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Al-Mutamid de Sevilla sólo consultaba a los astros cuando se sentía deprimido, cuando tenía miedo o cuando, por cobardía, ignorancia o mala conciencia, no se atrevía a tomar una decisión. Apenas recobraba el ánimo, dejaba de prestar atención a las estrellas o cualquier otro signo.

Al-Mutamin de Zaragoza, por el contrario, ejercía la astrología como ciencia, y subordinaba todos sus actos a las constelaciones astrales. Para sus cálculos astrológicos utilizaba los instrumentos astronómicos instalados en la torre más alta de la al-Djafenia, que su padre empleara para la observación científica de los astros. El mismo hacía sus horóscopos, asistido por dos astrólogos muy bien pagados. Con ellos pasaba noches entenas sobre el tejado del palacio.

A esta fe en las estrellas se debía también su debilidad por el aventurero castellano Rodrigo Díaz, quien estaba a su servicio y de cuyo carácter peligroso e imprevisible no cesaba de advertirle Abú'l-Fadl Hasdai. El príncipe había elaborado una carta astral del comandante de mercenarios, y había averiguado que su vida estaba determinada por una conjunción de Marte y Mercurio al inicio de la décima casa, es decir, en el centro del cielo, lo cual indicaba que, por una parte, alcanzaría una fama inimaginable que dejaría en las sombras a todos sus predecesores, pero que, por otra parte, lo predestinaba a una muerte violenta.

El príncipe estaba convencido de que podía participar sin perjuicio en la fama del castellano, y que gracias al examen constante de la situación astrológica sería capaz de predecir cuándo se produciría esa muerte violenta que vaticinaban las estrellas, lo cual le permitiría separarse de él a tiempo. Estaba convencido de que tenía al castellano completamente en sus manos.

Por si fuera poco, el castellano también creía en la predicción del destino, y orientaba sus actos según todos los posibles presagios, que observaba con gran detenimiento. Creía poder leer la suerte o la desgracia en el vuelo de los cuervos o las cornejas, en si graznaban o no al pasar, y en cuántas aves eran y en qué dirección volaban. Creía que su destino dependía de hechos fortuitos, como si su caballo pisaba el umbral del establo primero con la pata derecha o con la izquierda, o si se topaba antes del mediodía con una mujer que bostezaba.

El hadjib se burlaba tanto de la pura superstición del castellano como de la astrología vestida de ciencia del príncipe, y sin duda, entre ambas cosas, era la astrología la que más despreciaba. Esta postura había contribuido en no escasa medida al alejamiento entre él y el príncipe. Cuando estaba a solas con Ibn Ammar, el hadjib no dejaba pasar la ocasión de criticar la manía del príncipe.

– Predice una gran fama a ese aventurero, y cuando éste obtiene una victoria gracias a su astucia y una buena táctica, como la que consiguió contra el conde de Barcelona, lo manda llamar a Zaragoza y hace que la gente lo vitoree, para asegurarse así de que se cumpla su predicción -explicó refunfuñando, para pasar enseguida a sus habituales observaciones pesimistas-: Hasta ahora ese fulano no ha ofrecido más que un gran espectáculo sin la menor trascendencia política. Mientras nosotros tenemos que celebrar sus triunfos, en el norte ha caído la fortaleza de Graus. Ése fue el acontecimiento más importante del año pasado. Pero el príncipe se limita a celebrar las victorias, olvidando las derrotas.

A pesar de sus extravagancias, el hadjib conservaba aún una extraordinaria capacidad de análisis. Lo único que sobraba a sus juicios era la amargura y el orgullo herido. Ibn Ammar buscaba frecuentemente sus consejos, y no lo hacía sólo por el viejo afecto que los unía. Ese viernes también había ido a verlo para pedirle un buen consejo.

El príncipe le había encomendado que se dirigiera a una fortaleza situada en el extremo occidental del reino de Denia, un lugar sin mayor importancia estratégica, emplazado entre unos peñascos inaccesibles, en plena campiña. El comandante del castillo se había negado a rendir el juramento de vasallaje, y todo indicaba que se sometería al príncipe de Sevilla. Ibn Ammar tenía que impedirlo como pudiera.

