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Ibn Ammar se detuvo a una cierta distancia de la puerta y gritó hacia el bastión, dando su nombre y pidiendo una entrevista con el señor del castillo.

– Yo soy Ahmad ibn Suhail -gritó uno de los cinco hombres-. ¿Qué quieres?

– Traigo un mensaje del príncipe de Zaragoza -dijo Ibn Ammar.

Los cinco hombres deliberaron en voz baja. Luego volvió a hablar el señor del castillo:

– ¿Eres el mismo Ibn Ammar que una vez fue hadjib del príncipe de Sevilla?

Ibn Ammar lo confirmó. Tuvo la impresión de que los hombres se inclinaban aún más sobre el pretil, para poder verlo mejor.

– La puerta está condenada -gritó el señor-. Tenemos que subirte por la muralla.

– Esperaré -dijo Ibn Ammar. Se volvió hacia Djabir y Hadi, que estaban inmediatamente detrás de él. Hadi no quitaba la vista de los hombres del bastión, como si no confiara en ellos. Djabir también parecía estar temblando de nervios por dentro. Estaban completamente al descubierto. Los hombres de arriba podían acabar fácilmente con ellos con unas pocas piedras; no tenían ninguna posibilidad de cubrirse.

Ibn Ammar vio a Lope, de pie junto al peñasco en el que se había despedido de él, se llevó las manos a la boca y le gritó:

– Todo está bien. Tienen que subirnos por la muralla, porque la puerta está condenada.

Vio que Lope levantaba una mano para dar a entender que lo había oído.

Luego bajaron un cesto por la muralla. Estaba atado a una fuerte cuerda, y tenía dos agujeros debajo para las piernas, de modo que uno pudiera apoyarlas contra la muralla mientras lo izaban.

Djabir cogió el cesto y dijo en voz baja:

– Dejad que suba yo primero, señor.

Ibn Ammar negó con la cabeza.

– No, será mejor que yo vaya primero. No deben pensar que tengo miedo.

Se sentó en el cesto y se dejó izar. Dos de los hombres lo ayudaron a pasar sobre el pretil. Vio que también pasaban el cesto, pero no dejó notar su desconcierto, sino que saludó según mandaba la cortesía.

Frente a él estaba el señor del castillo, un gigante que le llevaba una cabeza de altura y tendría unos diez años menos que él, provisto de una barba negra como la pez y ojos azules.

– Has cometido un error viniendo aquí. Ibn Ammar -dijo arrastrando las palabras de un modo muy peculiar.

Ibn Ammar enarcó apenas las cejas, y advirtió de repente que el temblor del párpado había cesado. Se sentía extrañamente aliviado. Había imaginado tantas veces esa situación durante el largo viaje que no estaba sorprendido. Así pues, éste es el fin, pensó. Inclinándose ligeramente, preguntó:

– ¿Debo considerarme tu prisionero.

El hombre asintió, sin mostrar ni rastro de una sonrisa. Abú'l-Fadl Hasdai había acertado: un noble terrateniente sin modales, sin la mínima educación.

– ¿Puedo comunicárselo a mi gente? -preguntó Ibn Ammar.

– Más tarde -dijo el señor del castillo, y dándose media vuelta se dirigió hacia el interior de la fortaleza. Ibn Ammar lo siguió sin vacilar. Quería evitar que le pusieran las manos encima.

Fuera, Lope se hacía reproches. Tendría que haber sospechado algo cuando Ibn Ammar le gritó que lo subirían por la muralla. Por qué razón iba a condenar la puerta la guarnición de esa fortaleza inexpugnable, si sólo tenían delante a una pequeña tropa de veinte hombres. Pero ya era demasiado tarde. Ya mientras Ibn Ammar era izado por aquella muralla cortada a plomo, lo había embargado la inquietante sensación de que su amistad con Ibn Ammar podía terminar a las puertas de ese castillo. Ibn Ammar había entrado en su vida al pie de una muralla, y ahora, siguiendo el camino inverso, desaparecía por encima de otra muralla.

Aguardaron dos días. Luego, el señor del castillo gritó desde la muralla que Ibn Ammar sólo sería puesto en libertad a cambio de una adecuada cantidad de dinero. Esperaría una oferta de Zaragoza, pero el príncipe debía darse prisa, pues también podía ofrecerle el prisionero al príncipe de Sevilla.

