Lope había cabalgado en la parte delantera del convoy, con Karima y Lu'lu, y habían acampado cerca del brazo principal del río, en un terraplén circular poblado de árboles. Al acercarse la tormenta, Lope los había incitado a partir inmediatamente, pero mientras todos los demás huyeron hacia atrás, ellos tres cruzaron el río, intentando llegar a tiempo a la orilla oriental. Llegaron justo a tiempo. Un instante después se desató el infierno, con sus relámpagos cegadores y el estrépito vibrante de los truenos, y luego cayó el agua, como si un gigante hubiera abierto con su cuchillo el monstruoso odre de nubes negras que pendía sobre ellos.
Sólo un instante después estaban empapados hasta los huesos, con las botas llenas de agua hasta el borde, las alforjas caladas hasta las capas más internas. Nada resistía al agua. Avanzaron tirando de las riendas de los caballos a través del ralo bosquecillo. Pequeños arroyos empezaban a formarse por todas partes. La noche era oscura como boca de lobo, pero los rayos se sucedían con tal rapidez que podían moverse sin peligro por entre los árboles. Por fin, Lope encontró a una cierta distancia del camino un lugar más o menos protegido, abrigado del viento por una gran encina inclinada, a cuyo tronco ató un toldo que por lo menos protegería a Karima. A la entrada de esta tienda improvisada amontonó las sillas de montar y las alforjas, para protegerla aún más del viento, y arrancó un par de ramas para cubrir el suelo, mientras Lu'lu se ocupaba de mantener tranquilos a los caballos.
Cuando el refugio estuvo listo y Karima por fin pudo tumbarse, se dieron cuenta de que todo su trabajo había sido en vano, pues en cuanto se aleló la tormenta y dejó de llover, empezó a gotear de las ramas de los árboles, de modo que habrían estado mejor en un lugar al descubierto. Pero ya era demasiado tarde; estaba tan oscuro que uno apenas podía ver sus propias manos.
Lope se acuclilló a cierta distancia del refugio, bajo el tronco de un árbol, abrazándose las piernas y tensando los músculos para reprimir el temblor que lo atacaba cada vez con mayor frecuencia. La noche no era fría, pero la humedad lo helaba; cada ráfaga de viento parecía penetrar en su piel y cada gota que le caía encima parecía bañarlo de pies a cabeza. Hubiera podido buscar un lugar seco, pero mientras Karima estuviera bajo el toldo sobre el que chapoteaban sin descanso las gotas que caían de las copas de los árboles, él, pensaba, tendría que quedarse debajo de su árbol. Como mínimo quería esperar hasta que se quedase dormida. Prestó atención y le pareció oír que a Karima le castañeteaban los dientes, y aquel sonido le oprimió la conciencia, como si él solo fuera responsable de la tormenta, la humedad y el frío que ella tenía que padecer. Más tarde, se quedó dormido. Cuando despertó seguía oscuro. No oía ningún ruido procedente de la tienda. Tampoco oía a los caballos. Estaba atenido de frío. Un rato después, se dijo que debía ir a ver los caballos. Se levantó silenciosamente y caminó a tientas entre los árboles hasta llegar a donde estaba Lu'lu. El criado negro yacía boca abajo encima del caballo de reserva, los pies cruzados sobre la grupa del animal, las manos abrazando el pescuezo y la cabeza apoyada sobre éste. Dormía plácidamente; parecía estar caliente sobre el lomo tibio del animal.
Lope retrocedió unos pasos, prestó atención una vez más a la respiración de Karima, buscó un claro que estuviera seco y se acostó allí. Negros nubarrones cruzaban el cielo, y entre los jirones de nubes empezaban a asomar las primeras estrellas. Lope seguía congelado como un gato mojado, pero volvió a quedarse dormido antes de que despuntara el alba.
Una escalofrío sacudió a Karima, despertándola de un profundo sueño. Yacía en el suelo como petrificada; tenía la sensación de que todo su cuerpo se hubiera encogido para aprovechar el último e ínfimo resto de calor que se conservaba dentro de ella como por milagro. Yacía aovillada con ropas húmedas bajo una manta húmeda, y un temblor convulsivo la estremecía a intervalos regulares. De pronto oyó el canto de un pájaro, alegre y fuerte; abrió los ojos y vio que fuera ya era de día. Una luz tibia y dorada se filtraba a través del follaje de los árboles. Presintiendo la calidez exterior, se quitó de encima la manta sin pensar y se arrastró hacia fuera.
