El capitán lo saludó entusiasmado y cabalgó hacia él. Cuando estaban a sólo cuatro pasos de distancia, Lope sacó el arco de la aljaba y colocó una flecha en la cuerda.
– ¡No te acerques! -gritó.
El capitán sofrenó su caballo.
– ¡Eh! ¿Qué pasa? -contestó, mostrando los dientes en una sonrisa.
– Prepárate para una buena lid, Baudry Fiz Nicolas -dijo Lope. Había preparado las palabras, pero ahora le salían a borbotones.
– ¿Qué dices? -respondió el capitán, todavía sonriente-. ¿Qué se te ha metido en la cabeza, condenado?
– ¡Haz lo que te he dicho! -replicó Lope, casi gritando.
El capitán se puso de pie apoyándose en los estribos de su caballo.
– Escucha, hermano -dijo serenamente-, como broma ya está bien.
– ¡Haz lo que te he dicho! -repitió Lope.
– Maldito hijo de puta, ¡dime qué quieres de mí! -gritó el capitán, excitado-. Yo no peleo sin motivo. ¡Dime por qué quienes pelea!
– Por una mujer que tus hombres arrojaron del puente de Alcántara hace dos años -dijo Lope, y su voz sonó tan dura que él mismo se sorprendió.
El capitán volvió a sentarse. Se quedó un rato en silencio.
– ¿Tu mujer? -preguntó luego.
– Si -dijo Lope-. Mi mujer.
El caballo del capitán bailaba nervioso sobre el sitio, sacudiendo la cabeza, hasta que el capitán volvió a aquietarlo con un brusco tirón.
– Lo siento -dijo.
Lope no respondió.
– Escucha, amigo -continuó el capitán-. Digo que lo siento. Aquella vez nos hablaron sólo de una princesa mora que iba a casarse con un conde. Yo me opuse a matar a todo el séquito. Aquello era vil; no es mi estilo. Sólo puedo decir que lo siento por tu mujer. -Su voz dejaba ver cuánto trabajo le costaba pronunciar esta frase.
– ¡Coge tus armas! -gritó Lope- ¡Coge tus condenadas armas!
El capitán hizo dar media vuelta a su caballo, sin decir nada, cabalgó hacia donde se encontraba su mozo y desmontó. Lope observó cómo el mozo lo ayudaba a ponerse el segundo peto y le sujetaba el yelmo; luego avanzó un trecho por el cauce seco del río, clavó su lanza en un arbusto y cogió el látigo, que colgaba del pomo de la silla.
El capitán había colocado su lanza, adornada con un largo pendón verde brillante, en posición vertical, y la sostenía ligeramente inclinada con el brazo extendido, como en un desfile. Su mozo estaba detrás, sin armas. Cuando estuvieron a sesenta pasos, el capitán hizo una seña a su mozo para que se quedara atrás, y avanzó solo un par de cuerpos de caballo más.
– Escucha, Lope -dijo con voz serena-. Nunca he rehuido un combate, y tampoco lo haré ahora. Pero me resulta muy difícil…
– ¡Ésta es mi arma! -lo interrumpió Lope, levantando el látigo en- rollado-. Si tienes algo en contra, dilo.
El capitán sacó la lanza de su posición de descanso.
– ¡Tanto me da el arma que uses! -gritó, y ahora su voz estaba cargada de ira-. ¡Que te lleve el diablo! ¡Vaya perro cabezudo has resultado ser! Han pasado dos años desde lo de Alcántara, y la mujer que tienes ahora es mejor que todas las que he visto en mi vida. ¿Quieres hacerla desgraciada? ¿Por qué arriesgas tu vida por una muerta?
Lope volvió su caballo y avanzó un trecho río abajo, para ganar distancia y evitar que el sol le diera en los ojos. Oía que el capitán seguía gritando a su espalda, pero el crujido de los cascos de su caballo sobre la grava le impedían entender lo que decía. No quería entenderlo. Cuando se detuvo, vio que el capitán también estaba preparado para el duelo.
– ¡De modo que fuiste tú quien mató al viejo Enneg y a su hijo! -gritó el capitán.
– Si -respondió Lope-. ¡Y tú serás el siguiente!
