El castellán no desvió la mirada. Estaba blanco como una pared. Tenía la boca abierta y sus labios se movían como si quisiera decir algo, pero no le salía un solo sonido.
– ¡Vámonos! -dijo Lope.
El castellán pareció no oírlo. Seguía rígido, incapaz de apartar la minada del cadáver de Gaspar el Negro, que ahora era retirado por dos criados, cubierto con una vieja manta. Sólo cuando los criados y el cadáver se perdieron de vista, Lope consiguió retirar de allí al castellán.
Pasaron las horas siguientes en una taberna del Barrio Francés, en la que todo el mundo parecía conocer al castellán, desde el tabernero hasta el último cliente. Mientras bebían unos vasos de vino, fuera se desató una tormenta. La lluvia era tan intensa que formaba goteras en el techo. El castellán bebía el vino sin diluir, mirando fijamente con ojos vacíos y sin decir una sola palabra. Lope esperó. Quería acabar con aquello rápidamente. Sólo estaba esperando la ocasión.
Cuando las nubes se retiraron, la gente salió rápidamente a la calle Mayor, con gran alboroto. Había anunciada una carrera. Cuatro ancianas competirían por un cerdo donado por el tenente. El cerdo estaba atado a la puerta del castillo. Cuando llegaron Lope y el castellán, la calle Mayor estaba flanqueada por una apretada multitud. Se colocaron cerca del punto de partida, detrás de la puerta de la ciudad, donde las cuatro ancianas ya estaban esperando la señal para empezar a correr. Eran cuatro mujeres viejísimas, desdentadas y harapientas, que ya sólo podían andar apoyándose en un bastón. La primera cayó al lodo a los pocos pasos. La calle estaba reblandecida y llena de charcos por la lluvia. Los bastones se hundían en el fango, los pies resbalaban, los vestidos se hacían cada vez más pesados, y pronto las cuatro ancianas estuvieron cubiertas de barro y estiércol, pero aun así ninguna se dio por vencida. El público acompañaba sus esfuerzos con sonoras carcajadas y festivos gritos de ánimo, los hombres hacían apuestas, y los niños caminaban a trompicones por el lodo, imitando a las ancianas.
De pronto, Lope se encontró a solas con el castellán junto a la puerta, mientras la bulliciosa multitud de espectadores se alejaba lentamente en dirección al castillo. El castellán estaba tieso como un palo; tenía la cabeza echada hacia atrás y la boca muy abierta, como en un sofoco. Lope pensó en la rapidez con que el castellán había estado bebiendo en la taberna francesa. Un instante después, el castellán se dobló sobre el vientre y se llevó la mano derecha al cuello, como si sufriera un dolor insoportable.
– ¡Ayúdame! -jadeó.
Lope lo abrazó por un costado, pasó el brazo derecho del castellán sobre sus hombros y lo llevó a la sombra de la palizada. El castellán jadeaba a cada paso, y cuando se sentó en el suelo, sus pulmones se movían como un fuelle. Era como si no recibiera aire, como si tuviera que luchar denodadamente cada vez que quería respirar.
– ¡Estos dolores! -jadeó-. ¡Estos dolores!
Entonces Lope vio sus ojos dirigidos hacia él y vio el miedo reflejado en ellos, un miedo espantoso, sin nombre. Sin pensar, se apartó un tanto. De pronto supo que se hallaba frente a un moribundo.
– Estoy mal -dijo el castellán. El pecho le dio un salto, abrió la boca de golpe y una ola de liquido rojo le salió por entre los labios. En un primer momento Lope pensó que era sangre, pero no era más que el vino que había bebido, un caldo nauseabundo que despedía un penetrante olor dulzón.
Tiene que darme los nombres, pensó Lope. Tiene que darme los nombres antes de morir. Al reconocer al castellán, había sabido con certeza cómo se habían enterado los asesinos del regreso del joven conde con su princesa mora. Alguno de los hombres de Sabugal se lo habría dicho al castellán, y éste había comerciado con la noticia. Pero ¿quién había dirigido la banda? ¿Quién había dado la orden de asesinar a todo el séquito de la princesa? ¿Quién había estado a la cabeza de todo?
– Escúchame, viejo -dijo Lope-. He venido a Sepúlveda porque quería hacerte unas preguntas, unas preguntas que Baudry Fiz Nicolas, el Normando, no me pudo contestar -dijo rápidamente y sin pausa; no quería perder tiempo-. ¿Entiendes lo que te digo? ¿Me oyes?
El castellán le dirigió una mirada insegura e interrogante, y asintió titubeando.
– Tú estuviste con el Normando en Alcántara, hace dos años -continuó Lope-. Vosotros atacasteis a esa princesa mora. Tú ideaste el plan. Pero ¿quién era el jefe? ¡Dime quién era vuestro jefe!
El castellán se quedó mirándolo, con ojos vacíos.
– Jefe -dijo, sin ninguna entonación. Lo dijo como si ya no comprendiera el sentido de lo que decía.
– ¡Dime el nombre! -dijo Lope-. El nombre del hombre que os daba las órdenes, ¿me entiendes? ¡Dime el nombre!
El castellán movió los labios en silencio. En sus ojos continuaba esa mirada vacía.
– El condestable -dijo. Le costó trabajo pronunciar esa palabra- ¿Qué condestable? -insistió Lope-. ¿Qué condestable? ¡Dime su nombre!
– El condestable del conde Henri de Borgoña -dijo el castellán con voz inesperadamente clara.
Lope repitió el nombre, para asegurarse.
– ¿El conde Henri de Borgoña, el francés? -preguntó. Pero en ese mismo instante el castellán volvió a estremecerse bajo aquel terrible dolor que lo obligaba a doblarse, lo dejaba ciego y sordo y hacía aparecer un miedo espantoso en sus ojos. Lope vio que movía los labios y se inclinó sobre él, acercando la oreja a su boca.
– Era mi hijo, ¿entiendes? -dijo el castellán.
Lope necesitó un rato para comprender qué quería decir el anciano.
– ¿Gaspar? -preguntó finalmente.
– ¡Era un bastardo! -continuó el castellán, con voz apenas audible-. Era un bastardo, fanfarrón y cobarde. Pero era mi hijo. -Tras unos rápidos estertores, añadió en voz aún más baja-: Nunca se lo dije. -De pronto el miedo había abandonado sus ojos. Ya no parecía sentir dolor. Sólo miraba más allá de Lope con expresión perdida.
Lope se quedó con él hasta el final. Luego dio aviso a los guardias de la puerta. Del castillo llegaba cada vez más fuente el ondeante griterío de la multitud. Lope esperó junto al cadáver hasta que fueron a recogerlo dos criados del tenente. Todavía sentía el olor dulzón del vino vomitado. Se sentía desgraciado. Desgraciado como alguien que despierta tras una noche de fiesta y aún tiene las vivas imágenes en las retinas y las alegres risas y la música en los oídos, pero entonces abre los ojos y ve el pálido sol de la mañana filtrándose a través de la ventana para descubrir todo lo que la piadosa noche había ocultado: los charcos de vino sobre la mesa, los nauseabundos restos de comida, las flores marchitas y la vajilla rota, los borrachos roncando entre los barcos, los arroyuelos de orina y vómitos cayendo por los escalones de la puerta, y, en los rincones, los huesos sobre los que se precipitan negras bandadas de moscas.