Hacía apenas unos días, Lope e Ibn Ammar se habían preguntado por qué los hombres del puente habrían arrojado al río a las mujeres de la litera. ¿Habrían pensado quitar de en medio del mismo modo a todas las víctimas, viéndose de pronto obligados a cambiar de planes por alguna razón? ¿O habrían pensado arrojar al río sólo a la princesa, para asegurarse de que no sobreviviría, y a Nujum la habrían arrojado únicamente porque no estaban seguros de cuál de las dos era la princesa? Ahora ya no hacía falta que Lope siguiera cavilando. Pronto sabría la respuesta. Había encontrado el rastro.
Una paz extraña y solemne se apoderó repentinamente de él, y tomó la decisión de posponer la venganza hasta que estuvieran de regreso en el campamento. No llevaba consigo la espada del puente, y una sensación indeterminada le decía que de ahí en adelante tendría que ser fiel a su promesa hasta en el mínimo detalle. Se lo había prometido a Nujum, en el puente. Le había prometido ajusticiar a sus asesinos con esa espada, y pensaba que su venganza no sería completa si no la llevaba a cabo de esa manera. Se durmió tranquilo con ese pensamiento.
Pero mucho antes del amanecer despertó y cambió de idea. No quería esperar. Temía que los dos hombres que el azar había puesto en sus manos escaparan por una nueva casualidad. O tal vez era sólo su rabia la que le impedía esperar. No siguió pensando en ello.
Al hidalgo y su hijo les correspondía hacer guardia de madrugada a la salida del valle. Ya habían partido hacia allí. Pronto sería de día; la luna ya no brillaba. Lope se levantó, se dirigió a los caballos, cogió el arco y la aljaba y se los echó a la espalda. Además del arco, cogió un cuchillo.
Se movía en silencio y con cuidado, pero sin hacer ningún esfuerzo especial para ocultarse de los demás. Él era responsable de las guardias. Él había establecido los turnos y determinado los lugares. Cualquiera que lo viese supondría que sólo pensaba hacer una ronda de inspección.
Se deslizó sigilosamente hasta hallarse a cien pasos del lugar en que estaban apostados el hidalgo y su hijo, y esperó a que despuntara el alba. En un primer momento había planeado acercarse abiertamente a los dos, pero ahora ese proceder le parecía demasiado traicionero, inapropiado para la solemnidad con que pretendía llevar a cabo su venganza.
Cuando empezó a clarear, Lope vio primero al joven, que se estiró, cruzó los brazos, bostezó, torció el gesto y se puso a espantar mosquitos, como si tuviera que moverse constantemente para mantenerse despierto. El viejo estaba a la sombra, vigilante, sereno, atento como un lince al acecho. Al contrario que su hijo, él conocía bien el peligro que representaría que los moros los hubieran seguido. Era un hombre experimentado. A juzgar por las apariencias, sólo era ciego en su comportamiento hacia ese hijo.
Lope se movió trazando un cuarto de circulo alrededor de los hombres, hasta quedar exactamente a su espalda, y luego fue deslizándose de un árbol a otro, acercándose lentamente a ellos. Cuando salió el sol, iluminando toda la ladera del valle, Lope estaba justo detrás del tronco del árbol en el que estaba apoyado el hidalgo. El viejo había emplazado a su hijo tan imperdonablemente mal que Lope había podido llegar hasta allí sin peligro.
Lope esperó a que el hombre cambiara de lugar. Cuando lo hizo, saltó sobre él por detrás, le puso el cuchillo en la garganta, le golpeó detrás de la rodilla, lo apretó boca abajo contra el suelo y le puso la rodilla en la espalda, al tiempo que le tiraba de la cabeza hacia atrás.
– ¡Estira los brazos sin separarlos del suelo! -ordenó.
El joven se había levantado de un salto y ahora estaba a menos de cinco pasos de Lope, con la espada a medio desenvainar. Los ojos casi se le salían de las cuencas.
– ¡Quédate donde estás! ¡Y arroja el arma! -dijo Lope.
El joven vaciló. El miedo parecía haberlo paralizado, parecía haberle robado la voluntad.
