Lope se apartó un paso sin pensar.

– ¡Tú! ¡Tú! ¡Siempre tú! -le gritó a la cara-. ¡Tu honor, tu venganza, tu estúpida promesa! ¡En lo único que piensas es en ti! ¡Lo único que tienes en la cabeza eres tú! ¡Todo gira únicamente en torno a ti! ¡A ti! ¡A ti!

Lope estaba convencido de que ella no tardaría en arrojarse sobre él, y levantó las manos en un gesto espontáneo de defensa.

– ¿Has pensado alguna vez en mí durante todo este tiempo? -continuó con voz vibrante de rabia-. ¿Has desperdiciado aunque sea un solo pensamiento en mí? ¿En cómo lo he pasado, cómo me he sentido? ¿Se te ha ocurrido alguna vez ponerte en mi lugar? ¿Has pensado en mi alguna vez? ¡Dímelo! ¿Has pensado alguna vez en mi en todos estos meses?

Lope no sabía qué responder. Se quedó mirándola, completamente amilanado. No estaba preparado para semejante estallido. Nunca hubiera creído que Karima pudiera mostrarse tan fuerte.

– Me dejas aquí, entre esas mujeres que se rompen la boca hablando de mi, porque no saben si soy tu mujer, tu hermana o simplemente una puta judía. Me arrastras a la casa de ese presuntuoso capitán y ni siquiera te das cuenta de que me está haciendo la corte, y yo todavía tengo que estar agradecida, porque al menos así los demás hombres me dejan en paz. Me tratas como si tuviera lepra, y después te sorprendes de que la gente hable. Ni siquiera te dignas a darme la mano cuando me saludas. Te sientas allí, inmóvil como un palo, no hablas, ni tan sólo guardas las apariencias, y después aún tienes la desfachatez de quejarte de los rumores que circulan. Tienes la desfachatez de hacerme reproches, mientras yo he de resignarme a que un fulano cualquiera envíe a su lacayo para hacerme propuestas indecentes. ¡Hasta ahí hemos llegado! ¡No pienso aguantar más!

Lope era incapaz de producir un solo sonido. Estaba tan afectado, tan indefenso, que en ese momento Karima hubiera podido tirarlo al suelo con la punta del dedo meñique.

– ¿Qué propuestas? ¿Qué lacayo? ¿Qué fulano? -balbuceó.

– ¡Sí! -dijo Karima, fuera de sí-. Eso es lo que te gustaría saber. ¡Quién! ¡Qué hombres! Porque eso empaña tu honor, tu sensible honor. Voy a decirte lo que pienso de tu honor. ¡Me cago en él! ¡Me cago en tu honor!

Estaba de pie junto a él, ebria de rabia, como en espera de que Lope se atreviera a mover un solo dedo para arrojársele encima. Pero, como Lope callaba, se quitó de un tirón la faja de la cabeza, que se había soltado. Por un instante Lope creyó ver en sus ojos una sonrisa burlona, aunque no estaba seguro, y ella no le dio tiempo a comprobarlo, pues pasó a su lado sacudiendo la cabeza para desenredarse el pelo y volvió a subir el sendero con paso enérgico, al tiempo que se colocaba nuevamente la faja.

Cuando estaba ya a mitad de la cuesta, se volvió una vez mas. -Ya era hora de que habláramos -gritó hacia abajo. Lope no supo qué contestar.

Partieron un día. Un largo convoy: bestias de carga; carros sobrecargados a los que iban atadas cabras, ovejas y vacas; jinetes delante y a los lados, como perros ovejeros manteniendo unido el rebaño; mujeres y niños a pie. Los más lentos marcaban el ritmo de la mancha. El capitán había calculado tres días para el viaje.

Levantaron su primer campamento nocturno en el valle del Cinca. Acababan de acomodar las cosas, reunir los carros y alimentar a los caballos cuando los primeros relámpagos cruzaron el cielo. De pronto hubo un extraño ruido en el aire, un inquietante zumbido apenas audible, que se oía sólo porque todos los demás sonidos se apagaron. Ya no se oía el murmullo de las hojas ni el canto de los pájaros ni el crujir de la hierba seca. No se sentía una sola ráfaga de aire. Absoluto silencio, como si la naturaleza contuviera la respiración. Sólo ese zumbido en el aire, cada vez más intenso, atemorizando a los animales y haciendo llorar a los niños. Y luego todo se precipitó: el rayo desatándose sobre el horizonte, el interminable rugido cada vez más fuente y amenazante del trueno, y una colosal pared de nubes levantándose en el cielo.

Tuvieron que salir del valle, porque temían que el río se desbordara. Engancharon los caballos y empacaron las cosas lo más rápidamente posible, pero aún no habían terminado cuando la primera ráfaga de viento azotó los árboles y avivó las hogueras, y dos caballos se espantaron, huyendo a todo galope y pisoteando los bultos de equipaje. Entonces cundió el pánico. Todos intentaron ponerse a salvo a toda costa, salir del valle, subir, alejarse del río.