Выбрать главу

Había sido un gran éxito. Las negociaciones del rescate aún no habían terminado. El príncipe exigía la entrega de cuatro castillos de la frontera de Medinaceli, que los castellanos habían conquistado los años anteriores.

En aquel entonces, las esperanzas de Ibn Ammar habían ido mucho más lejos. Había confiado en que el propio rey de León cayera en la trampa. Durante un par de horas, en el campamento de don Alfonso, había creído tenerlo todo nuevamente en sus manos: el rey de los españoles prisionero. Ir a Sevilla con ese triunfal mensaje de victoria, presentarse ante el príncipe con la cabeza en alto y luego, una vez más, pero ahora bajo circunstancias incomparablemente propicias, emprender la gran tarea de unir Andalucía. Esas habían sido sus esperanzas. No se habían cumplido, pero Ibn Ammar ya se había resignado. Ya tenía un nuevo objetivo. Ahora todas sus esperanzas se dirigían a Segura.

Ibn Ammar no veía las cosas con tanto pesimismo como el hadjib. La misión lo llevaría a cuatro días de viaje al oeste de Murcia, justo hasta la frontera del reino de Sevilla. Aún no sabía exactamente qué podía sacar de aquello, pero su cabeza había empezado a mover de un lado a otro las circunstancias conocidas de esa misión, como piezas en un tablero de ajedrez, calculando las más diversas combinaciones. Allí estaban los intereses ligeramente transparentes de al-Mutamid de Sevilla y sus asesores actuales. Estaba también el noble terrateniente en su castillo inexpugnable. El pequeño príncipe, con sus pretensiones sobre el gobierno de Denia. El desinterés o la incapacidad del príncipe de Zaragoza de enviar en su ayuda al gobernador de Denia con algo más que una tropa de apenas veinte hombres. Y, sobre todo, estaba esa tropa de mercenarios que el príncipe había puesto a su disposición para llevar a cabo la misión, y a cuyo jefe quizá podría convencer de realizar alguna otra tarea.

Aún no tenía un objetivo claro; aún no sabía lo que le esperaba, pero estaba seguro de que algo se le ocurriría antes de llegar a Segura. Nunca le habían faltado las ideas cuando estaba bajo presión.

– Sé que el príncipe cuenta con el éxito -dijo- ¿quépiensas sacar tú? -preguntó el hadjib.

– Empezaré a pensar cuando conozca de cerca el lugar y las circunstancias -dijo Ibn Ammar, eludiendo la pregunta.

El hadjib volvió hacia él su rostro viejo y astuto, y dijo, muy serio:

– Ten cuidado, amigo. No sé si podré ayudarte si no tienes éxito. Sólo sé que no podrás esperar nada más de al-Mutamin. El príncipe te hará caer. No le gustan los hombres que incumplen sus cálculos.

– Lo sé -dijo Ibn Ammar-. Lo sé.

Un adalid llegado de Zaragoza los había llevado a una ciudad llamada Alcañiz en un viaje de tres días hacia el sur, atravesando el Ebro. Baudry Fiz Nicolas, el capitán normando, mandaba la tropa; Lope era su segundo.

Esperaron dos días al señor al que debían escoltar. Cuando éste llegó, mandó formar a toda la tropa y les hizo un generoso regalo en dinero. Lope lo reconoció al primer vistazo, y también él fue reconocido.

– Buena señal -dijo Ibn Ammar-. ¿Qué puede darme más suerte que el hombre que una vez me salvó la vida?

Partieron al día siguiente, Ibn Ammar y Lope cabalgando el uno al lado del otro. Lope pensaba que sería mejor no hablarle de la muerte violenta de Nujum, ni decirle que estaba viviendo con la hija del hakim judío. Únicamente le dijo que había dejado de servir en Guarda tras la muerte del conde. Pero tenían nueve días de viaje por delante, y la cabalgada se hacía infinitamente larga a través de aquellas regiones montañosas y desiertas. E Ibn Ammar era un hábil conversador, que supo sacar a Lope paulatinamente de su reserva.