– ¡Haz lo que dice! -escupió el hidalgo. Tenía la cabeza tan doblada hacia atrás que casi no podía hablar-. ¿Qué quieres? -preguntó-. ¿Te has vuelto loco? ¿Qué pretendes?
El joven puso los brazos de manera que sus manos quedaron con las palmas abiertas y vueltas hacia fuera, y contempló pasmado el cuchillo en el cuello de su padre.
– ¿Qué puente era ése del que arrojaste a una mujer? -preguntó Lope.
– ¡Eso eran estupideces! -dijo el hidalgo-. ¡Pura palabrería!
– Le he preguntado a tu hijo -dijo Lope, forzando al viejo a echar aún más atrás la cabeza.
– Alcántara -dijo el joven.
– Eso es lo que quería saber -contestó Lope.
El viejo se movió bajo su rodilla.
– ¿Qué vas a hacer con nosotros? -preguntó, y aunque tenía la voz distorsionada por la posición, podía oírse su miedo.
– Quiero saber quiénes tomaron parte -dijo Lope-. Quiero los nombres. Todos los nombres. Quiero saber quién os capitaneaba. Quiero saber quién os encargó el trabajo.
– ¡Estás loco! ¡Fue hace años! -dijo el hidalgo.
– Hace exactamente dos años -dijo Lope.
– ¿Qué harás con nosotros si hablo? -preguntó el hidalgo.
– No tienes más remedio que hablar, viejo, ¿me entiendes? -dijo Lope.
El joven movía los brazos, como aleteando de miedo, y abría y cerraba la boca como si hubiera perdido la voz.
– ¡Cierra esa boca! -dijo el hidalgo, con dureza.
– Te dejaré que respires una última vez -amenazó Lope.
El hidalgo se quedó completamente inmóvil bajo su rodilla, como si finalmente se hubiera dado por vencido.
– ¡Maldito seas! ¿Es que no ves a los jinetes? -dijo de repente.
– No te esfuerces -contestó Lope, molesto-. No te dará resultado.
De repente, el hidalgo empezó a gritar, tan fuerte como se lo permitía su posición.
– ¡Corre, hijo! ¡Corre al campamento! ¡Te matará! ¡Corre! ¡Corre! -clamó, hasta que el cuchillo le atravesó la garganta.
Lope tiró de la cabeza hacia atrás, oyó crujir las vértebras y sintió que el cuerpo quedaba inerte bajo su rodilla. Y ya estaba de pie antes de que el joven hubiera podido dar un solo paso. Entonces vio a los jinetes, abajo, en el fondo del valle, y se quedó como de piedra. Tres, cinco, ocho jinetes subían por el bosque ralo, siguiendo evidentemente el rastro que ellos habían dejado el día anterior.
El joven ya estaba entre los árboles; el miedo lo había vuelto rápido como un venado. Lope sacó el arco de la aljaba y disparó una, dos, tres flechas. Falló con la tercera, pero las dos primeras habían acertado. Cuando llegó a donde se encontraba el joven, éste yacía tumbado boca abajo. Tenía las flechas clavadas en la espalda, ambas debajo del omóplato derecho. Los disparos no habían sido tan precisos como para derribar a un hombre, pero probablemente el miedo había hecho tropezar al joven, que ahora intentaba huir arrastrándose por el suelo. Los ojos le temblaban de miedo, y un hilo de sangre le salió de la boca cuando separó los labios. Lope volvió a ponerlo boca abajo. Al parecer, sus disparos si habían sido precisos.
Luego le quitó las armas y el yelmo, y corrió de regreso hacia el hidalgo, le sacó rápidamente la cota de mallas y lo escondió todo, armas y armaduras, debajo de un arbusto, cubriéndolo con maleza.
Entre tanto, los jinetes habían avanzado otro cuarto de milla. Eran más de veinte hombres, Lope no tenía tiempo para contarlos. Echó a correr hacia el campamento.
– ¡Alarma! -gritó, señalando en la dirección en la que venían sus perseguidores-. ¡Veinte jinetes! ¡Ya están aquí!
Se puso el peto tan rápido como pudo y se ajustó la correa del yelmo, al tiempo que contestaba tan bien como podía a las preguntas que le llegaban de todas partes.