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Escupió para quitarse el mal sabor de boca.

Karima no se volvió a mirarlo. No sabía si su decisión era la correcta, y se le partía el corazón al pensar que lo estaba abandonando, pero no se volvió. Tenía miedo de volver a ceder, de que todo volviera a empezar desde el principio. No podía flaquear. De una vez por todas, tenía que obedecer los mandatos de la razón.

Lu'lu cabalgaba junto a ella.

– Todavía está esperando, señora -dijo, sintiéndose infeliz, y sus ojos se dirigían hacia ella con expresión tan suplicante como si sufriera incluso más que Karima por aquella separación.

Pero ella no se volvió. No sabía si la decisión era correcta o equivocada; sólo sabía que estaría mal echarse atrás una vez más.

Ni siquiera estaba segura de qué la había inducido finalmente a tomar esa decisión. ¿Pensamientos racionales? ¿Un estado de ánimo, un accidente, una palabra inapropiada?

Allí estaban esos dos judíos, que cabalgaban al frente del grupo. Uno era de Toledo; el otro, de Sevilla. Dos compradores de prisioneros, que habían manumitido a dieciséis musulmanes en el mercado de Sepúlveda. El día anterior habían llegado de repente a la casa, en la que habían encontrado alojamiento en la misma habitación que Lope y Lu'lu. Luego habían estado en el patio, charlando en hebreo, y Karima, al escuchar al sevillano, se había sentido embargada por tal sentimiento de irrefrenable nostalgia que había roto a llorar.

Entonces, de pronto, se le había presentado la inesperada posibilidad de volver a casa bajo la protección de un gran grupo de viajeros y en compañía de paisanos.

¿Qué la había empujado? Quizá el miedo de volver a León, donde ya había intentado una vez separarse de Lope. O la descorazonadora certeza de que esa busca infinita tampoco terminaría en Sepúlveda.

– El responsable de todo es el maestro de armas de un conde francés de la corte -le había dicho Lope.

Un hombre que ni siquiera había estado presente durante el ataque al puente, a quien el propio Baudry Fiz Nicolas, el Normando, no había visto jamás. Y si Lope conseguía acabar con ese condestable francés, todavía quedarían siete de los trece hombres. Y aunque cobrara venganza en esos siete, todavía quedaría el conde, de quien recibía órdenes el condestable. Y en mitad de la noche, en un instante de lúcida desesperación, Karima había comprendido que ya no se trataba de que el deseo de venganza impidiera a Lope abandonar la busca, sino que, más bien, estaba huyendo de algo. Que aquella busca no era más que un pretexto para ocultar que él mismo estaba huyendo. Huyendo de su propio pasado; huyendo del recuerdo de esos nueve años perdidos que había pasado en la soledad de un calabozo; huyendo del recuerdo de aquella muerta que aún vivía en su mente y que seguía interponiéndose entre ambos.

Karima había esperado que su presencia, poco a poco, haría palidecer la imagen de aquella mujer; pero, en lugar de ello, parecía hacerla brillar aún más en el recuerdo de Lope. La realidad era gris comparada con las imágenes que Lope llevaba guardadas en la memoria. Karima ya no tenía fuerza para seguir luchando contra aquello. Y, además, ahora ya no estaba sola. También estaba el niño que llevaba bajo el corazón.

Tal vez pensar en ese niño era, en último extremo, lo que la había llevado a decidirse. O tal vez había sido la frialdad de Lope, su reserva. Desde su regreso de Segura no había vuelto a tocarla, a decirle palabras bonitas, a abrazarla, siquiera por cortesía. Karima ya no tenía fuerza para seguir esperando.

No había dado mucho tiempo a Lope para que le diera una respuesta. Le había comunicado su decisión de unirse a aquellos judíos esa misma mañana, media hora antes de partir. ¿Había obrado mal? ¿Era aquello una huida precipitada?

Le había hecho bien ver en el rostro de Lope que éste se sentía afectado.

– ¿Dónde podré volver a encontrarte? -le había preguntado.

– No sé adónde voy -había contestado ella-. Si encuentras a los hombres del puente, no te será difícil encontrarme después a mi.

¿Qué tipo de respuesta había sido ésa? En aquel instante ella misma no sabía qué iba a hacer. Tampoco lo sabía ahora. Los dos judíos y los musulmanes manumisos tenían proyectado viajar primero a Toledo, y de allí a Córdoba y Sevilla. ¿Debía ella volver a casa? ¿Sevilla seguía siendo su casa?

