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Karima depositó todas sus esperanzas en la feliz noticia que tenía preparada para él. Todo volvería a estar bien cuando se lo dijera. Quería decírselo enseguida, antes incluso de llegar a casa, pero Lu'lu estaba con ellos, y cuando llegaron a la casa, la familia del tintorero los esperaba formando un pasillo a la puerta y empezaron a bombardear con preguntas a Lope, al tiempo que la dueña de casa le preparaba un baño y la criada servía vino y fruta. Karima no tuvo oportunidad de decírselo.

No los dejaron solos hasta la noche.

Estaban el uno frente al otro en el madjlis de la casa, y Karima pensaba, feliz: Ahora me tomará en sus brazos, se lo diré y nos amaremos, nos abrazaremos sabiendo que tenemos un hijo que nos une para siempre.

– ¿Por qué no me habías dicho que en la tropa había dos hombres que participaron en el ataque al puente de Alcántara? -preguntó Lope con inusual dureza.

La pregunta cogió a Karima tan de improviso como una flecha disparada en la oscuridad. Quiso decir algo, pero al ver la mirada fría e inquisidora de Lope se le atragantaron las palabras.

– Me lo ocultaste adrede -dijo Lope amargamente.

Karima sintió que se le saltaban las lágrimas. Se llevó las manos a la cara y se dio la vuelta. No podía soportar más esa mirada fría.

– ¡Qué quieres de mí! -dijo-. ¡Qué quieres de mi!

– ¿Por qué no me lo dijiste? -insistió Lope, inflexible-. ¿No tendría que pensar que antes, en otras ocasiones, tampoco me dijiste nada si nos topamos con alguno de esos hombres? ¿No tendría que creer que he estado yendo de aquí para allá todos estos meses en vano?

El resto de orgullo que quedaba en Karima la hizo volverse.

– ¿Qué quieres decir con que has estado yendo de aquí para allá? -replicó-. ¿Acaso yo no iba contigo? ¿Acaso no participé yo también en esa busca interminable?

– Sólo quiero saber si me ocultaste algo en esos meses -contestó Lope con voz neutra.

– ¡No! -le gritó Karima a la cara.

– ¿Y por qué no me dijiste lo de esos dos hombres de la tropa? -preguntó Lope, inconmovible.

Ella lo miró desconcertada. No quería creer en lo que oía. ¿Acaso Lope no se daba cuenta de lo que estaba diciendo? ¿Acaso no comprendía nada?

– ¡Todavía lo preguntas! -replicó, entre lágrimas y rabia-. ¿Es que no te lo imaginas? ¿Es que no entiendes nada? ¿No comprendes que tengo miedo de ti? ¿Qué habría pasado si lo matabas? Es la mano derecha del Don. Todos los hombres del campamento lo aprecian. ¡Te habrían hecho pedazos!

Vio que Lope se estremecía, y creyó que sus palabras por fin habían surtido efecto y que Lope ya estaba dispuesto a la reconciliación, pero de pronto vio el desconcierto reflejado en su rostro, y se dio cuenta de que había dicho algo que debería haber callado. Y en ese mismo instante le acudió a la mente la imagen de aquel rostro que le había parecido tan conocido, hasta que el encuentro con el capitán la hizo olvidarlo: el viejo hidalgo y su hijo, a los que siempre había esquivado desde entonces. Oh, Dios mío, pensó, ¡qué he hecho! ¿Por que no lo he negado todo, sin más? ¿Por qué no me habré mordido la lengua? ¡Oh, Dios mío! Y se quedó mirando el vacío con ojos secos. Se sentía tan desgraciada que ni siquiera podía llorar.

Lope la dejó. Salió del madjlis y subió de dos en dos los peldaños de la escalera que llevaba a la azotea. En cuanto apareció arriba, la criada salió a su encuentro, pero él la despachó en el acto.

