– ¿Qué arma es esa que empleas? -preguntó cuando Lope se inclinó sobre él.
– Un látigo -dijo Lope.
El capitán achinó los ojos.
– ¡Un látigo! -dijo en tono despectivo-. ¿Es arma para un hombre de honor?
– Te he dado más oportunidad que la que vosotros disteis a las mujeres en el puente de Alcántara -dijo Lope.
El capitán miró más allá de Lope.
– Entonces termina de una vez -dijo-. ¡Vamos, termina!
– Quiero saber quién más estuvo allí -dijo Lope, con dureza-. Quiero los nombres de los otros. Quiero saber quién os dio las órdenes. Quiero saber de quién venía la orden.
El capitán le devolvió la mirada sin temor.
– No lo sabrás por mi -contestó.
Lope le puso el cuchillo en el ojo.
– ¡Los nombres! -dijo.
– Ya no puedes amenazarme. ¿Es que no lo comprendes? -respondió el capitán.
Karima levantó el brazo izquierdo del capitán y lo dejó caer. Estaba tan laxo como el brazo de un muerto.
– ¿No ves que está paralítico? -dijo ella, indignada-. Se ha roto el cuello. No puede mover ni los brazos ni las piernas.
Lope se levantó y contempló aquel cuerpo inerte con ojos incrédulos. Vio el cuchillo en su mano y lo arrojó lejos, como si se avergonzara de él.
– ¡Quiero esos malditos nombres! -dijo, obstinado, para luego callar.
Karima lo cogió del brazo y se lo llevó a un lado.
– Deja que yo hable con él -dijo en voz muy baja.
– ¿De qué servirá? -respondió Lope.
– Déjame intentarlo -insistió ella.
Lope se encogió de hombros, recogió el látigo del suelo y empezó a enrollarlo, al tiempo que caminaba hacia su caballo. Las manos le temblaban del esfuerzo a que había estado sometido. Cuando llegó a su caballo, le temblaba todo el cuerpo, y tuvo que agarrarse con fuerza de la silla para que los otros no lo notaran.
Karima vio los ojos del capitán dirigidos hacia ella y creyó descubrir en ellos una sonrisa burlona.
– ¿Tienes dolores? -preguntó.
– No -respondió el capitán.
Se quedaron un rato mirándose en silencio. La sonrisa creció en el rostro del capitán.
– Tendrías que haber venido conmigo. Habríamos hecho una buena pareja -dijo, enseñando los dientes-. ¡Qué esperas de ese loco!
– Lo amo, ¿qué puedo hacer? -respondió ella.
El Normando torció el gesto en una mueca de dolor.
– Es un buen hombre, pero está loco. Todos esos españoles están locos, con su maldito honor. ¡Vaya absurdo! -apartó la mirada, y sus ojos se endurecieron-. Me ha derribado con un látigo para arrear bueyes. ¡Dios sabe que yo merecía una muerte mejor!
– Ahora estás hablando igual que él -dijo Karima con un suave tono de reproche-. ¿Qué te diferencia de él?
– Tienes razón -dijo el capitán, volviendo a dirigir los ojos hacia Karima y mirándola fijamente, como si quisiera grabarse su rostro para la eternidad-. ¿Qué quieres de mi? -preguntó.
– Lo mismo que te ha pedido él -dijo Karima-. Los nombres. -¿Por qué? -preguntó el capitán, sorprendido.
– A lo mejor yo también estoy loca -dijo sonriendo. Y recobrando la seriedad, añadió-: Porque él no hallará paz mientras no los haya encontrado a todos. Y porque yo me quedaré con él y no quiero desperdiciar toda mi vida en esa busca.
El Normando le dirigió una mirada entre compasiva y burlona.
– Vaya vida -dijo. Y mirando al vacío con una sonrisa ausente, añadió con voz ronca-: Coge mi cuchillo y córtame la vena de la muñeca. Entonces te diré lo que quieres saber.
Karima retrocedió espantada, sacudiendo violentamente la cabeza.
– ¡Coge el cuchillo! -ordenó el Normando-. ¿O quieres que las cornejas se encarguen de mi? -Sonrió al ver el rostro asustado de Karima-. ¡Coge el cuchillo! ¡Cógelo!
