Durante años, Ibn Ammar había alertado al príncipe contra el fanatismo de esos bereberes del desierto, contra el hecho de que una vez que cruzaran el estrecho sería imposible refrenar su agresividad. Le había hecho comprender que Yusuf ibn Tashfin no se contentaría con acudir con sus jinetes en ayuda de los príncipes andaluces cuando éstos lo llamaran, sino que intentaría someter toda Andalucía apenas hubiera conquistado el Magreb.
Sus advertencias habían perdurado. Pero ahora el príncipe mismo se había privado de su libertad de decidir.
Hacía dos semanas el khádim había aparecido por sorpresa con un alto funcionario de palacio, un joven que no mencionó ningún nombre, pero que se presentó como el ghulam de una importante personalidad de la corte del príncipe. El khádim se quedó arriba, en la plataforma de la torre, al parecer con la misión de vigilar atentamente la entrada. El propio ghulam estaba muy nervioso, como si hubiera aceptado sólo por obligación el encargo de hacer esa visita. Iba provisto de papel y utensilios de escritura, una concesión que Ibn Ammar había pedido una y otra vez al khádim, hasta ahora siempre en vano.
– Un regalo de mi señor -explicó el joven, para añadir apresuradamente-: Si oís ruidos extraños en la torre, arrojadlo enseguida por la ventana.
– ¿El príncipe ha prohibido expresamente que escriba? -preguntó Ibn Ammar.
– Mi señor no lo ha preguntado -contestó el ghulam, y cuando Ibn Ammar quiso saber si le estaba permitido agradecer por escrito a su mecenas desconocido, el ghulam se lo desaconsejó rotundamente. Acto seguido, fue al grano sin más rodeos.
Hacía una semana el príncipe había viajado a Córdoba para recibir a una embajada del rey de León. Hasta entonces Ibn Ammar no había oído nada ni de aquel viaje ni de la embajada española, pero no tardó en comprender qué se estaba cociendo. El armisticio de cinco años entre Sevilla y León pactado por el propio Ibn Ammar estaba a punto de expirar. La conquista de Toledo había colocado al rey español en posición de plantear mayores exigencias que cinco años atrás, y al parecer había decidido aprovechar la ocasión antes de lo esperado.
– ¿Se sabe algo de la cuantía de la suma exigida? -preguntó Ibn Ammar.
– No hay cifras -respondió el ghulam-. Sólo se dice que han pedido una suma desvergonzadamente elevada.
– ¿Sólo desvergonzada, o también impagable?
– Una suma tan elevada que el embajador tuvo la osadía de proponer que una parte se saldara mediante la entrega de algunos castillos.
– ¿Qué castillos?
– Algunos castillos del Guadiana.
– ¿Almodóvar?
– También Almodóvar.
– ¡El príncipe no habrá aceptado!
– Claro que no.
– ¿También se ha negado a pagar?
– Está dispuesto a pagar las mismas sumas que en los últimos años.
– ¿El embajador se negó?
– El embajador se mostró dispuesto a aceptar aquello como un primer pago, pero luego rechazó las monedas que le entregaron.
– ¿Porque contenían muy poco oro?
– Exacto.
– ¿En presencia del príncipe?
– En presencia del príncipe y de toda la corte. Además, el rey de León ha tenido la insultante idea de poner al frente de la embajada a un judío de Toledo.
Había sido una conversación desalentadora, durante la cual Ibn Ammar se había sentido como el señor del criado Ma'mun, que al volver de un largo viaje se topó en la puerta de la ciudad con éste, muy afligido, quien en un primer momento le dijo únicamente que había muerto su perro favorito. Hasta que el señor siguió preguntando y, poco a poco, se enteró de que el perro había muerto aplastado por su mula, que se había roto una pata en la calle. Que su mula se había roto una pata porque se había espantado. Que se había espantado porque su hijo se había caído del tejado y se había roto el cuello. Que su hijo había sufrido esa caída porque la casa se había incendiado. Que la casa se había incendiado porque su mujer había tenido un repentino ataque al corazón y había dejado caer la vela. Cada noticia, por terrible que fuera, había sido superada por la siguiente.