Le dolían todas las articulaciones, como si las tuviera atrofiadas. Se frotó los brazos y las piernas hasta sentir que les volvía la vida. Era de mañana, y el sol ya calentaba allí donde los árboles le permitían llegar. Buscó a Lope con la mirada, pero no lo vio, ni tampoco a Lu'lu.
Corrió hacia un claro, bañado completamente por el sol. El suelo estaba blando y la hierba se extendía como una alfombra de seda verde; los colores relucían como lavados por la lluvia. Al salir de la sombra de los árboles a la luz, cerró los ojos, cegada, y echó la cabeza hacia atrás. Notó el calor sobre su piel y se quedó inmóvil, sintiendo cómo iba entrando en su cuerpo. Se estiró placenteramente, y en ese mismo instante se estremeció al advertir que algo se movía entre sus pies. Era Lope, que se levantó de un salto y la miró desconcertado, como alguien que acaba de despertar de un profundo sueño y aún no sabe si lo que ve es real o sigue siendo parte de ese sueño.
– No te había visto -dijo Karima con una sonrisa-. El sol me cegaba. -Estaba de pie, frente a ella, con los hombros recogidos y expresión de asombro, aún medio dormido. Estaba muy cerca de ella.
– Hay un sol hermoso, y tibio -dijo ella-. Nunca en mi vida había disfrutado tanto del sol como hoy. -Mantenía la mirada fija en los ojos de Lope. Dios mío, pensaba, cómo se atormenta con su estúpido orgullo masculino, con su honor, con sus juramentos. ¿Por qué se aferra a ello tanto como un cojo a su muleta? ¿Por qué se toma todo tan a pecho? ¿Por qué tiene tan poca fantasía? ¿No oye cantar a los pájaros? ¿No siente el sol sobre su piel? ¿No siente que lo amo?
Qué indefenso es, pensaba Karima, y qué estúpido, qué terriblemente estúpido, con ese orgullo masculino. Nunca aprenderá. Si no lo ayudo, nunca aprenderá.
Dio un paso hacia él, el paso que los separaba, y lo abrazó.
52
El hecho de que al-Mutamin, el príncipe de Zaragoza, tomara él mismo todas las decisiones políticas importantes, sin consultar apenas a su primer ministro, Abú'l-Fadl Hasdai, a quien muchas veces ya ni siquiera informaba, tuvo entre otros el peculiar efecto de desarrollar en el hadjib una avaricia enfermiza. El año anterior, cuando lo visitó Ibn Ammar, solían sentarse a comer en el madjlis de Abú'l-Fadl Hasdai diez, quince, hasta veinte hombres. Ahora el hadjib casi siempre comía solo.
– Ya no puedo ver a otra gente comiendo en mi casa -dijo-. Cada mordisco me hace pensar que es mi pan el que se están comiendo. Eso le quita el apetito a cualquiera.
Cuando paseaba con Ibn Ammar por el parque de su palacio, no le importaba ir recogiendo las ramas secas caídas de los árboles para llevarlas luego al depósito de leña. Incluso golpeaba con su bastón las ramas secas que aún colgaban del árbol, para hacerlas caer.
– Las ramas pequeñas también dan fuego -solía decir.
Ibn Ammar aún mantenía estrechos contactos con él, si bien entre tanto se había procurado acceso al madjlis del príncipe y ya no dependía de la protección del hadjib. Su tacto, que era su mejor arma en el trato con los poderosos, le había allanado el camino a la corte también en Zaragoza.
AI-Mutamin de Zaragoza era justamente lo contrario a al-Mutamid, el príncipe de Sevilla. Era riguroso, ascético, muy culto; parecía más un erudito que el soberano de un poderoso reino. Ambos príncipes tenían solo una cosa en común: su fe desmedida en los horóscopos y los cálculos astrológicos. Sin embargo, esta peculiaridad se expresaba de manera muy distinta en cada uno de ellos.