Hizo que el caballo sintiera sus talones y salió a todo galope, levantando el látigo sobre su cabeza. Hasta entonces sólo había utilizado dos veces ese arma, en cuyo manejo lo iniciara su viejo maestro, el capitán. Las dos veces había derribado a sus adversarios casi sin esfuerzo. El látigo era tan efectivo porque nadie estaba preparado para luchar contra un arma así. El capitán tampoco sabría defenderse de él.
Cuando sacó a su caballo de la dirección de ataque, simulando que había decidido en el último instante evitar el choque, Lope vio que el capitán relajaba un tanto la empuñadura de la lanza y abría sus defensas. Entonces extendió el látigo por encima de su cabeza, y en el bravísimo instante del golpe, cuando ambos caballos se cruzaron y el extremo de plomo del látigo se enrolló en la cabeza del capitán, a la altura de la nariz, creyó oír un grito, mezcla de rabia y espanto. Sintió al instante el violento tirón de la tira de cuero, sujeta al pomo de la silla, que obligó a su caballo a doblar las patas traseras, y escuchó el ruido sordo con que el capitán chocaba contra el suelo. Sofrenó su caballo, sin aflojar la tensión del látigo. El capitán yacía boca arriba, los brazos y las piernas estirados, inmóvil, como muerto.
Lope desató el lazo corredizo del pomo de la silla y cabalgó en arco alrededor del capitán, levantó del suelo la lanza de éste, espantó a su caballo hacia el lecho del río y se volvió nuevamente hacia el Normando, con la lanza lista para atacar. Actuó en todo momento ciñéndose celosamente a las medidas de precaución que un día le enseñó el viejo capitán, pero no tardó en advertir que esta vez ya no hacían falta más precauciones.
El Normado aún estaba vivo. Tenía la boca muy abierta y una expresión vacía y aterrorizada en los ojos, como si ya hubiese visto a la muerte.
Lope percibió un ligero movimiento por el rabillo del ojo y vio a dos jinetes que salían del bosque. Venían por el mismo camino por el que él había llegado. Estaban demasiado lejos como para poder reconocerlos, pero distinguía un rostro negro y otro blanco, de modo que pensó que debía de tratarse de Karima y Lu'lu. Pero de repente, antes de que pudiera darse cuenta de nada, vio que el mozo del capitán se dirigía a su caballo y salía a todo galope por el lecho del río. Vio que Karima y Lu'lu se detenían en la linde del bosque, y emprendió la persecución. El mozo estaba ya a más de sesenta cuerpos de caballo; tenía que cogerlo, pues de lo contrario echaría sobre él a toda la tropa del Don.
Espoleó su caballo al máximo, pero la distancia que lo separaba del mozo parecía incluso agrandarse. Sacó el arco de la aljaba. La distancia era demasiado grande como para disparar con precisión, pero confiaba en acertar al caballo y obligarlo así a bajar el ritmo de su galope. Disparó varias flechas hacia el mozo, pero no llegaba a distinguir si acertaba o no; en cualquier caso, el caballo no había perdido el paso y mantenía el mismo ritmo de galope. Cabalgaron dos millas río abajo, hasta que Lope notó que su propio caballo empezaba a ir más despacio. Disparó tres flechas más y, de pronto, vio que el caballo de delante se encabritaba, arrojaba a su jinete por los aires y salía desbocado, arrastrando detrás de sí al mozo, que aún tenía un pie cogido del estribo. Vio cómo rebotaba el cuerpo del muchacho una y otra vez sobre el duro suelo, hasta que, finalmente, el caballo se detuvo, resoplando con recelo.
Lope se acercó y desmontó a una cierta distancia, ocultándose detrás de su propio caballo para no inquietar aún más al nervioso animal. El mozo estaba tan muerto como un trozo de carne en el matadero. El caballo lo había arrastrado unos trescientos pasos. La flecha de Lope se había clavado en el ano del animal.
Lope soltó el pie del mozo del estribo, arrancó la flecha al caballo, puso el cadáver sobre la silla y regresó al lugar donde se había realizado el duelo.
Cuando llegó, Karima y Lu'lu estaban agachados junto al capitán. Lo miraron mientras se acercaba, también el capitán. Seguía tumbado sobre la espalda. Tenía los músculos de la cara muy tensos, como si estuviera apretando los dientes, pero no parecía sufrir ningún dolor. Le habían desabrochado el yelmo y quitado el protector de la boca.