El rudo comportamiento mostrado por el embajador judío en Córdoba había desembocado en un escándalo sin parangón. El príncipe se había arrojado sobre el judío y le había hundido los ojos con sus propias manos. Acto seguido, lo había hecho clavar a la puerta de la ciudad junto con un perro y había mandado apresar a todo su séquito. Unos hechos a los que el rey de León sólo podía responder con una campaña contra Sevilla. Incluso era posible que esa campaña hubiera estado planeada de antemano y que el rey hubiera provocado conscientemente al príncipe por tener un pretexto para atacar. Los arranques de cólera de al-Mutamid eran bien conocidos en todas partes.
Pero también era posible que la facción almorávide de la corte hubiera incitado este estallido del príncipe para ganarse definitivamente a al-Mutamid. Tras estos sucesos, al príncipe no le quedaba más remedio que volverse en busca de ayuda hacia el emir de los almorávides.
– ¿Ha decidido ya el príncipe enviar una embajada a Ceuta? -preguntó Ibn Ammar.
– No se sabe nada -respondió el ghulam.
– Pero ¿en la corte están seguros de que se tomará esa decisión? -insistió Ibn Ammar, y esta pregunta llevó al ghulam por fin a hablar del verdadero motivo de su visita.
– Mi señor está seguro de que la decisión aún no ha sido tomada, y desea que vos le deis algunos argumentos con los que convencer al príncipe de que recapacite antes de enviar una embajada a Ceuta.
Aquello había sido casi una orden, y el ghulam le había puesto plazo para su cumplimiento:
– Mi señor espera tener vuestras propuestas por escrito mañana al mediodía.
Ibn Ammar se había puesto a trabajar de inmediato.
La encrucijada política en que se encontraba el príncipe debido a su carácter irritable no le dejaba mucho margen de acción. Si se llegaba a la guerra con León, el príncipe dependía de la ayuda almorávide. Si querían impedir que los almorávides entraran en el país, tenía que hacer algo para evitar la guerra con León. Sólo había dos bazas con cuya ayuda podía conseguirse que los españoles desistieran de emprender una campaña. Por una parte, los infanzones a los que el príncipe tenía prisioneros en Córdoba. Por otra, la amenaza de los almorávides.
A los infanzones podía utilizárselos para obligar a los españoles a entablar negociaciones. Además, había que buscar una buena base legal que diera una justificación creíble al ajusticiamiento del embajador enviado por los españoles a Córdoba, para darle al rey la posibilidad de entrar en esas negociaciones sin menoscabo de su honor. Una vez que se sentaran a negociar, se pondría sobre el tapete la amenaza de los almorávides. Para ello, primero habría que trabar contacto con los almorávides. De momento era absurdo cerrar esa puerta.
El príncipe debía escapar de algún modo de los ortodoxos, que entre tanto ya veían en el emir almorávide Yusuf ibn Tashfin algo así como un nuevo imam, un renovador de la religión. En cualquier caso, enviar una embajada a la corte del emir no significaba que le estuvieran abriendo las puertas de Andalucía, pero haría más creíble la amenaza a los españoles. Y si la guerra contra León se posponía, se podía reemprender la política de unificación de Andalucía, única política que podía salvar a Andalucía a largo plazo.
Se podía adoptar la idea, retomada por los almorávides, de los castillos fronterizos ocupados por soldados capaces de luchar hasta la muerte por su religión, y enviar contra los españoles a los fanáticos más contumaces de la facción ortodoxa, para así desembarazarse de ellos. O se podía incluso traer una pequeña tropa almorávide, para mostrar al rey de León el peligro de luchar contra esos fanáticos guerreros del desierto. Quedaban aún bastantes posibilidades, si el príncipe se dirigía hacia el objetivo correcto y estaba dispuesto a tomar decisiones.