El castillo se llamaba Segura, y su comandante era un pequeño noble llamado Ibn Suhail, demasiado insignificante como para emprender una campaña contra él. Pero tenía en su poder una baza que, bajo determinadas circunstancias, podía adquirir importancia. Un nieto de Ah ibn Mudjahid, el antiguo señor de Denia, un niño de seis años, único descendiente masculino legítimo de la antigua dinastía, vivía bajo su protección en Segura. No podían permitir que ese chico diera motivos al príncipe de Sevilla para elevar pretensiones sobre el reino de Denia.

Por estas perspectivas, y por su vinculación con los intereses sevillanos, la misión resultaba especialmente espinosa para Ibn Ammar.

– Tienes ya un plan? -preguntó el hadjib.

– No, nada -respondió Ibn Ammar-. El príncipe me dará veinte hombres de la tropa del castellano.

– ¿Nada de dinero? ¿Ni ofertas de negociación?

– Nada. Ni siquiera informes que puedan ayudarme. En la corte nadie sabe nada sobre ese Ibn Suhail.

– Yo tampoco lo conozco -dijo Abú'l-Fadl Hasdai, pensativo-. Nunca ha venido a Zaragoza; tampoco rindió homenaje al padre del príncipe. Uno de esos obstinados nobles terratenientes, chapado a la antigua. Muy pendiente de su independencia e inaccesible en su cueva de las montañas.

– ¿Hay algún modo de llegar a él? -preguntó Ibn Ammar.

– Si tienes suerte, ni siquiera dejará que te acerques -respondió el hadjib.

– ¿Tan malas son las perspectivas?

– Eso me temo.

– No tuve ninguna posibilidad de rechazar la misión.

– Ya lo sé -dijo el hadjib-. Supongo que el príncipe habrá hecho tu horóscopo y estará convencido de que vas a tener éxito. -Con un tonillo burlón, añadió-: Desde Rueda, tu horóscopo te señala como un hombre predestinado a llevar a buen término misiones imposibles.

– Sólo me queda confiar en que no hayan cometido ningún error de cálculo al hacer ese horóscopo -dijo Ibn Ammar con una sonrisa atormentada.

Rueda era la fortaleza mejor defendida del país. Estaba apenas a un día de viaje al oeste de Zaragoza, y había sido pensada como último refugio para el príncipe en caso de emergencia. El edificio estaba especialmente fortificado, y lo ocupaba una guarnición de probada lealtad. Por eso el príncipe también la utilizaba para encarcelar allí a su prisionero más peligroso: su tío al-Muzaifar, el antiguo señor de Lérida, contra el cual su padre había entablado una amarga guerra durante más de treinta años, hasta que finalmente consiguió hacerlo prisionero. AI-Muzaifar era un viejo zorro, famoso en toda la península por su astucia, su carácter indoblegable y su odio irreconciliable hacia el señor de Zaragoza. También era conocida su pasión por el ajedrez, y esta afición del prisionero había dado a Ibn Ammar la idea para una temeraria empresa.

Había hecho que el príncipe lo destinara a Rueda, donde, a lo largo de meses de esfuerzos e incontables partidas de ajedrez, se había ganado la confianza de al-Muzaifar. Juntos habían desarrollado un plan para liberar al prisionero. El plan tenía previsto exponer a don Alfonso, el rey de León, una tentadora oferta: la fortaleza de Rueda a cambio de la promesa de apoyar militarmente a al-Muzaifar para restaurarlo en el trono de Lérida.

El comandante de la guarnición de Rueda tenía la orden del príncipe de participar en el juego, y había fingido aceptar los intentos de soborno de al-Muzaifar. Luego, Ibn Ammar viajó al campamento militar de don Alfonso y echó la carnada. El rey la cogió con avidez. Mandó a su gobernador de Castilla, el poderoso conde Gonzalo Salvadórez, que escoltara a Ibn Ammar de regreso a Rueda con una tropa poco numerosa pero fuerte. Los españoles se mostraban desconfiados, pero Ibn Ammar consiguió que se sintieran seguros, pues hizo que al-Muzaifar y el comandante de la guarnición los recibieran a las puertas de Rueda. Entraron en el castillo cabalgando juntos. La guarnición dejó pasar al patio interior a la cabeza del convoy: el conde y su séquito, el comandante, al-Muzaifar e Ibn Ammar, y, desde el bastión de la puerta, descargó una lluvia de piedras sobre el grueso de la tropa española. Cerraron las puertas e hicieron prisionero al conde.