Karima cogió el cuchillo que el capitán llevaba al cinto y le quitó el guante guarnecido en hierro. Ella seguía temerosa de hacer el corte, pero entonces cayó en la cuenta de que la ruptura de la vértebra cervical debía de haberlo dejado insensible al dolor, y, curiosamente, este pensamiento la tranquilizó y le infundió valor. El cuchillo estaba tan afilado que sólo necesitó apoyarlo al brazo para cortarle la vena. Hizo un segundo corte en diagonal, para asegurarse, y dejó caer el cuchillo.
– Prométeme que me enterraréis cuando todo haya acabado -dijo-. No quiero que el Día del Juicio me falte un trozo.
– Te lo prometo -dijo Karima.
– Bien -dijo-, ahora presta atención. -Hablaba en voz tan baja que Karima tuvo que inclinarse hacia él para entenderlo-. El hombre que dio la orden era un francés, un hombre del rey. Nunca lo vi. Tampoco sé su nombre. No estuvo en el puente, sólo envió a algunos de sus hombres, cinco o seis, todos franceses. He olvidado sus nombres, no los he vuelto a ver desde entonces. -Miró la sangre, que le manaba de la herida al ritmo de los latidos de su corazón-. ¿Cuánto tiempo tarda? -preguntó.
– No mucho -respondió Karima-. No lo sé exactamente.
– Es la primera vez que cortas una vena, ¿eh? -dijo, enseñando los dientes, en un vano intento de volver a esbozar su acostumbrada sonrisa, siempre segura de la victoria.
– Si, es la primera vez -contestó Karima en voz baja.
La sonrisa volvió a desaparecer del rostro del Normando, que continuó rápidamente, como si sintiera que ya no le quedaba mucho tiempo:
– Sólo puedo darte un nombre, que te servirá de ayuda: Álvar. Un viejo, un infanzón. Don Álvar. Ya no recuerdo el nombre de su padre. Pero podrás encontrarlo. Está en Sepúlveda. La última vez que lo vi fue hace un año y medio; era la mano derecha del tenente de Sepúlveda. El está enterado de todo. Y conoce a los franceses.
Enmudeció de repente, y en su rostro se dibujó una expresión de sorpresa infantil. Parecía como si estuviera escuchando atentamente a su interior. Su rostro había perdido todos los colores, y los labios se le habían teñido de azul.
Karima quiso decirle unas palabras de consuelo, pero no se le ocurrió nada, hasta que recordó a su padre y empezó a hablar de su muerte, sólo por decir algo, sólo por apagar el silencio. Sintió que estaban a punto de saltársele las lágrimas, e intentó contenerlas. Siguió hablando hasta que los ojos del capitán se endurecieron, y esperó hasta estar segura de que había muerto.
Luego llamó a Lope y a Lu'lu, arrastraron el cuerpo sin vida hasta una hendidura del terreno, pusieron a su lado el cadáver del mozo y cubrieron ambos con piedras.
Se pusieron en marcha inmediatamente después. Cabalgaron hacia el oeste, con Karima al frente del grupo. Cuando tuvieron el valle a sus espaldas, Karima informó a Lope de lo que había averiguado.
– Sólo conocía el nombre de uno -dijo-. Don Álvar.
– ¿Eso es todo? -preguntó Lope, contrariado.
– No -respondió ella-. También me ha dicho dónde encontrarlo. -Y con un titubeo apenas perceptible, añadió-: Yo te guiaré.
55
A tres días de viaje de Sepúlveda se toparon con un grupo de juglares que iban hacia el mismo lugar y se les unieron por lo que quedaba de camino. En esas salvajes regiones del norte de la sierra siempre era mejor viajar en compañía. El grupo estaba al mando de dos hombres de la edad de Lope, dos juglares de nombres rimbombantes que decían ser hijos póstumos de dos infanzones leoneses. Era imposible saber si esto era cierto o si los juglares sólo alardeaban, pero, en cualquier caso, llevaban armadura, montaban buenos caballos y, al parecer, también sabían manejar la espada y la lanza. Uno era alto y enjuto; el otro, bajo y regordete. El alto hacía el papel de torpe, que tropezaba con sus propios pies; el gordo se las daba de alegre y aventurero. Cuando desempeñaban sus papeles, el mero hecho de verlos juntos ya incitaba a la risa. En su grupo había también un enano, de cabeza desproporcionadamente grande, tres jóvenes moras con formación de músicas y actrices, monos vestidos, perros, un mozo y dos criadas. Las mujeres no disponían de cabalgadura, pues sólo tenían dos asnos, que ya iban sobrecargados llevando al enano, el mono y el equipaje. Cuando Lope les ofreció el caballo de reemplazo, casi lo ahogan bajo una verborrea de agradecimiento.