Emprendieron el regreso enseguida. Los dos guardaespaldas de Ibn Ammar se unieron a la tropa. Cabalgaron hacia el noreste, tomando el mismo camino por el que habían venido, pero recorriendo menos distancia cada día, para cuidar los caballos y poder buscar mejor la posibilidad de un botín. Mantenían los ojos abiertos. Como Ibn Ammar había sido tomado prisionero, ya no recibirían soldada alguna; tenían que buscarse la vida ellos mismos si no querían volver a casa con las manos vacías. Pero la región por la que viajaban era yerma y pobre, una llanura seca, azotada por el viento y rodeada de montañas, en la que podían cabalgar medio día sin ver siquiera la cabaña de un pastor. No era sitio para hacer botín.

Al atardecer del séptimo día llegaron a la carretera que iba de Valencia a Toledo. En la tropa había un moro natural de un pueblo cercano a Valencia, que afirmaba que allí se podía coger algo. Una llanura amplia y fértil entre las montañas y el mar, con pueblos muy ricos y comerciantes en las carreteras. Dirigirse hacia allí implicaba dar un largo rodeo hacia el este, hacia el mar, pero todos estuvieron de acuerdo en hacerlo. Todos sin excepción, incluidos los dos guardaespaldas de Ibn Ammar.

Cabalgaron a través de bosques y desiertas regiones montañosas. Antes de llegar a la última cima que los separaba del mar, hicieron alto, para dar un día de descanso a los caballos y explorar el camino. A medianoche reemprendieron la marcha, cabalgaron por la llanura hasta la salida del sol y atacaron dos fincas, en las que únicamente robaron dinero y trajes y se llevaron consigo a los caballos y a una mujer que le había gustado al capitán. Luego arremetieron por los pueblos como un fantasma, metiéndose en las casas, registrando todo lo que parecía un escondite de dinero, robando las lámparas de plata de las mezquitas, matando a quienes se resistían y prendiendo fuego a los establos antes de seguir su vertiginosa marcha. No fue hasta una hora después de la puesta de sol que los moros consiguieron reponerse de la sorpresa lo bastante como para poner en funcionamiento su sistema de alarma.

A partir de ese momento encontraron cerradas las puertas de todos los pueblos, y sus habitantes, que habían subido a los tejados armados de piedras, lanzas y hachas, los recibían con una lluvia de proyectiles cuando los veían pasar a todo galope por la carretera. Uno de los hombres fue derribado de su silla por una piedra; un segundo fue alcanzado en la cara por una lanza, que le destrozó la nariz; dos caballos fueron heridos de tanta gravedad, que tuvieron que abandonarlos. Así las cosas, decidieron rodear los pueblos, y conformarse únicamente con lo que encontraban en la carretera, que no era mucho, pues la mayoría de los moros ya se había puesto a cubierto.

Sólo cuando estaban ya de regreso, casi llegando nuevamente a las montañas, se toparon con un comerciante que al parecer no había oído las señales de alarma. Era un moro de Valencia, acompañado de cuatro mujeres, que parecían esclavas. Las cuatro tenían el rostro cubierto por velos, y montaban sendas mulas. Los tres jinetes que los escoltaban habían huido al ver acercarse a la banda.

Robaron al comerciante hasta lo último, le quitaron el caballo y las cuatro esclavas, y siguieron cabalgando en dirección a las montañas.

No había sido la gran cabalgada con la que habían soñado, pero no era poco lo que había caído en sus manos. Podían estar satisfechos. Y el camino que tenían por delante aún era largo.

53

RIO TURIA
MIÉRCOLES, 24 DE JULIO, 1084
I7 DE RABÍ I, 477 // 18 DE AB, 4844

Habían hecho todo lo posible para borrar su rastro. Habían cruzado el río dos veces y habían avanzado largos trechos por agua poco profunda. Habían cabalgado a través de los bosques hasta muy entrada la noche, internándose en las montañas, y finalmente habían acampado en un estrecho valle, a los pies de un precipicio, y habían establecido una doble guardia para evitar cualquier sorpresa.