Así, finalmente, Ibn Ammar se enteró de todo lo que había pasado en el puente de Alcántara y sus consecuencias, y Lope, a su vez, se enteró por boca de Ibn Ammar de lo que había ocurrido a sus espaldas años atrás, en Sevilla: que el hakim había pedido a Ibn Ammar que alejara a Lope de su hija, que por eso Ibn Ammar le había regalado a Nujum, que lo había preparado todo para que, durante una excursión en bote, Karima los viera a él y a Nujum formando una feliz pareja y olvidara así ese amor indeseado, y que sólo después de eso ella había aceptado voluntariamente casarse con Zacarías, el discípulo de su padre.

Lope se sentía embargado por una nostalgia hasta entonces desconocida para él. Karima no le había dicho una palabra de todo aquello.

Cuando ya habían dejado atrás la mitad del trayecto, Ibn Ammar ofreció a Lope un puesto a su servicio.

– Ya no soy el hadjib del príncipe de Sevilla, pero puedo proporcionarte una casa modesta y una suma adecuada, suponiendo que terminemos felizmente esta misión.

Lope le pidió una noche para pensarlo. A la mañana siguiente, le dijo que aceptaba.

El castillo de Segura se levantaba sobre un cono rocoso, ceñido como un sombrero sobre una montaña pelada. A los pies del escarpado cono se extendía un pequeño pueblo cuyas casas estaban construidas en la misma roca. El pueblo era inaccesible; el castillo, si estaba bien provisto de agua y víveres, inexpugnable incluso para un ejército de mil hombres. El campo de los alrededores era mezquino, seco por un sol despiadado.

En el empinado camino que subía del valle no vieron a nadie, pero escucharon los fuertes gritos de alarma de los pastores. Cuando llegaron al castillo, su visita ya había sido sobradamente anunciada. Tres hombres los observaban desde la puerta de entrada.

Ibn Ammar mandó detenerse a la tropa a una distancia segura de la puerta, desmontó de su caballo, dejó caer sus armas y ordenó a Djabin y Hadi que siguieran su ejemplo. Luego empezó a subir el estrecho sendero, provisto de peldaños en las partes más empinadas, que pasaba junto al pueblo y llegaba hasta la entrada del castillo. Sus dos guardias personales lo siguieron a pie, y tras ellos Lope y tres hombres de la tropa.

Cuando estuvieron a tiro de piedra del bastión de la puerta, Ibn Ammar ordenó a Lope y a sus hombres que esperaran allí.

– Intentaré llegar al castillo con Djabir y Hadi -dijo.

Estaba sereno, pero un nervio le latía en el párpado derecho. Ese tic incontrolable lo molestaba desde hacía ya unos cuantos meses. Un síntoma de la edad. Giró la cabeza, para ocultar el tic a Lope.

– Quédate aquí hasta que te haga una señal -continuó diciendo, y acercándose a Lope, añadió en voz baja-: Es posible que no vuelvas a yerme. Si es así, esperad hasta que el señor del castillo os dé la noticia y luego decidid vosotros mismos lo que debéis hacer. Llegado el caso, tendréis que emprender el camino de regreso sin mí.

– ¿Qué queréis decir? -preguntó Lope.

– Es posible que el señor del castillo me tome prisionero -respondió Ibn Ammar, sonriendo.

– Entonces, ¿por qué os exponéis a ese riesgo? -replicó Lope.

– Sólo podré tomar el castillo si consigo entrar -respondió Ibn Ammar. Apoyó una mano sobre el hombro de Lope y añadió en tono animado-: Quien no se arriesga no cruza el río. -Ya alejándose, se volvió una vez más para decir-: Si no volvemos a vernos, saluda de mi parte a la hija del hakim. -Luego indicó a Djabir y Hadi que lo siguieran.

La puerta estaba construida en una abertura de la roca, que constituía el único acceso al castillo. La abertura estaba amurallada, y sobre ésta descansaba el bastión de la puerta, una torre colosal que se levantaba hasta más de doce hombres de altura. Más abajo, en el pretil, había ahora cinco hombres. La puerta no se movía. La portezuela de entrada permanecía cerrada.