Baudry Fiz Nicolas, el Normando, pensó. ¡El capitán! ¿Por qué precisamente el capitán? ¿Por qué no se había enterado hasta ese momento? Hacía apenas dos meses habría podido desafiarlo fríamente a un duelo, pero ¿ahora? Habían vivido tantas cosas juntos en ese tiempo. Se habían hecho amigos. ¿Por qué, entre todos los hombres que había en el campamento, tenía que ser precisamente el capitán?

Lope intentó imaginárselo en el puente de Alcántara. No pudo. No concebía que el capitán asesinara a una mujer indefensa. Su imaginación se negaba a producir tal imagen. El capitán podía ser cruel y no tener escrúpulos, pero no era hombre que asesinara a sangre fría. Lope no quería transformar en odio los sentimientos que albergaba hacia él. Se quedó toda la noche en el tejado, intentando conciliar sus sentimientos. No quería perder a Karima, pero sabía que siempre se interpondría algo entre ellos si ahora no mantenía la promesa que había hecho a Nujum en el puente. Siempre habría una sombra, algo que le desgarraba el alma. No encontraba ninguna solución.

Por la mañana decidió llevar a Karima y Lu'lu a Zaragoza y luego, de algún modo, desafiar a duelo al capitán. Si el capitán le daba los nombres de los otros, continuaría la busca. No se atrevía a pensar más allá. Lo único que tenía claro es que esta vez no arrastraría consigo a Karima. Ella no tenía nada que ver en ese asunto. Él ni siquiera podía exigirle que lo esperara. Lo único que podía hacer era llevarla a un lugar seguro.

Esa misma mañana pidió al Don seis días libres y permiso para viajar a Zaragoza. El Don le concedió ambas cosas, pero cuando expuso sus planes a Karima, ésta se negó a ir a Zaragoza.

– No voy a permitir que te libres de mi tan fácilmente -dijo-. No ahora.

Lope no halló palabras para convencerla.

La noche siguiente, una hora después de la última llamada del almuecim, se oyeron en la calle unos estremecedores gritos de dolor, y poco después llegó a la casa una multitud de mujeres exaltadas gritando el nombre de Karima. Traían a la Provenzal, Alienor, la mujer del capitán. La traían sobre una manta, cargada entre cuatro. Estaba desnuda, tumbada boca abajo sobre la manta, y gritaba como una condenada. El capitán le había clavado dos veces el cuchillo en las nalgas. La sangre le manaba como zumo de un melón maduro.

Karima hizo que llevaran a la mujer a su habitación y cosió las heridas. Cuando salió, estaba pálida de rabia. Pero ese incidente no podía convencerla de ir a Zaragoza. Lope estaba solo, y Karima sabía que esa soledad lo llevaría a replantearse sus decisiones. El tiempo trabajaba contra Lope. La vida ya había recobrado su curso normal, y los juramentos de venganza de Lope se hacían más cuestionables con cada día que pasaba.

El capitán trajo regalos para Alienor. La Provenzal lo hizo esperar tres días. Después lo perdonó.

– Dice que el capitán no es un ángel, pero tampoco es un demonio; es simplemente un hombre, y ella lo ama -informó Karima, encogiéndose de hombros.

Lope intentaba convencer a Karima de ir a Zaragoza, pero ella no transigía. Karima actuaba con la misma amabilidad de siempre, hacía como si nunca hubieran mantenido aquella charla sobre el capitán.

El capitán regaló a Karima un palafrén, una gran yegua alazana que le había correspondido en el reparto del botín obtenido en la finca de Valencia. El regalo era una muestra de agradecimiento por los servicios médicos de Karima, y ésta lo aceptó. Al llevarle el animal, el capitán anunció que partiría hacia Zaragoza al día siguiente.

Lope no dijo nada. Pero al día siguiente salió a su habitual paseo matutino con armadura y llevando todas sus armas. Cabalgó hacia el noroeste, y sólo cuando perdió de vista el pueblo giró en dirección al suroeste para coger la carretera de Zaragoza. Siguió las huellas del capitán y su mozo y los alcanzó poco más tarde, en un valle surcado por un río seco.