El viaje a Toledo duró seis días. Cada día, Karima miraba si aparecía detrás de ellos algún jinete solitario. Estaba desgarrada entre sus esperanzas y sus dudas. Empezaba incluso a dudar del amor que sentía por Lope.

¿Quizá sólo se había dejado llevar por sus sueños de niña? ¿Quizá sólo había querido conseguir lo que se le había metido en la cabeza cuando tenía catorce años? ¿Acaso había sido todo un producto de su obstinación?

¿O sólo iba detrás de Lope porque nunca había podido superar que éste la dejara por otra? Karima se ahogaba en un mar de reflexiones absurdas sobre la sinceridad de sus sentimientos. Lo único que la consolaba era pensar en el niño.

No había dicho a Lope que esperaba un hijo suyo. Había tenido miedo de que él se lo tomara como una coacción. ¿Había obrado bien? ¿Se había equivocado?

Ahora ya era demasiado tarde para seguir pensando en aquello.

Esperó hasta el último momento que Lope la siguiera, pero Lope no lo hizo.

Al atardecer del sexto día llegaron a un pueblo abandonado, que se encontraba a cuatro horas de viaje al norte de Toledo. El rey de León aún no había sitiado oficialmente la ciudad, pero con la autorización del príncipe de Toledo había levantado un campamento militar casi a las puertas de la ciudad, en los antiguos jardines palaciegos del otro lado del río, y sus tropas controlaban todos los caminos de acceso. Cobraban a los comerciantes y campesinos que llevaban víveres o mercancías a la ciudad; a algunos les robaban todo, a otros los raptaban para pedir luego un rescate.

El salvoconducto que el tenente de Sepúlveda había dado a los dos judíos sólo les garantizaba protección hasta los pasos de la sierra. Para llegar a Toledo sanos y salvos tendrían que servirse de otros medios. Había hombres que conocían la ubicación de las tropas de jinetes españolas y de sus puestos de vigilancia, así como los caminos por donde podía darse un rodeo para evitarlos. Uno de estos guías fue a buscarlos al pueblo abandonado una hora después de la puesta de sol. Llegaron a la ciudad a medianoche.

Karima decidió quedarse en Toledo. Compró una gran propiedad en el barrio judío a un peletero que quería dejar la ciudad y se sentía dichoso de haber encontrado una compradora que podía entregarle una orden de pago sobre bienes que tenía en Sevilla. Karima era consciente de que había decidido quedarse en Toledo sólo para estar más cerca de Lope; No podía olvidarlo, pero empezaba a acostumbrarse a la idea de tener que vivir sin él.

56

SEVILLA
LUNES, 25 DE RABÍ I, 478
26 DE TAMÚS, 4845 // 21 DE JULIO. 1085

La celda de Ibn Ammar era muy grande. Se encontraba en la planta superior de la torre que se levantaba sobre la Puerta de las Palmeras del palacio de al-Mubarak, en el al-Qasr de Sevilla. Era una habitación de siete pasos por nueve. Pero esa amplitud era un sarcasmo, pues Ibn Ammar no podía aprovecharla.

Estaba sujeto a una cadena de dos qintar de peso. Las cadenas le unían brazos y piernas, juntándose en el centro en una sólida argolla. Cuando lo llevaron a presencia de al-Mutamid, un funcionario extremadamente celoso decidido a mostrarle a su príncipe su especial afán de servirlo le tomó las medidas a Ibn Ammar. Ahora, Ibn Ammar, para dar un paso, tenía que arrastrar todo el peso de la cadena. Ese peso lo mantenía sujeto al suelo, obligándolo a vivir tumbado, arrastrándose, como los animales con los que compartía su celda: arañas, escarabajos, cochinillas. Había habido un tiempo en que él mismo se había sentido como uno de esos animales. Las cadenas lo habían doblegado, le habían robado la voluntad, lo habían arrojado al polvo. Lo habían vuelto torpe, apático, triste. Finalmente, había dejado de moverse. Se había quedado allí, vegetando en un estado de semiconciencia, entre el día y el sueño, nunca completamente despierto y nunca completamente dormido, en un paralizante estado crepuscular, en el que el tiempo ya no se dividía en días y noches, en vigilia y en sueño, sino que fluía como una corriente continua sin principio ni final, que lo arrastraba sumido en una fatal monotonía.